La heredera equivocada

CAPÍTULO 2: La cena de los que recuerdan

A las seis y cuarenta de la mañana alguien abrió las cortinas de Mara.

No llamó.

No preguntó.

Simplemente entró y dejó que la luz gris invadiera la habitación.

Mara se incorporó de golpe.

Una mujer uniformada estaba junto a la ventana.

—Buenos días, señorita Beltrán.

—No soy la señorita Beltrán.

La mujer no reaccionó.

—El desayuno estará servido a las siete.

—¿Cómo se llama?

—Inés.

—Inés, míreme.

Lo hizo.

Tendría poco más de sesenta años. Cara delgada, manos enrojecidas por el trabajo.

—Me llamo Mara Luján.

La mujer tragó saliva.

—Sí, señorita.

—¿Señorita qué?

Los ojos de Inés se desviaron hacia la puerta.

—El desayuno estará servido a las siete.

Se marchó.

Mara se levantó.

La puerta del baño estaba abierta. Sobre una silla habían dejado ropa: pantalones de lana color crema, una blusa negra y un abrigo claro.

Todo de Isadora.

Todo de su talla.

Mara no lo tocó.

Cogió sus vaqueros del día anterior.

No estaban.

Abrió el armario.

Vestidos.

Chaquetas.

Camisas.

Zapatos.

Docenas.

Ni una sola prenda suya.

Abrió el cajón donde había dejado su ropa interior.

También había desaparecido.

—No.

Registró el equipaje.

Vacío.

Su bolso seguía en la mesa.

Dentro estaban su cartera, un pañuelo y el cargador.

El teléfono no.

Mara salió al pasillo.

Encontró a Mercedes subiendo las escaleras.

—¿Dónde está mi ropa?

—En lavandería.

—No autoricé a nadie a llevársela.

—Era necesario.

—Mis vaqueros no requieren una autorización de seguridad.

—Hoy habrá fotógrafos.

—Hoy fingiré ser Isadora durante cuatro horas. No las veinticuatro.

Mercedes llegó al último escalón.

—La discreción debe mantenerse dentro y fuera de la casa.

—Anoche la empleada de mi habitación me llamó señorita Beltrán.

—Inés trabajó para Isadora desde que era niña.

—Entonces sabe perfectamente que no soy ella.

Un silencio.

—Claro.

—No ha sonado muy convencida.

Mercedes siguió andando.

Mara la alcanzó.

—También falta mi teléfono.

—Está cargándose.

—Démelo.

—Después del desayuno.

Mara se detuvo.

—Ahora.

Mercedes también.

—Señorita Luján...

—Bien. Al menos recuerda mi apellido.

—No estamos reteniéndola.

—Excelente. Entonces deme mi teléfono y mi ropa.

Mercedes la observó.

—Después del desayuno.

—No era una petición.

—Tampoco lo era lo mío.

Y continuó caminando.

Mara no la siguió.

Volvió a la habitación, cerró la puerta y revisó cada cajón.

No buscaba el teléfono.

Buscaba su sensación de control.

Era más difícil de encontrar.

A las nueve y diez salieron hacia Madrid.

Mara llevaba la ropa de Isadora.

Había perdido la primera batalla del día.

No pensaba perder la segunda.

Mercedes viajaba en el asiento delantero. Un conductor llamado Esteban ocupaba el volante.

Mara iba detrás con León.

Lo descubrió cuando abrió la puerta.

—No sabía que venía.

—Eso explica tu entusiasmo.

—Mi entusiasmo está reservado para situaciones especiales.

—Lo tendré en cuenta.

Mara se sentó sin responder.

La carretera serpenteaba entre árboles húmedos. La casa desapareció detrás de las verjas.

Por primera vez desde el día anterior, Mara respiró con cierta facilidad.

—Quiero mi teléfono.

Mercedes no se volvió.

—Está en su bolso.

Mara abrió el compartimento interior.

Allí estaba.

Lo encendió.

Sin cobertura.

—Qué casualidad.

—Entrará señal cuando bajemos de la sierra.

León miraba por la ventanilla.

Mara esperó.

Cinco minutos después aparecieron dos barras.

Abrió los mensajes.

Nada nuevo.

Escribió a Paula, una antigua compañera de trabajo.

Estoy bien. Te llamo esta noche.

El mensaje quedó pendiente.

Probó con otro.

Nada.

Abrió el navegador.

No cargó.

—¿Tienen inhibidores de señal en el coche?

León volvió la cabeza.

Mercedes respondió.

—No.

—Entonces mi teléfono ha decidido morirse justo cuando ustedes me lo devuelven.

León extendió la mano.

—Dámelo.

—No.

—Puedo comprobarlo.

—Usted forma parte del problema.

—Aún no sabes cuál es el problema.

—Eso no mejora su candidatura.

León retiró la mano.

Sacó su propio teléfono y se lo dio.

—Llama.

Mara dudó.

Marcó su número.

Su móvil no sonó.

La llamada fue directamente al buzón.

Volvió a intentarlo.

Igual.

—¿Ves? —dijo León.

—Veo que mi línea está bloqueada.

—Eso parece.

Mara miró a Mercedes.

—¿Por qué?

—No lo sé.

—Ustedes contrataron a la agencia.

—La familia contrató un servicio.

—¿Qué agencia?

Mercedes abrió una carpeta.

—Tenemos que repasar la agenda de hoy.

—No.

—A las diez y media llegará a la Fundación Beltrán...

—¿Qué agencia?

Mercedes cerró la carpeta.

—Orfeo Representación Privada.

Mara memorizó el nombre, aunque ya lo conocía.

—Cuando lleguemos voy a llamarlos.

—Por supuesto.

León la observaba.

Eso la irritó más que la evasión de Mercedes.

—¿Qué?

—Nada.

—Lleva mirándome desde que salimos.

—Intento entender por qué aceptaste.

Mara soltó una risa.

—Por dinero. Misterio resuelto.

—No.

—¿No qué?

—No aceptaste solo por dinero.

Mara se volvió hacia él.

—No sabe nada de mí.

—Sé que negociaste dos cláusulas del contrato.

Ella se quedó inmóvil.

—Eso era confidencial.

—Aquí la confidencialidad significa que la información circula entre menos personas.




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