—Quiero ir a la policía.
León no respondió enseguida.
Mara seguía sosteniendo el DNI bajo la luz amarillenta del descansillo. Lo había mirado tantas veces que las letras empezaban a perder sentido.
ISADORA BELTRÁN DE LA VEGA.
Su fotografía.
Su rostro.
Su fecha de nacimiento.
No.
Mara parpadeó.
Volvió a mirar.
—Mi fecha de nacimiento.
León frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
Mara acercó el documento.
—Es la mía.
—Eso ya lo sabes.
—No. No me refiero al año.
Señaló los números.
—Diecisiete de septiembre.
León se quedó quieto.
—¿Isadora nació ese día?
Él no contestó.
—León.
—Sí.
Mara sintió un pequeño vacío en el estómago.
—¿El mismo año?
—Sí.
—¿La misma fecha exacta?
—Sí.
No había viento en el pasillo.
Sin embargo, Mara tuvo frío.
—Eso no estaba en el expediente.
—No.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Deje de decir eso.
—No puedo darte una respuesta que no tengo.
Mara guardó el documento en la cartera.
—Vamos a la policía.
León apoyó una mano en la barandilla.
—Piénsalo.
—Ya lo he pensado.
—No lo suficiente.
—Mi casa ya no es mi casa. Mi cuenta bancaria aparece a nombre de otra persona. Mi documento dice que soy una mujer desaparecida. Creo que tenemos suficiente material para una conversación con la policía.
—Y cuando pregunten quién eres, ¿qué vas a enseñarles?
Mara abrió la boca.
No salió nada.
León continuó.
—Tu DNI dice Isadora Beltrán. Tu cuenta está vinculada a Isadora Beltrán. Si entramos en una comisaría y dices que te llamas Mara Luján, lo primero que harán será comprobar tu identidad.
—Perfecto.
—¿Y si el sistema dice lo mismo que ese documento?
—Entonces quedará demostrado que alguien manipuló mis datos.
—¿Demostrado para quién?
Mara se acercó un paso.
—¿Está intentando asustarme?
—Estoy intentando que entiendas la posición en la que estás.
—La entiendo perfectamente.
—No. Todavía crees que esto empezó hace tres días.
La frase cayó entre ambos.
Mara lo miró.
—Explíquese.
—El DNI tiene dos años.
—Eso puede falsificarse.
—Sí.
—La base de datos también.
—Sí.
—Entonces no significa nada.
—Significa que alguien preparó esto mucho antes de ofrecerte el trabajo.
Mara respiró lentamente.
—Eso no cambia nada. Policía.
León negó con la cabeza.
—Cambia todo.
—¿Por qué?
—Porque si alguien tuvo acceso suficiente para crear una identidad legal completa y mantenerla durante dos años, también pudo dejar otras cosas preparadas.
—¿Como qué?
—Informes médicos.
—No tengo ninguno.
—Antecedentes.
—No tengo.
—Poderes notariales.
—No tengo.
—Una declaración de incapacidad temporal.
Mara se quedó inmóvil.
León observó su reacción.
—Eso sí se te había ocurrido.
—Jacobo.
—¿Qué pasa con él?
—Durante la primera cena dijiste que, si seguía insistiendo en quién era, podían declararme inestable.
—No dije que lo harían.
—Pero sabía que podían hacerlo.
León apretó la mandíbula.
Mara lo comprendió.
—Existe algo.
Él apartó los ojos.
—León.
—Isadora tuvo un episodio hace tres años.
—¿Qué tipo de episodio?
—La encontraron caminando junto a una carretera a cuarenta kilómetros de la casa.
—¿Y?
—No sabía cómo había llegado allí.
Mara esperó.
—Eso no convierte a una persona en incapaz.
—No.
—¿Qué más?
—Dijo que alguien estaba intentando reemplazarla.
El pasillo pareció hundirse bajo sus pies.
Mara no habló.
León tampoco.
Desde algún apartamento cercano llegó el ruido de una cisterna.
Un ascensor subió por el hueco interior.
Vida normal.
Gente normal.
Todo seguía funcionando.
—Repítalo —dijo Mara.
—No.
—Repítalo.
León la miró.
—Isadora dijo que alguien estaba intentando reemplazarla.
Mara sintió que la mano que sostenía la cartera empezaba a dolerle.
—¿Con quién?
—Nunca lo dijo.
—¿Cuándo ocurrió?
—Hace tres años.
—¿Antes del DNI?
—Sí.
Mara retrocedió hasta apoyar la espalda contra la pared.
Una idea surgió demasiado rápido.
Intentó rechazarla.
Volvió.
—¿Y si sabía que era yo?
León negó lentamente.
—No sabemos eso.
—Me eligió seis semanas antes del contrato.
—Sí.
—Tenemos la misma fecha de nacimiento.
—Sí.
—Mi documento se transformó en el suyo y fue expedido hace dos años.
—Mara...
—¿Y tres años antes dijo que alguien iba a reemplazarla?
León bajó la voz.
—Por eso no quiero llevarte a la policía todavía.
—Porque podrían pensar que soy ella.
—Porque podrían tener pruebas de que eres ella.
Mara soltó una carcajada.
Fue un sonido seco.
Sin humor.
—Eso es absurdo.
—Lo sé.
—No. Usted no lo sabe.
León no respondió.
Mara se apartó de la pared.
—Quiero entrar en mi apartamento.
—No tienes llave.
—Entonces llamaré a un cerrajero.
—A estas horas...
—Encontraré uno.
—Mara.
—¿Qué?
—Si hay alguien dentro, no sabes quién es.
Ella lo miró.
—Mejor.
—No.
—Sí.
Guardó el teléfono y empezó a bajar las escaleras.
León la siguió.
—¿Qué piensas hacer?
—Entrar.
—Eso podría empeorar las cosas.
—Mi nombre desapareció de mi buzón en menos de tres días. Ya estamos bastante lejos de la zona donde me preocupan las buenas decisiones.
El cerrajero llegó cuarenta minutos después.
Se llamaba Tomás, bostezaba continuamente y no pareció impresionado por León, por Mara ni por el precio que estaban dispuestos a pagar.