El palmeral de Siwa no era un bosque amable; era un laberinto de troncos rugosos y sombras que parecían moverse. Neferet corría descalza, sus pies golpeando la tierra húmeda, ignorando el dolor agudo que le subía por las espinillas. Cada respiración era fuego en su garganta.
Atrás, los cánticos de los chamanes nubios se habían convertido en aullidos de caza. No corrían como soldados; se movían entre los árboles con la agilidad de los leopardos, y el sonido de sus tambores de piel humana resonaba más cerca con cada paso.
—¡A la izquierda! —siseó Kaelen.
Intentó girar bruscamente hacia un canal de riego seco, pero su rodilla mala falló. La articulación rígida cedió bajo su peso y tropezó, cayendo pesadamente sobre el hombro.
—¡Kaelen! —Neferet se detuvo y tiró de él.
El guerrero se puso en pie con un gruñido, arrastrando la pierna. El sudor le corría por la cara, mezclándose con la suciedad. —Sigue... —jadeó, apretando los dientes—. Si llegamos a la arena abierta, perderán el rastro.
Se lanzaron al canal seco, una zanja de metro y medio de profundidad oculta por la maleza. Se pegaron al muro de tierra, respirando entrecortadamente.
Arriba, las antorchas de los nubios pasaron de largo. Las sombras de los exploradores se proyectaron sobre ellos, largas y deformes, pero los cánticos se alejaron hacia el este.
Neferet soltó el aire que contenía, temblando. —Los perdimos...
Kaelen no respondió. Se había quedado rígido, con la cabeza inclinada, olfateando el aire como un perro de presa. —No huele a incienso nubio —susurró—. Huele a grasa de ballesta. Y a sudor rancio de viaje largo.
Antes de que Neferet pudiera preguntar, una red de malla de acero cayó sobre ellos desde el borde opuesto del canal.
No fue magia. Fue una trampa mecánica. Pesada, fría y brutal.
Neferet gritó cuando los pesos de plomo de la red la golpearon, derribándola. Kaelen intentó levantar su espada, pero la red se enredó en su pierna herida, inmovilizándolo contra el suelo.
—¡Tenemos a la presa! —una voz ronca, con el acento gutural del Delta del norte, rompió el sigilo.
Cuatro hombres saltaron al canal. No vestían las armaduras brillantes de la Guardia de Hierro. Su equipo estaba sucio, abollado y cubierto de polvo del desierto. Eran cazarrecompensas, hombres desesperados que habían cruzado medio Egipto siguiendo el olor del oro.
El líder del grupo, un hombre con una cicatriz de quemadura que le cruzaba la boca y botas gastadas hasta la suela, apuntó su ballesta a la cabeza de Kaelen. —Quieto, Renegado. O te clavo un virote en el ojo antes de que puedas pestañear.
Kaelen se congeló. Miró las cuatro ballestas. Sabía calcular las probabilidades. En su estado, estaba muerto.
—¿Mercenarios? —escupió Kaelen—. Estáis muy lejos de casa. Rakotis debe estar pagando bien para que arrastréis vuestro hierro hasta este agujero de arena.
—Rakotis paga en oro, no en promesas —dijo el líder, bajando al canal con una sonrisa torcida que mostraba dientes podridos—. Y la recompensa por la "Bruja Blanca" ha subido esta semana. Dicen que su cabeza vale un ducado. Viva, vale un reino.
El mercenario se acercó a Neferet, que luchaba inútilmente bajo la red. La agarró por el pelo, notando la textura extraña del tinte mal aplicado y las raíces blancas. —Mírala... —silbó—. Intentó pintarse como una ramera de puerto, pero las raíces no mienten. Es ella. La que rompió el cielo.
Neferet sintió el aliento del hombre en su cara. Olía a tabaco barato y crueldad. —Suéltame —dijo ella. Su voz temblaba, pero sus ojos pálidos se clavaron en los del hombre.
—¿O qué? —se burló él—. ¿Vas a lanzarnos un rayo? He oído las historias. Dicen que te quemaste. Que estás vacía.
Neferet sintió la vibración del Escarabajo contra su pecho. Quería defenderla. Pero sabía que si lo usaba ahora, los nubios volverían.
—Jefe —dijo uno de los ballesteros, mirando hacia el borde del canal—. Oigo tambores. Los salvajes del sur están volviendo.
El líder maldijo. —Sacadlos de la red y atadlos. Rápido. Si los nubios nos ven, tendremos que compartir la recompensa, y no me gusta compartir.
Dos mercenarios avanzaron para sujetar a Kaelen. Uno de ellos le dio una patada brutal en la rodilla hinchada para obligarlo a girarse.
Kaelen rugió de dolor, pero usó esa rabia.
—No compartas —gruñó.
Aprovechando que estaban cerca para atarlo, Kaelen sacó una daga oculta en su bota y la clavó en la ingle del mercenario más cercano, donde la armadura de cuero estaba rota.
El hombre aulló.
Kaelen rodó, ignorando el dolor cegador de su pierna, y agarró la ballesta del caído. Disparó a quemarropa contra el segundo hombre. El virote atravesó la garganta del mercenario con un sonido húmedo.
—¡Matadlo! —gritó el líder, girándose hacia Kaelen y disparando su propia ballesta.
Kaelen no fue lo suficientemente rápido. El virote le rozó el costado derecho, abriendo un corte profundo en las costillas que empapó su túnica de sangre al instante.
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Editado: 21.01.2026