La heredera equivocada

CAPÍTULO 5: La firma anterior

Mara esperó a que amaneciera completamente antes de ir a buscar a Beatriz.

No porque necesitara calma.

Porque quería que la anciana estuviera despierta, vestida y consciente cuando empezara a mentirle.

La encontró en el jardín de invierno.

Beatriz desayunaba sola junto a una pared de cristal.

Té.

Pan tostado.

Un cuenco pequeño de fruta.

Ni periódicos ni teléfono.

Mara dejó el recibo sobre la mesa.

La anciana levantó la vista.

—Buenos días.

—¿Quién ha puesto esto en el bolsillo?

Beatriz miró el papel.

No lo tocó.

—No lo sé.

—Es la chaqueta de Isadora.

—Entonces probablemente Isadora.

—La tinta es nueva.

Beatriz tomó su taza.

—¿Te has convertido en perito?

—He trabajado siete años en una imprenta.

La anciana se detuvo.

—Eso no estaba en tu expediente.

—Exacto.

Por primera vez, Mara sintió que había conseguido sorprenderla.

—Conozco tinta vieja —continuó—. Conozco papel. Esto se escribió hace días, no hace cuatro años.

Beatriz dejó la taza.

—¿Qué quieres saber?

—Quién puso mi nombre ahí.

—Ya te he dicho que no lo sé.

—Anoche volví a mi apartamento.

La anciana no reaccionó.

Mara siguió observándola.

—Mi cerradura había sido cambiada.

Nada.

—Hay una mujer viviendo allí.

Nada.

—El propietario asegura que nunca me ha visto.

Los dedos de Beatriz se cerraron alrededor de la taza.

Muy ligeramente.

Mara lo vio.

—Ahí está.

—¿Qué cosa?

—La primera reacción auténtica que le veo desde que llegué.

Beatriz soltó el asa.

—No sé de qué hablas.

—Sí lo sabe.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

La anciana sonrió sin alegría.

—Esa palabra se usa demasiado cuando se tiene poco poder.

—No necesito poder.

—Todo el mundo lo necesita.

—Yo necesito mi vida.

—¿Cuál?

Mara se quedó quieta.

Beatriz sostuvo su mirada.

—Repita eso.

—No.

—¿Cuál de mis vidas?

—No he dicho eso.

—Lo ha pensado.

Beatriz se levantó.

—Tienes mala costumbre de escuchar lo que nadie dice.

—Es útil cuando todo el mundo miente.

La anciana caminó hasta las ventanas.

Fuera, el jardín estaba cubierto de niebla.

—Cuando Isadora tenía ocho años —dijo— desapareció durante seis horas.

Mara sintió el impulso de interrumpir.

No lo hizo.

—Era verano. Ella y Daniel habían bajado al lago. Los encontraron al anochecer.

Beatriz guardó silencio.

—Daniel estaba muerto.

—Lo sé.

—Isadora estaba en la otra orilla.

Mara esperó.

—No recordaba cómo había llegado allí. No recordaba qué había ocurrido. Durante semanas apenas habló.

—¿Qué tiene que ver conmigo?

—Nada.

—Entonces ¿por qué me lo cuenta?

Beatriz miró el jardín.

—Porque después de aquello empezó a tener recuerdos que no eran suyos.

Mara sintió una presión detrás de los ojos.

—¿Qué tipo de recuerdos?

—Lugares donde nunca había estado. Personas que nadie conocía. Una habitación pequeña con paredes verdes. Una mujer que cantaba mientras cocinaba. Una estación de tren.

Mara se acercó.

—¿Qué estación?

Beatriz no respondió.

—¿Qué estación?

—No lo sé.

—Sí lo sabe.

—No importa.

—A mí sí.

Beatriz se volvió.

—No conviertas cada detalle en una respuesta. Esa es la forma más rápida de construir una mentira para ti misma.

—Ustedes ya han construido suficientes.

La anciana tomó el recibo.

—Isadora pasó años intentando demostrar que había otra persona vinculada a ella.

—¿Yo?

—No teníamos ningún nombre.

—Ahora lo tienen.

—Ahora tú lo tienes.

Mara la miró fijamente.

—¿Por qué aceptaron contratarme?

—Porque Isadora lo pidió.

—Desapareció hace once días.

—Dejó instrucciones.

—¿Qué instrucciones?

—Que si no regresaba antes de determinada fecha, debíamos localizarte.

—¿Y hacerme pasar por ella?

Beatriz miró hacia la puerta.

—No exactamente.

El corazón de Mara aceleró.

—¿Qué significa eso?

—Significa que la propuesta original era distinta.

—¿Distinta cómo?

—Debías venir a la casa. Nada más.

—¿Para qué?

—Isadora quería que vieras algo.

—¿Qué?

Beatriz volvió a mirar el recibo.

—Nunca nos lo dijo.

Mara soltó una respiración corta.

—Entonces ¿quién inventó los tres días?

Silencio.

Mara comprendió.

—Jacobo.

La anciana no lo negó.

—¿Por qué?

—Porque necesitábamos a Isadora presente.

—Para firmar.

—Para evitar consecuencias.

—Qué elegante.

—No todo gira alrededor del dinero.

—En familias como la suya, casi todo tiene una cifra detrás.

Beatriz la miró.

—Tu cinismo no te hace más difícil de manipular.

—Pero ayuda.

Mara señaló el recibo.

—¿Isadora conocía a Mara Luján?

—Sí.

La respuesta fue inmediata.

Mara dejó de respirar.

—¿Personalmente?

—No lo sé.

—¿Desde cuándo?

Beatriz hizo una pausa.

—Al menos cinco años.

El papel pareció volverse más pesado.

—¿Cinco años?

—Encontré tu nombre en uno de sus archivos.

—¿Qué archivos?

—Documentos privados.

—Quiero verlos.

—No.

—Ya no está en posición de negarme nada.

—Te equivocas.

Mara se inclinó sobre la mesa.

—Mi identidad legal ha desaparecido.

—Eso no lo hice yo.

—¿Jacobo?

—No lo sé.

—¿León?

Beatriz tardó una fracción de segundo.

Mara lo notó.

—¿León sabía de mí?

—Sabía que Isadora buscaba a alguien.

—¿Mi nombre?

—No estoy segura.

—Usted nunca está segura justo cuando la respuesta importa.

Beatriz dejó el recibo.




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