La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 2: El Susurro del Escarabajo

La noche cayó sobre Siwa como una manta de plomo. Las antorchas de los exploradores nubios ardían en el perímetro sur del oasis, una línea de puntos naranjas que vigilaba la oscuridad. No habían entrado al poblado todavía. Esperaban. Los nubios, decían las leyendas, no atacaban hasta que los espíritus de la arena les daban permiso.

Dentro de la choza, el aire se había vuelto gélido.

Neferet estaba acostada en su camastro de paja, mirando el techo de vigas de palma. No podía dormir. El dolor en sus brazos era constante, un zumbido eléctrico bajo la piel. El bulto contra su pecho, el Escarabajo de Ojos Verdes, estaba vibrando. No era un temblor físico; era un zumbido que resonaba en sus dientes y en el hueso de su esternón.

—Para... —susurró ella, cubriendo el objeto con la mano sobre la ropa sucia.

El escarabajo se calentó.

De repente, el silencio de la noche se rompió. No afuera, sino dentro de su cabeza.

...ayuda...

Neferet se incorporó de golpe, con el corazón desbocado. La voz no era de Kaelen. No era de nadie que conociera. Era la voz de una mujer joven, distorsionada por la estática de los siglos, hablando un idioma que Neferet no conocía pero que, extrañamente, entendía. Francés. O quizás una mezcla de lenguas que aún no habían nacido.

—¿Quién está ahí? —preguntó a la oscuridad.

Kaelen, que dormía junto a la puerta con la espada en la mano y la pierna mala estirada, se despertó al instante. —¿Qué pasa? ¿Están aquí?

—No... es el escarabajo —Neferet se arrancó el colgante del cuello y lo tiró sobre la mesa.

El artefacto aterrizó con un sonido pesado. La gema verde en el centro del escarabajo de metal negro brillaba con una intensidad pulsante. La luz no se quedaba quieta; proyectaba sombras en las paredes de la choza que no correspondían a los muebles.

Sombras de formas angulares. Sombras de torres que tocaban el cielo.

Neferet miró la pared. Vio siluetas de pájaros de metal gigantes cruzando nubes de humo gris. Vio luces que no eran fuego, brillando en filas perfectas.

—Por los dioses... —murmuró Kaelen, retrocediendo y usando el bastón para incorporarse—. ¿Qué es eso? ¿Es el infierno?

—No —dijo Neferet, acercándose al escarabajo como si fuera una víbora—. Es... otro lugar. O otro tiempo.

Extendió la mano. Tenía que apagarlo. Tenía que detener la proyección antes de que la luz se viera desde fuera a través de las rendijas de la puerta.

En el momento en que sus dedos, marcados por las cicatrices de plata, tocaron el metal estelar, la visión la engulló.

Ya no estaba en la choza.

Estaba en una sala fría, llena de cajas de cristal. El aire olía a productos químicos y a polvo viejo. Frente a ella, había un sarcófago dorado abierto.

Y había una chica.

Tenía el cabello negro y corto, ropa extraña y ajustada que no era túnica. Pero fueron sus ojos lo que golpeó a Neferet. Eran verdes. Idénticos a la gema del Escarabajo. Eran los ojos de alguien que busca respuestas.

La chica sostenía un escarabajo. Parecía el de Neferet. Pero entonces, la imagen se fracturó.

Como en un espejo roto, Neferet vio tres reflejos de la misma joya. Uno en manos de un rey muerto. Otro en manos de una sombra terrible. Y otro en el pecho de la chica.

—¿Son tres? —pensó Neferet, confundida en el sueño. Ella solo había forjado una espada. Solo existía un núcleo.

La chica giró la cabeza, como si hubiera escuchado algo. Detrás de ella, una sombra se movía. Una sombra con forma de hombre, pero con la maldad del Faraón muerto.

—¡Cuidado! —gritó Neferet con su mente.

—¡Neferet!

La bofetada de Kaelen la devolvió a la realidad.

Neferet jadeó, cayendo al suelo de tierra de la choza. Estaba empapada en sudor frío. La luz verde se había apagado. El escarabajo yacía inerte en la mesa, luciendo como una simple joya otra vez.

—Te fuiste —dijo Kaelen, sujetándola por los hombros. Sus ojos azules estaban llenos de pánico—. Tus ojos... se pusieron verdes. Completamente verdes. Y empezaste a hablar en lenguas.

—Vi a una niña —susurró Neferet, temblando—. En un mundo de cristal y hierro. Ella tenía el escarabajo, Kaelen. Pero... vi otros. Había ecos. No lo entiendo. Solo existe este.

—Es una alucinación —dijo él, aunque no parecía convencido—. Es la magia residual del Faraón intentando volverte loca.

—No. Era real. Sentí su miedo. —Neferet se llevó la mano al pecho, donde su corazón latía desbocado—. Sethos dijo que la gema recordaba. Pero no solo recuerda el pasado. Creo... creo que recuerda lo que aún no ha pasado.

Un aullido cortó la conversación.

No era un lobo. Era un canto humano, agudo y trémulo, proveniente del campamento nubio. Y luego otro. Y otro. Los tambores empezaron a sonar con un ritmo frenético.

—Maldición —Kaelen cojeó hasta la ventana, espiando a través de las rendijas—. Se mueven. Han apagado las antorchas. Vienen hacia aquí.




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