La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 1: Ceniza Blanca

El Oasis de Siwa no era el paraíso que prometían los poetas. Era una cicatriz verde en medio del desierto occidental, un grupo de palmeras datileras y manantiales de agua salobre rodeados por un mar de dunas que parecían olas de hueso molido.

Neferet odiaba el espejo.

Era un trozo de bronce pulido, robado hace meses, que mantenía apoyado contra la pared de adobe de la choza que ahora llamaban hogar. Se miró en él, y la mujer que le devolvió la mirada era una extraña.

Tenía el rostro de una anciana atrapada en la piel de una joven de veinte años. Sus ojos, antes de un ámbar profundo, eran ahora dos discos de vidrio pálido, casi transparentes, que parecían no enfocar nada y verlo todo a la vez. Pero lo peor era el cabello.

Hacía seis meses que había perdido su color negro. La "quema" en la pirámide lo había dejado blanco. No gris, ni plateado. Blanco como la leche, blanco como la ceniza fría de una hoguera extinta.

—Maldita sea... —susurró, hundiendo las manos en un cuenco de barro lleno de henna roja y grasa de camello.

Con movimientos bruscos, casi violentos, comenzó a untar la pasta rojiza sobre su cabello. No tenía paciencia ni habilidad. La henna goteaba por su frente, manchándole la piel de un color óxido que parecía sangre seca. Odiaba ese blanco. Era una baliza. En cada pueblo, en cada caravana que cruzaba el desierto, se hablaba de la "Bruja Blanca" que había matado al Faraón.

Un espasmo de dolor le recorrió el brazo derecho. Neferet soltó un siseo y el cuenco resbaló de sus dedos grasientos, rompiéndose contra el suelo.

—¡No! —gimió, mirando el desastre. La pasta roja se mezclaba con la tierra.

Se subió la manga de su túnica basta con frustración. Las cicatrices de Lichtenberg —figuras fractales de color plata que parecían rayos congelados— brillaban levemente bajo su piel morena. Sus nervios, fritos por la divinidad, protestaban contra el calor del mediodía.

Se miró al espejo de nuevo. El resultado era grotesco: mechones de un rojo sucio y desigual mezclados con raíces blancas brillantes. Parecía una loca del desierto, no una mujer normal.

—¿Otra vez el temblor?

Neferet no se giró. Conocía esos pasos. Una pisada firme, seguida de un arrastre pesado y doloroso de la pierna izquierda. Clac... arrastras... clac.

Kaelen entró en la choza, bloqueando la luz del sol.

Seis meses de exilio lo habían masticado y escupido. Había perdido peso, y su barba, ahora tupida y descuidada, ocultaba parte de su mandíbula tensa. Pero lo más evidente era cómo cargaba el peso sobre su pierna derecha. La rodilla izquierda, destrozada en la huida de Giza y mal curada en el camino, estaba rígida, hinchada bajo el pantalón de lino.

Llevaba dos conejos del desierto colgando del cinto y el bastón negro de Sethos atado a la espalda. Ya no caminaba como el "Renegado" legendario; caminaba como un hombre que paga un precio por cada paso.

—Solo es el calor —mintió Neferet, intentando limpiarse la henna de la frente con el dorso de la mano, solo logrando extender la mancha roja—. Y este maldito tinte que no agarra. Parezco una leprosa sangrando.

—Mejor leprosa que bruja —Kaelen dejó los conejos sobre la mesa coja y se dejó caer en un taburete con un gruñido de alivio, masajeándose la rodilla mala—. Una caravana llegó del este esta mañana. Malas noticias.

—¿Qué pasa?

—El General Rakotis ha tomado Menfis. Ha declarado la ley marcial en el Delta. Cuelgan a los saqueadores en las puertas de la ciudad. —Kaelen hizo una mueca al estirar la pierna—. Están registrando los oasis, Neferet. Buscan artefactos. Buscan... restos.

Neferet se tocó instintivamente el pecho, donde el bulto duro del Escarabajo de Ojos Verdes descansaba bajo su ropa, pegado a su piel. —Estamos lejos de Menfis —dijo ella, tratando de convencerse—. Aquí solo somos dos refugiados más.

Kaelen se levantó con dificultad, apoyándose en la mesa. Se acercó a ella y le tomó las manos manchadas de tinte. Al tocar las cicatrices plateadas de sus muñecas, su expresión se suavizó. —No eres una refugiada cualquiera. Tienes rayos en la piel y el pelo a medio teñir. Si alguien mira de cerca...

De repente, un sonido cortó el aire del mercado. Un cuerno de guerra, profundo y discordante.

Neferet se tensó, y el dolor de sus cicatrices respondió al pico de adrenalina con un latigazo. —¿Guardia de Marfil?

—No —Kaelen cojeó rápidamente hacia la ventana, entrecerrando los ojos—. Ese sonido es tribal.

En el horizonte, una nube de polvo se levantaba. Jinetes en camellos, vestidos con pieles de leopardo.

Nubios.

—¿Qué hacen los nubios tan al norte? —preguntó Neferet, sintiendo un frío en el estómago.

—Cazando —dijo Kaelen. Se giró hacia ella, y Neferet vio el cálculo en sus ojos. Sabía que no podían pelear. Él no podía moverse rápido, y ella estaba a medio camino de un colapso nervioso—. Si entran aquí y ven tu pelo a parches... sabrán que intentas ocultarte.

Neferet miró sus manos rojas, temblando levemente. —No puedo correr, Kaelen. Me duele todo. Y tú... tu pierna...




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