El desierto occidental es un océano de silencio. De día, el sol grita; de noche, la arena calla. Pero esa noche, el silencio estaba roto por un sonido que desafiaba la lógica: el arrastrar de pies que no deberían moverse.
Neferet y Kaelen llevaban dos horas corriendo. No era un trote sostenido, sino una marcha agónica. Kaelen se apoyaba pesadamente en el hombro de Neferet, con la mano apretando el trapo empapado de sangre contra sus costillas. Cada paso era una tortura; su rodilla rígida se negaba a doblarse y el corte en el costado le robaba el aliento.
—Detente... —jadeó Neferet, cayendo de rodillas. Su pecho ardía como si hubiera tragado brasas. El Escarabajo pesaba una tonelada contra su esternón, frío y mudo.
Kaelen se dejó caer a su lado, desenvainando la espada mellada con un movimiento lento y doloroso. Miró hacia atrás, hacia el rastro de sangre y huellas que habían dejado en la arena plateada por la luna. —No oigo tambores —susurró—. Los nubios han dejado de cantar.
—Quizás se mataron entre ellos —dijo Neferet, intentando recuperar el aliento—. Los mercenarios tenían ballestas.
—Quizás... —Kaelen escupió saliva roja—. Pero el viento trae un olor...
Neferet olfateó. No olía a humo. Olía a cobre viejo y a carne abierta. —Sangre.
—No. Sangre fría —corrigió él—. Sangre que ya no circula.
De la oscuridad, siguiendo exactamente sus huellas, surgió una figura. Caminaba con un paso espasmódico, como una marioneta manejada por hilos invisibles. La luz de la luna reveló una armadura de placas de bronce abollada y una ballesta vacía colgando de un hombro.
Era el líder de los mercenarios.
El mismo hombre que había muerto hace horas con una lanza de hueso en el pecho. La lanza seguía ahí, atravesando el metal y el esternón, pero el hombre no parecía notarlo. Su cabeza colgaba en un ángulo extraño, con el cuello roto.
—Está muerto —susurró Neferet, con el horror helándole las venas—. Lo vi morir, Kaelen. Sus ojos estaban vidriosos.
—Pues parece que ha cambiado de opinión —gruñó Kaelen, intentando ponerse en pie. Sus piernas temblaron—. ¡Atrás!
El mercenario muerto levantó la cabeza. Sus ojos no eran blancos ni vidriosos. Brillaban con una luz verde enfermiza, un fuego fatuo que palpitaba en sus cuencas. Abrió la boca para emitir un sonido, pero no fue un grito de guerra. Fue un siseo de aire escapando de pulmones perforados.
Detrás de él, aparecieron más figuras. El nubio que había caído al canal. Los otros ballesteros. Todos muertos. Todos caminando.
—Nigromancia... —dijo Neferet. Recordó los rumores sobre la Reina del Sur, la "Madre de Huesos"—. Kandake no solo envía exploradores. Envía plagas.
El líder muerto cargó. No corría rápido, pero no tenía miedo, ni duda, ni dolor.
Kaelen interceptó el ataque, pero no tenía su fuerza habitual. Su tajo horizontal, que hubiera decapitado a un hombre vivo, solo logró mellar la armadura y cortar carne muerta. El impacto del golpe reverberó en sus costillas rotas, haciéndole gritar.
El mercenario ni se inmutó. Se abalanzó sobre Kaelen, intentando morderle la cara con dientes rotos. Kaelen perdió el equilibrio por su rodilla mala y cayó de espaldas, con el cadáver encima.
—¡Muérete de una vez! —rugió Kaelen, clavándole la espada en el estómago desde el suelo.
Fue inútil. Era como apuñalar un saco de arena húmeda.
—¡No sangran! —gritó Kaelen, empujando la cara podrida lejos de la suya con su antebrazo—. ¡Neferet, corre! ¡El acero no sirve!
Neferet retrocedió, pero dos figuras más le cortaron el paso. Eran los exploradores nubios, con sus pieles de leopardo manchadas de sangre negra. Se movían diferente a los mercenarios; eran más rápidos, más animales.
Uno de ellos saltó hacia ella.
Neferet levantó las manos por instinto. Fuego, pensó. Quémalo.
Pero su cuerpo estaba roto. Las cicatrices de plata en sus brazos se iluminaron con un dolor agónico, como si le estuvieran arrancando la piel a tiras. Solo una chispa débil salió de sus dedos. No fue suficiente para detener al muerto, pero sí para enfurecerlo. La criatura la golpeó, lanzándola contra la arena.
El Escarabajo de Ojos Verdes se salió de su túnica con el impacto. Al tocar la arena, la gema brilló.
Los muertos se detuvieron.
Todas las cabezas, con sus ojos verdes brillantes, giraron al unísono hacia el artefacto en el pecho de Neferet.
—Lo quieren... —susurró ella, entendiendo de golpe. Kandake no solo quería matarlos. Quería la llave.
Kaelen aprovechó la pausa para patear al mercenario y quitárselo de encima. Se arrastró hacia Neferet, sangrando profusamente por el costado. —¡Neferet! —la agarró del brazo—. ¡La duna alta! ¡La arena es suelta!
Corrieron hacia la pendiente de una duna gigante. La arena se deslizaba bajo sus pies, haciendo que cada paso hacia arriba costara el doble. Los muertos los seguían, clavando sus dedos rígidos en la arena, trepando como escarabajos implacables.
—No vamos a llegar... —jadeó Neferet. Sus piernas fallaban. El dolor neurológico de sus cicatrices la estaba paralizando.
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Editado: 21.01.2026