El desierto entre Siwa y el Valle del Nilo no era arena dorada. Era tiza.
Neferet y Kaelen caminaban por el Desierto Blanco, un paisaje alienígena donde el viento había esculpido la roca caliza en formas que parecían hongos gigantes, calaveras deformes y dedos acusadores apuntando al cielo. El sol se reflejaba en el suelo blanco con una intensidad que quemaba la retina, convirtiendo el día en una ceguera constante.
Llevaban una semana de marcha desde que escaparon de la duna. El agua se había acabado hacía dos días.
Neferet caminaba mecánicamente, un paso tras otro, envuelta en las pieles que habían robado a los exploradores nubios muertos. Sus labios estaban partidos y sangraban cada vez que intentaba tragar saliva. El calor le provocaba calambres en las cicatrices de plata, como si tuviera cables de cobre tensados y calientes bajo la piel.
Pero Kaelen estaba peor.
El guerrero se apoyaba pesadamente en el bastón de Sethos. Su rodilla mala estaba hinchada al doble de su tamaño, y la herida del costado, mal vendada y llena de arena, supuraba, oliendo a infección. La fiebre le daba un brillo vidrioso a sus ojos.
—No te detengas... —graznó él. Su voz sonaba a lija—. Si te sientas, la tiza te absorbe el agua del cuerpo. Te momificarás antes de morir.
—¿Falta mucho? —preguntó ella. Su voz era un susurro seco.
—El Nido del Buitre está detrás de esa cresta —señaló una formación rocosa que parecía una costilla rota, temblando por el esfuerzo de levantar el brazo—. Si sigue en pie. Y si no nos matan al vernos.
—¿Quién vive ahí?
—La escoria del ejército —dijo Kaelen sin miramientos, tropezando—. Desertores. Ladrones. Hombres que Rakotis colgaría por deporte. Son "Los Olvidados". Gente peligrosa, pero son los únicos que odian al Norte tanto como nosotros.
Llegaron a la entrada de un cañón estrecho al mediodía, cuando el sol estaba en su cenit. No parecía haber nada, solo roca blanca y silencio. El calor era tan intenso que el aire ondulaba.
Kaelen se detuvo. Intentó gritar, pero solo le salió un graznido. Tosió, escupiendo flema oscura, y lo intentó de nuevo. —Soy Kaelen... de la Tercera Cohorte. Vengo a cobrar... una deuda de sangre.
El silencio se estiró. Neferet sintió el picor en la nuca de ser observada, o tal vez eran las moscas que ya empezaban a seguirlos.
—Kaelen el Renegado murió en Giza —dijo una voz desde arriba, oculta por el resplandor del sol.
—Entonces estás hablando con su fantasma —respondió Kaelen, balanceándose—. Y los fantasmas tienen sed, Bakar.
Una piedra cayó rodando. Desde las sombras de las formaciones de tiza, emergieron cinco figuras. No llevaban uniformes, sino una mezcla de armaduras robadas: pectorales de bronce abollados, cascos nubios, vendas manchadas. Parecían espectros del polvo, flacos y curtidos.
El líder, Bakar, era un hombre bajo y fornido al que le faltaba la nariz, reemplazada por un parche de cuero tosco. Bajó por la pendiente apuntando con un arco compuesto, mirando a Kaelen con incredulidad. —Por los dioses... Tienes mal aspecto, Renegado. Pareces un cadáver que se olvidó de tumbarse. Hueles a gangrena desde aquí.
—Tú nunca fuiste guapo, Bakar... pero veo que la sífilis o un cuchillo te han mejorado la cara —respondió Kaelen, sonriendo con los labios agrietados.
Bakar soltó una risa seca y bajó el arco. —Agua para el traidor —ordenó a sus hombres—. Y para su... acompañante.
Miró a Neferet con sospecha. Ella se ajustó el velo sucio para ocultar su cabello a medio teñir, pero sintió los ojos del bandido recorriendo sus brazos vendados y llenos de costras. —¿Quién es la chica? ¿Otra huérfana que intentas salvar para limpiar tu conciencia?
—Es carga —mintió Kaelen, bebiendo con avidez del odre que le pasaron. El agua se derramó por su barba sucia—. Lleva mensajes para los rebeldes del sur. Paga bien.
Bakar escupió en el suelo blanco. —No hay rebeldes en el sur, Kaelen. Solo hay muertos que caminan y una Bruja de Huesos que se cree reina. Si vas al sur, estás caminando hacia la boca del león.
—Vamos a Tebas —dijo Neferet. Su voz salió firme a pesar de la debilidad.
Los hombres de Bakar intercambiaron miradas nerviosas. —Tebas es un matadero —dijo Bakar, acercándose—. Rakotis ha puesto máquinas en las murallas. Ballestas gigantes que disparan lanzas de hierro. Y la ciudad está llena de refugiados. La gente se mata por una rata asada.
—Necesitamos entrar —dijo Kaelen, pasándole el odre a Neferet—. Y necesitamos transporte. No puedo caminar más, Bakar. Mi pierna está acabada.
—¿Y qué gano yo? —Bakar se cruzó de brazos—. Mi cabeza tiene precio. Si me acerco al Nilo, las patrullas fluviales me despellejarán.
Kaelen se limpió la boca. Dio un paso adelante, tambaleándose, invadiendo el espacio personal del bandido con pura voluntad. —Ganas que no le diga a Rakotis dónde está este agujero. Porque si yo sé dónde estás, sus rastreadores también lo sabrán pronto. Los nubios están barriendo el desierto, Bakar. Vienen del oeste. Si te quedas aquí, serás el almuerzo de los muertos de Kandake.
Bakar palideció bajo la suciedad de su rostro. —¿Los muertos han llegado hasta Siwa?
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Editado: 11.02.2026