La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 7: El General de Hierro

El amanecer sobre el Templo de Karnak no trajo cánticos de sacerdotes, sino el estruendo rítmico de martillos pilones.

Isis no los llevó a los tejados. Sabía que Kaelen, con su pierna arrastrándose y la fiebre haciéndole sudar frío, no sobreviviría a una escalada. En su lugar, los guio hacia abajo, a través de una red de túneles de drenaje pluvial secos que pasaban justo por debajo del muro exterior del recinto sagrado.

—Aquí —susurró la niña, señalando una rejilla de bronce oxidada cubierta por enredaderas muertas—. Da al Patio del Primer Pilono. Si nos quedamos quietos, seremos invisibles.

Se arrastraron hasta la abertura. El olor a azufre y metal caliente era tan denso que raspaba la garganta. Desde su posición a ras de suelo, Neferet vio el corazón de la nueva maquinaria de guerra de Egipto desde la perspectiva de las ratas.

—Por los dioses... —susurró Kaelen, apretando el puño contra la tierra—. Han convertido la Sala Hipóstila en una fundición.

El bosque de columnas gigantes, famoso en todo el mundo por su belleza, estaba ahora ennegrecido por el humo. Entre los pilares, decenas de hornos de fundición rugían como bestias enjauladas. Cientos de esclavos, encadenados en filas, alimentaban los fuegos con carbón y madera sagrada arrancada de los santuarios menores.

Pero lo que heló la sangre de Neferet no fue la destrucción, sino la construcción.

En el centro del patio, justo frente a su escondite, se alzaba una monstruosidad de madera, bronce y engranajes. Parecía una ballesta, pero del tamaño de un barco. Su mecanismo no usaba cuerdas de tripa, sino cadenas de metal tensadas por contrapesos masivos y pistones de vapor primitivos que silbaban vapor a presión.

—El "Martillo de Sobek" —dijo Isis con asco—. Rakotis dice que puede atravesar las murallas de Nubia desde media legua de distancia.

—Es ingeniería de asedio —murmuró Kaelen, secándose el sudor de la frente—. Pero mirad esas vibraciones... la estructura tiembla. Esos pistones... es tecnología robada, pero mal aplicada.

—De Irem —completó Neferet, sintiendo una punzada en el pecho. El Escarabajo bajo su ropa se calentó, reaccionando a la proximidad de diseños familiares—. Rakotis ha estado saqueando las ruinas que dejamos atrás. Está intentando replicar la ciencia de los Semsu Hor con fuerza bruta.

Un sonido de trompetas metálicas, agudas y sin melodía, cortó el ruido de la fábrica.

—Ahí viene —susurró Isis, encogiéndose aún más en el túnel—. El General de Hierro.

Las puertas de bronce del templo se abrieron. Una guardia de honor marchó hacia el patio, golpeando sus escudos con una precisión mecánica. Y detrás de ellos, caminando solo, apareció Rakotis.

No parecía un egipcio. Parecía una estatua viviente de la guerra.

Era un hombre inmenso, calvo, con la piel pálida del Delta. Vestía placas de acero pulido sobre cuero rojo. Pero lo que llamaba la atención era su rostro. El lado izquierdo era humano, con un ojo gris frío y calculador. El lado derecho era una masa de tejido cicatrizado, quemado hasta el hueso, sin párpado y sin labios, mostrando los dientes en una mueca perpetua de calavera.

—Ingeniero Imhotep —llamó Rakotis. Su voz era grave, carente de inflexión, como el rechinar de piedras de molino.

Un hombre delgado corrió hacia él temblando. —Mi General... la máquina está lista para la prueba, pero... la tensión en las cadenas es inestable. Los pistones vibran demasiado. Si disparamos ahora, el retroceso podría...

—¿Podría qué? —interrumpió Rakotis, girando su rostro quemado hacia el ingeniero—. ¿Romperse? ¿Matar a los operadores?

—Sí, mi General. Necesitamos más tiempo para calibrar los contrapesos.

Rakotis miró la máquina y luego miró al ingeniero. —El tiempo es un lujo que los sacerdotes vendían a los necios. Yo no compro tiempo, Imhotep. Yo compro resultados. Kandake marcha hacia el norte. Sus muertos no necesitan calibrar sus armas.

El General sacó una pistola de chispa primitiva de su cinturón —otra atrocidad tecnológica— y apuntó a la cabeza del ingeniero. —Dispara la máquina. O te disparo a ti y pongo a tu aprendiz al mando.

El ingeniero palideció y corrió hacia la plataforma de control. Gritó órdenes histéricas. —¡Tensad las cadenas! ¡Presión máxima en calderas!

Un bloque de granito de cien kilos, tallado en forma de punta de lanza, fue cargado en el riel. Los engranajes chirriaron, un sonido agónico de metal bajo tensión extrema. La máquina entera comenzó a sacudirse violentamente, como si quisiera despedazarse a sí misma antes de disparar.

—¡Fuego! —chilló el ingeniero.

Se soltó el mecanismo.

El estruendo fue colosal. El proyectil salió disparado con una velocidad terrorífica, cruzando el patio y pulverizando una muralla de prueba.

Pero el ingeniero tenía razón. El retroceso fue demasiado.

Una de las cadenas principales se partió, latigando hacia atrás con la fuerza de un rayo. Cortó a tres esclavos por la mitad y golpeó la caldera auxiliar. Un chorro de vapor hirviendo salió disparado, cocinando vivos a los operadores cercanos.

Gritos de dolor llenaron el patio. Sangre y aceite se mezclaron en el suelo sagrado.




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