La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 8: Ecos de Irem

El "Palacio de Cristal" de Isis resultó ser una cripta olvidada bajo las ruinas de un templo menor dedicado a Thot. Era un agujero húmedo que olía a moho y a ratas, pero al menos estaba lejos de los hornos y de los ojos de Rakotis.

Kaelen se derrumbó en una esquina, tiritando violentamente. Su herida en el costado había sangrado de nuevo durante la huida por los túneles, empapando el vendaje sucio. Isis lo miraba desde una distancia segura, mordisqueando un trozo de pan duro que había sacado de sus bolsillos, como un gato callejero que evalúa si un animal herido es una amenaza o comida.

Neferet se sentó en el centro de la sala, con las piernas cruzadas. Frente a ella, sobre una losa de piedra manchada de cera, descansaba el Escarabajo de Ojos Verdes.

El artefacto parecía inocente a la luz de las velas. Metal negro y una gema verde. Pero Neferet podía sentir su gravedad. Atraía la atención, distorsionaba el aire viciado de la cripta.

—¿Seguro que quieres hacer esto? —preguntó Kaelen, con la voz rota por la fiebre—. La última vez que lo tocaste en Siwa, casi nos matas a todos.

—En Siwa me tomó por sorpresa —respondió Neferet, mirando la gema. Sus manos temblaban, no de miedo, sino de debilidad—. Rakotis está construyendo máquinas que no entiende. Él solo ve la fuerza bruta. Pero si quiero saber cómo romperlas sin volar la ciudad... necesito ver los planos originales. Y esta cosa... esta cosa recuerda quién los dibujó.

—Te va a freír el cerebro —murmuró Isis con la boca llena—. Mi abuela decía que mirar demasiado al pasado te deja ciego para el presente.

—No voy a mirar al pasado —dijo Neferet, extendiendo la mano con los dedos manchados de hollín y sangre seca—. Voy a preguntar.

Sus dedos rozaron el metal frío.

No hubo una transición suave. Fue como recibir un golpe de martillo en la nuca.

El sonido de la cripta desapareció. El olor a humedad y podredumbre fue reemplazado instantáneamente por un olor estéril, químico. Olor a cera pulida y aire reciclado que nunca había tocado el desierto.

Neferet abrió los ojos (o creyó abrirlos) y ya no estaba en Tebas.

Estaba en una sala inmensa, con techos altos y blancos que brillaban con una luz fija, antinatural, atrapada en largos tubos de cristal que zumbaban sin fuego. Había vitrinas transparentes por todas partes, conteniendo objetos que ella reconocía: vasijas, joyas, trozos de lino.

Están muertos, pensó Neferet con horror, sintiendo una náusea profunda. Han puesto nuestra vida en cajas de cristal para que los extraños la miren.

Caminó —o su conciencia flotó— hacia el centro de la sala. Había un sarcófago dorado allí. Lo reconoció por el estilo real, aunque el rostro de la máscara era de un niño rey que aún no había nacido en su tiempo.

Y junto al sarcófago, había una chica.

No vestía túnica. Llevaba ropa extraña, ajustada a las piernas como una segunda piel de tejido negro, y una chaqueta que parecía cuero pero brillaba como plástico. Tenía el pelo corto y negro.

Pero fueron sus ojos lo que golpeó a Neferet a través del abismo del tiempo. Eran verdes. Idénticos a la gema del Escarabajo.

La chica sostenía un escarabajo alado en su mano.

—¿Quién eres? —pareció susurrar la chica, mirando a la nada, como si sintiera el fantasma de Neferet en la habitación.

El tiempo se plegó sobre sí mismo. La visión se volvió violenta.

Neferet vio destellos rápidos, imágenes que golpearon su mente como metralla: Torres de hierro y cristal que tocaban nubes de color gris plomo. Carruajes de metal sin caballos que rugían y escupían humo, moviéndose en filas interminables. La chica corriendo por pasillos de mármol blanco. Y entonces, la imagen se triplicó.

Vio el escarabajo en manos de la chica. Vio otro escarabajo en el pecho del Rey Niño muerto. Vio un tercer escarabajo en manos de una Sombra, un hombre con la misma sed de vacío que el Faraón.

Tres llaves.

—No... —gimió Neferet en el trance, sintiendo que su cerebro se partía—. Solo forjé uno...

La presión en su cabeza aumentó. El Escarabajo en el presente, en la cripta, comenzó a calentarse al rojo vivo. No estaba diseñado para canalizar una visión tan compleja a través de un cuerpo humano sin sangre dorada.

Tiyseth, susurró una voz en su cabeza. El eco no muere.

—¡Neferet!

La realidad la golpeó de vuelta con el dolor de una quemadura física.

Neferet se derrumbó hacia adelante, convulsionando. Sangre oscura y caliente brotó de su nariz, manchando la losa de piedra. El Escarabajo humeaba, y un sonido agudo, como el de un cristal al agrietarse, resonó en la sala.

Kaelen se arrastró hacia ella a pesar de su propia agonía. —¡Respira! —le gritó, sacudiéndola—. ¡Mírame!

Neferet tosió, aspirando aire viciado y escupiendo sangre. Sus ojos pálidos estaban desorbitados, las pupilas dilatadas hasta cubrir casi todo el iris. —Lo vi... —jadeó, aferrándose a la túnica sucia de Kaelen—. Vi el mundo que viene. Es... es un cementerio de hierro.




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