La heredera equivocada

CAPÍTULO 3: La última noche de Mara Luján

El tercer día terminó a las once y cincuenta y ocho de la noche.

Mara lo comprobó tres veces.

A las once y cincuenta y nueve cerró la maleta.

A medianoche dejó de ser Isadora Beltrán.

Al menos según el contrato.

Habían sido setenta y dos horas de ropa ajena, comidas silenciosas, documentos incompletos y personas que la observaban cuando creían que no miraba.

No había vuelto a firmar nada.

No había descubierto dónde estaba Isadora.

No había conseguido hablar con Orfeo.

Y nadie había explicado por qué Isadora conocía su existencia seis semanas antes de que Mara recibiera la oferta.

Pero el dinero estaba en su cuenta.

Los doce mil restantes habían llegado a las siete y veintitrés de la tarde.

Mara había hecho una captura de pantalla.

También había enviado copias de cada fotografía y documento que había conseguido reunir a una dirección de correo nueva.

No confiaba en el teléfono.

No confiaba en la casa.

Y definitivamente no confiaba en León Arístegui.

Eso último se había vuelto más difícil de recordar cuando él estaba cerca.

Por eso se obligaba a hacerlo.

Mara se quitó los pendientes de Isadora.

Después el anillo.

Los dejó sobre el tocador.

Abrió el armario.

Su ropa había vuelto.

Los vaqueros.

La camiseta gris.

La chaqueta negra.

Sus zapatos baratos.

Nunca le habían parecido tan hermosos.

Se cambió deprisa.

Cuando terminó, la mujer del espejo dejó de parecer una heredera.

Mara sintió un alivio absurdo.

—Ahí estás —murmuró.

Llamaron a la puerta.

—Adelante.

Entró Mercedes.

Llevaba un sobre.

—Su coche saldrá a las ocho.

—Quiero irme ahora.

—Es medianoche.

—Madrid sigue existiendo después de las doce.

—El conductor ha terminado su jornada.

—Puedo pedir un taxi.

—No llegará hasta aquí.

—Entonces caminaré hasta la carretera.

Mercedes dejó el sobre sobre la mesa.

—Eso sería poco práctico.

—Yo soy poco práctica cuando alguien intenta impedirme salir.

—Nadie intenta impedirlo.

—Magnífico.

Mara tomó la maleta.

Mercedes no se movió.

—¿Qué hay en el sobre?

—Una gratificación adicional.

Mara no lo tocó.

—No.

—Ni siquiera sabe cuánto.

—Por eso.

Mercedes la miró con algo parecido al cansancio.

—Cinco mil.

—Sigo diciendo que no.

—La familia agradece su discreción.

—Mi discreción ya estaba incluida en los dieciocho mil.

—Considérelo una compensación por las molestias.

Mara soltó el asa de la maleta.

—¿Qué molestias?

Mercedes bajó los ojos hacia el sobre.

—Nada concreto.

—Entonces no hay nada que compensar.

La mujer guardó silencio.

Mara comprendió.

—Quieren comprar mi silencio otra vez.

—Firmó un acuerdo de confidencialidad.

—Eso cubre lo que vine a hacer. No que una empresa inexistente me contratara. No que Isadora hubiera leído un expediente mío semanas antes. No que apareciera una firma parecida a la mía fechada dos años atrás.

Mercedes alzó la vista.

—Olvide esa firma.

—¿Por qué?

—Porque no significa lo que cree.

—No sé lo que significa.

—Mejor.

Mara dejó escapar una risa breve.

—¿Sabe qué me fascina de esta casa?

—No.

—Que todos amenazan como si estuvieran dando consejos.

Mercedes endureció el rostro.

—No la estoy amenazando.

—Entonces dígame dónde está Isadora.

Nada.

Mara volvió a tomar la maleta.

—Eso pensaba.

Salió.

La puerta principal estaba cerrada.

No con llave.

Con un sistema electrónico.

Mara apoyó la mano en el lector.

Nada.

Buscó un botón.

La pantalla mostraba una luz roja.

—No puede salir por ahí.

León estaba sentado en uno de los sillones del vestíbulo.

Sin chaqueta.

Con la camisa arremangada.

Parecía llevar horas esperando.

Mara dejó la maleta.

—Qué coincidencia.

—La alarma se activa a medianoche.

—Desactívela.

—No tengo el código.

—No le creo.

—Eso empieza a convertirse en un hábito.

—Uno saludable.

León se levantó.

—Tu coche sale a las ocho.

—No pienso dormir aquí otra noche.

—Entonces te llevaré.

Mara lo miró.

—¿Ahora?

—Ahora.

—¿Por qué?

—Porque quiero que te vayas.

La respuesta dolió de una manera tan ridícula que se enfadó consigo misma.

—Qué amable.

—No lo soy.

—Por fin coincidimos en algo.

León cogió su chaqueta.

—Cinco minutos.

El coche de León era negro, discreto y demasiado caro.

La verja se abrió en cuanto se acercaron.

Mara observó el movimiento automático de las hojas de hierro.

—Curioso.

—¿Qué?

—Para usted sí funciona.

—Tengo mando.

—Hace diez minutos no tenía el código.

—No es lo mismo.

—En esta casa nada lo es.

León no respondió.

Condujo por la carretera oscura.

Mara apoyó la frente contra el cristal.

No había dormido bien desde que llegó.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía algún detalle.

La copa de Teresa cayendo al verla usar la mano izquierda.

La firma.

El retrato.

Beatriz llamándola Isadora incluso cuando no había cámaras.

La empleada de la habitación haciendo lo mismo.

—¿Por qué la silla vacía? —preguntó.

León no apartó la vista de la carretera.

—¿Qué silla?

—La primera noche. En la cena. Había ocho cubiertos y siete personas.

Silencio.

—¿Para quién era?

—No lo sé.

—Otra vez.

—Otra vez qué.

—No lo sé. No lo sé. No lo sé. Usted sabe muchísimo hasta que la respuesta importa.

—¿Quieres que invente algo?

—Prefiero que mienta peor.

León apretó las manos sobre el volante.




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