La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 9: El Bautizo de los Sekheru

La luz de las velas en el "Palacio de Cristal" parpadeaba, proyectando sombras largas contra los muros de piedra húmeda. El aire seguía cargado con la electricidad estática de la visión de Neferet, un olor a ozono que apenas lograba cubrir el hedor a sangre seca que emanaba de la nariz de ella y del costado de Kaelen.

Isis miraba el Escarabajo de Ojos Verdes sobre la mesa improvisada con una mezcla de codicia y terror religioso. Kaelen, por su parte, afilaba su espada con una piedra de amolar, el sonido rítmico shhhk-shhhk llenando el silencio incómodo. Su cara estaba pálida por la fiebre, pero sus manos no temblaban al manejar el acero.

—Una orden... —murmuró Kaelen sin levantar la vista—. Suena a sacerdotes. Suena a reglas, a túnicas blancas y a mentiras bonitas. Yo he matado a suficientes hombres que pertenecían a "órdenes" como para saber que todas terminan corruptas.

—No será una orden de sacerdotes, Kaelen —dijo Neferet. Estaba dibujando en el suelo de tierra con un trozo de carbón. Sus dedos, marcados por las cicatrices plateadas que ahora parecían quemaduras recientes, trazaban líneas firmes—. Y no será una orden de soldados. Los soldados sirven a un rey. Nosotros serviremos a la verdad.

—¿Y cuál es la verdad? —preguntó Isis, balanceándose sobre una caja de madera—. ¿Que el mundo se acaba?

—Que el mundo siempre se está acabando —respondió Neferet—. La verdad es que hay puertas que no deben abrirse. Hay tecnologías, como las de Irem, que la humanidad no está lista para manejar. Y hay cosas en la oscuridad, como Kandake, que quieren entrar.

Neferet terminó el dibujo. Se apartó para que lo vieran.

No era un jeroglífico egipcio tradicional. Era un diseño híbrido, nacido de sus visiones y de su herencia. Un escarabajo central (la vida, la persistencia en el estiércol). Un disco solar sobre su cabeza (no el sol tirano del Faraón, sino la luz del conocimiento). Y a los lados, dos plumas de avestruz (la Maat, el equilibrio, la justicia).

—Un escarabajo alado —dijo Kaelen, dejando la piedra de afilar—. Un insecto que come mierda y empuja el sol. Poético.

—Es el único ser que sobrevive en el desierto cuando todo lo demás muere —dijo Neferet—. Y nosotros somos supervivientes.

Se puso en pie y miró a sus dos únicos aliados. Un mercenario tullido y una niña ladrona. No parecía el inicio de una leyenda; parecía un chiste cruel. Pero Neferet sabía, gracias a la visión, que este momento resonaría a través de los siglos.

—Necesitamos un nombre —dijo Isis—. "Los Hijos de la Bruja" suena bien para asustar a los niños, pero no para reclutar.

—"La Guardia de Hierro" —sugirió Kaelen.

—No —cortó Neferet—. El hierro se oxida. El hierro hace ruido. Nosotros debemos ser silenciosos. Sethos... él se borró a sí mismo para abrirnos el camino. Él entendía que el verdadero poder no grita su nombre.

Neferet tocó el dibujo de carbón con la punta de su pie descalzo. —En la antigua lengua de los Semsu Hor, a los que vigilaban las fronteras del desierto se les llamaba Sekheru. Significa "El que silencia", pero también "El que planea" o "El que custodia".

Sekheru... —Kaelen probó la palabra. Sonaba antigua. Dura—. Me gusta. No tiene honor. Suena a trabajo sucio.

—Porque lo será —dijo Neferet. Sacó su daga.

La luz de la vela se reflejó en la hoja. Neferet miró a sus compañeros con una solemnidad que heló el aire de la cripta.

—No basta con una promesa, Kaelen. Las promesas se rompen con el miedo. Necesitamos algo más fuerte. Un juramento que ate el alma al hueso.

Neferet respiró hondo y deslizó el filo por la palma de su mano.

No hubo luz dorada. No hubo chispas mágicas. La sangre brotó oscura, espesa y roja. Sangre humana. Sangre mortal. El dolor fue agudo y real, recordándole que ya no era una diosa, sino una mujer que podía morir esa misma noche.

Levantó la mano, dejando que las gotas rojas cayeran sobre el dibujo del escarabajo, manchando el carbón negro. —La arena se levanta, y mi vigilia comienza. No terminará hasta que regrese al polvo. No portaré corona, no buscaré gloria, no serviré a Faraón. Soy el escudo contra el Vacío. Soy la espada en la sombra. Soy el guardián de los secretos olvidados. Entrego mi vida y mi silencio a los Sekheru, Por esta noche y por todas las eras que vendrán.

El silencio que siguió fue absoluto.

Kaelen miró la sangre roja en el suelo. Entendió el peso de lo que veía: su reina había descendido del pedestal para sangrar con ellos. Suspiró, se puso en pie con un crujido de rodillas y desenvainó su daga.

Se cortó la palma sin dudar y apretó la mano sangrante de Neferet, mezclando su sangre guerrera con la de ella. —No portaré corona, no buscaré gloria... Soy la espada en la sombra. —Kaelen recitó las palabras con voz grave—. Por esta noche y por todas las eras que vendrán.

Ambos miraron a Isis.

La niña bajó de la caja. Ya no tenía esa sonrisa cínica de ladrona. Miraba la sangre mezclada con una intensidad extraña.

—¿Por qué? —preguntó Kaelen—. ¿Por qué una rata de alcantarilla querría morir por esto, Isis? ¿Por la plata?




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