Tebas no dormía. Tosía.
El agua bajo los muelles del sur era una sopa negra y aceitosa. Neferet boqueó buscando aire, escupiendo el sabor a metal y podredumbre del Nilo industrializado. A su lado, Kaelen se hundió.
—¡Kaelen! —susurró ella, agarrándolo por el cuello de la túnica justo antes de que el agua se lo tragara.
El guerrero no nadaba; se debatía. Su herida en el costado ardía al contacto con el agua tóxica, y su pierna mala era un peso muerto que lo arrastraba hacia el fondo. Neferet tuvo que usar sus últimas fuerzas para remolcarlo hacia uno de los pilares de madera podrida del muelle.
—Agárrate... —jadeó ella, empujándolo contra la madera cubierta de limo.
Kaelen se aferró al pilar, tosiendo agua negra y bilis. Estaba temblando violentamente. La fiebre, alimentada por el esfuerzo y el frío, lo hacía delirar. —Déjame... —murmuró—. Soy un ancla, Neferet. Córtame la cuerda.
—Cállate —le ordenó ella, arrastrándolo hacia la orilla fangosa bajo los tablones del muelle—. Nadie se queda atrás. Ese fue el trato.
Salieron del agua como dos espectros cubiertos de lodo y aceite. El aire bajo los muelles era denso, cargado de humo de carbón que bajaba desde la ciudad. Sobre sus cabezas, el ruido de botas claveteadas resonaba en la madera. Patrullas.
Neferet ayudó a Kaelen a ponerse en pie. El hombre grande se apoyó en ella, pesando una tonelada. Dieron tres pasos y él tropezó, cayendo de rodillas en el barro.
—No puedo... —dijo, con los dientes castañeteando—. La pierna no responde.
Neferet miró alrededor desesperada. Estaban expuestos. Si una patrulla miraba hacia abajo, verían a dos mendigos moribundos que no deberían estar ahí.
—Necesitamos un agujero —dijo ella—. Cualquier cosa.
Se adentraron en las sombras, arrastrándose más que caminando, hacia los cimientos de piedra de la muralla fluvial. Neferet vio un desagüe de tormenta seco, medio bloqueado por basura.
—Ahí.
Arrastró a Kaelen hacia la abertura. El olor era atroz, pero estaban ocultos. Neferet se dejó caer contra la pared húmeda, tratando de limpiar el aceite de sus cicatrices, que empezaban a picar furiosamente.
Kaelen gemía en sueños febriles. Neferet buscó en su cinto. Le quedaba una moneda de plata. Una sola oportunidad para comprar comida o medicina.
De repente, una piedra cayó frente a ellos.
Neferet sacó su daga instintivamente, aunque su mano temblaba tanto que el arma era inútil.
Una sombra se desprendió de la pared del desagüe.
No era un soldado. Era una niña. O al menos, alguien lo suficientemente menuda y flaca para parecerlo, envuelta en harapos que la hacían parecer un montón de basura viviente. Su cara estaba manchada de hollín intencionalmente, y sus ojos, de un color miel intenso y calculador, brillaban en la oscuridad.
No había compasión en su mirada. Había depredación.
—Tienes una daga muy bonita para ser una cadáver —dijo la chica. Su voz era ronca, como si hubiera tragado humo toda su vida. Tenía una navaja de obsidiana en la mano, y la sostenía con la soltura de quien ha tenido que usarla muchas veces.
—Atrás —advirtió Neferet, poniéndose delante de Kaelen.
La chica soltó una risa seca. —¿O qué? ¿Me vas a cortar? Apenas puedes sostener el cuchillo, "madre". Y tu amigo ahí... huele a gangrena. Los perros callejeros lo olerán en una hora. Los "Recolectores" de Rakotis, en diez minutos.
—¿Quién eres? —preguntó Neferet.
—Soy la que decide si vivís o morís esta noche —dijo la chica, dando un paso adelante con cautela—. Me llaman Isis. Y estáis ocupando mi desagüe.
Isis miró a Kaelen con desprecio profesional. —Está acabado. Si lo dejas aquí, tal vez tú sobrevivas. Si intentas moverlo, os colgarán a los dos.
—No lo voy a dejar —dijo Neferet con firmeza.
—Entonces eres estúpida. —Isis hizo un gesto para irse—. Buena suerte con los perros.
—¡Espera! —Neferet bajó la daga y metió la mano en su cinto. Sacó la moneda de plata. Brilló incluso en la penumbra sucia—. Tengo plata. Plata real.
Isis se detuvo. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos se clavaron en la moneda con un hambre feroz. En la Tebas de Rakotis, la plata real era rara; la gente comerciaba con fichas de hierro o comida.
—Una moneda no compra una vida —dijo Isis, aunque no se fue.
—Compra un refugio —dijo Neferet—. Un lugar seco. Sin humo. Y agua limpia.
Isis evaluó la situación. Miró la moneda, luego miró las manos de Neferet. Vio las cicatrices plateadas bajo la suciedad. Sus ojos se estrecharon. —Esas marcas... eres una esclava de las fundiciones que escapó, ¿verdad? Por eso brillan.
Neferet no la corrigió. —¿Tenemos un trato?
Isis se acercó y le arrancó la moneda de la mano con rapidez de víbora. La mordió para comprobar su autenticidad. —Bien. Pero él no puede trepar. Y no voy a cargarlo.
—Hay montacargas en los muelles —dijo Neferet—. Los vi al entrar.
#2433 en Fantasía
#3147 en Otros
#288 en Aventura
accion y aventura, ficción histórica, ficción de fantasía y magia
Editado: 11.02.2026