El sur no lloró cuando el sol se rompió. El sur observó, esperó y afiló sus cuchillos.
Kandake estaba de pie en la terraza de su palacio en Napata, mirando hacia el norte, hacia la línea donde el desierto nubio se encontraba con la frontera egipcia. Era una mujer tallada en ébano y orgullo, con la piel tan oscura que parecía beberse la luz de las antorchas. Su rostro estaba pintado con ceniza blanca: líneas verticales que bajaban desde sus ojos hasta la barbilla, dándole la apariencia de una calavera viviente.
No llevaba oro. El oro era el metal de los esclavistas del norte. Kandake llevaba huesos. Un collar de falanges humanas pulidas rodeaba su cuello largo, y brazaletes de marfil tallado tintineaban en sus muñecas.
—¿Lo sientes, Madre? —preguntó su consejero, un anciano encorvado cubierto de pieles de leopardo.
—Lo siento —respondió Kandake. Su voz era grave, una vibración profunda como un tambor de guerra—. El parásito ha muerto. El "Sol Negro" ha sido apagado.
Cerró los ojos e inhaló. El aire traía un sabor nuevo. Durante años, la magia del Faraón había sido un muro de presión que asfixiaba a los hechiceros del sur. Pero ahora, ese muro había caído. Hubo un estallido en Giza, una onda de choque espiritual que había recorrido el Nilo contracorriente.
Y con la muerte del Faraón, venía la energía residual.
La muerte masiva en la Gran Pirámide no había desaparecido. Estaba flotando, libre, buscando un nuevo amo.
—Traedme los cuerpos —ordenó Kandake.
Cuatro esclavos arrastraron hacia la terraza los cadáveres de tres leones del desierto que habían muerto esa mañana por la sequía. Estaban rígidos, con las moscas zumbando sobre sus ojos vidriosos.
Kandake se arrodilló junto a ellos. Puso sus manos, cargadas de anillos de hueso, sobre los flancos fríos de las bestias.
—Egipto está roto —susurró la reina. Sus ojos se volvieron completamente blancos, girando hacia atrás en sus órbitas—. Sus dioses están muertos o escondidos. Sus generales pelean por migajas. Es hora de que el Nilo vuelva a su verdadero cauce.
Comenzó a cantar. No era un canto melódico, sino una letanía gutural en una lengua anterior a los jeroglíficos. Invocó la energía que flotaba en el aire, la Ka liberada por la masacre del norte, y la forzó a entrar en la carne muerta de los leones.
Hubo un crujido húmedo.
El primer león se sacudió. Sus huesos rotos se recolocaron con chasquidos repugnantes. El animal abrió la boca, pero no salió un rugido, sino un siseo de aire vacío. Se levantó sobre patas temblorosas, sus ojos nublados brillando con una luz verde enfermiza.
El consejero retrocedió, aterrado y maravillado. —Han vuelto...
—No han vuelto —corrigió Kandake, acariciando la cabeza podrida de la bestia, que le lamió la mano con una lengua fría—. No están vivos. Son herramientas. Son recipientes.
La reina se puso en pie, limpiándose la grasa necrótica de las manos en su túnica de seda roja. —Prepara los tambores. Desenterrad a los guerreros de las tumbas antiguas. Desenterrad a los elefantes de guerra que cayeron en las guerras pasadas.
Miró hacia el norte, donde el cielo aún tenía un tinte violáceo por las secuelas de la batalla de Neferet. —Dicen que una "Bruja Blanca" mató al Faraón —dijo Kandake con una sonrisa que mostraba sus dientes limados en punta—. Dicen que tiene un artefacto que brilla como una estrella verde. Quiero ese artefacto. Y quiero su cabeza para mi collar.
—¿Vamos a invadir Egipto, mi reina?
Kandake negó con la cabeza mientras los tres leones muertos se sentaban a sus pies, obedientes como perros. —No vamos a invadir, viejo necio. Vamos a cosechar. Egipto es un cadáver gigante esperando a ser reclamado. Y yo soy la única que sabe cómo hacer bailar a los muertos.
El sonido de los tambores de guerra comenzó a resonar en Napata, un ritmo lento y pesado, como el latido de un corazón que se niega a detenerse. La Madre de Huesos había despertado, y con ella, la verdadera pesadilla para Neferet acababa de comenzar.
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Editado: 21.01.2026