La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 10: Pactos en la Oscuridad

La guerra entre el Norte y el Sur no tenía líneas de frente claras. Era una herida abierta que supuraba a lo largo del Nilo.

A diez leguas al sur de Tebas, en una llanura aluvial conocida como los Campos de Juncos, los dos ejércitos se habían encontrado al atardecer. No hubo victoria. Solo hubo una carnicería estancada.

La niebla nocturna se levantaba del río, mezclándose con el humo de las máquinas de guerra destruidas y el hedor dulce de la nigromancia. El suelo estaba sembrado de chatarra retorcida y huesos rotos.

En medio de la "Tierra de Nadie", se alzó una bandera blanca. Pero no era de rendición. Era de parlamento.

El General Rakotis llegó primero. No vino a caballo. Caminaba con paso pesado, flanqueado por cuatro de sus pretorianos de élite armados con lanzaballestas. Su armadura de placas de acero estaba manchada de sangre negra y aceite, y su rostro quemado brillaba húmedo bajo la luz de la luna.

Esperó junto a los restos humeantes de uno de sus "Martillos de Sobek", que había sido destrozado por una fuerza bruta antinatural. Consultó un dispositivo en su muñeca: una brújula modificada cuyas agujas giraban locamente, magnetizadas por la reciente perturbación.

—Llega tarde —gruñó Rakotis—. O tal vez los huesos no saben leer la hora.

—El tiempo no significa nada para los que no respiran, General.

La voz surgió de la niebla.

La Reina Kandake no caminaba; parecía deslizarse sobre el barro. Sus pies descalzos no hacían ruido. Detrás de ella, dos enormes elefantes de guerra, muertos hacía décadas y reanimados con costuras de cuero y magia, se alzaban como torres de carne podrida, vigilando en silencio.

Rakotis no retrocedió. Su ojo sano la miró con el desprecio de un ingeniero ante una superstición. —Madre de Huesos. Veo que tus mascotas siguen pudriéndose al sol. Huele a matadero cada vez que el viento sopla del sur.

—Y tú hueles a hollín y miedo, Hombre de Hierro —respondió Kandake, deteniéndose a cinco pasos. Sus pinturas de ceniza blanca la hacían parecer un espectro—. Tus máquinas son ruidosas. Se rompen. Mis guerreros no se cansan. No piden paga. Y cada soldado que tú pierdes, yo lo gano.

Rakotis escupió al suelo. —No he venido aquí a intercambiar insultos contigo, bruja. He venido porque hace una hora, mis sismógrafos en Karnak registraron una anomalía. Una onda de choque que no vino de la tierra, sino del aire.

La expresión de Kandake cambió. La máscara de arrogancia se agrietó ligeramente bajo la pintura de ceniza. —Lo sentiste —susurró ella—. El sabor a cobre en la lengua. El tiempo plegándose sobre sí mismo.

—Mis ingenieros dicen que fue un pico de energía idéntico al que destruyó la Gran Pirámide —dijo Rakotis, dando un paso adelante—. La Bruja Blanca está viva. Neferet. Y está en Tebas.

Kandake entrecerró los ojos. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir todo el iris. —Mis espíritus gritaron cuando sucedió. Una luz verde en la oscuridad. Ella tiene el artefacto. Tiene el corazón del Faraón.

—Me da igual lo que sea —cortó Rakotis con frialdad—. Lo que me importa es que es una amenaza para mi orden. Y para tu caos. Si ella despierta lo que hay en las ruinas de Irem, o si usa esa cosa para sabotear mis fundiciones desde dentro, ninguno de nosotros tendrá un reino que gobernar.

Rakotis extendió su mano guanteada de cuero. —No puedo cazar ratas en mi propia casa mientras tus muertos golpean mi puerta principal. Necesito mis recursos centrados en la búsqueda interna.

—¿Me estás pidiendo ayuda, ingeniero?

—Te estoy ofreciendo un negocio —corrigió Rakotis—. Cesa el avance hacia el norte. Deja de enviar plagas a mis campamentos. Dame tres días de tregua.

—¿Y qué gano yo? —preguntó Kandake, lamiéndose los dientes limados—. ¿Por qué dejaría que tú atrapes a la presa más valiosa?

—Porque tú no puedes entrar en Tebas sin destruir el premio —dijo Rakotis—. Si invades, ella usará el artefacto contra ti o huirá. Yo tengo la ciudad cercada. Mis "Ojos" la encontrarán. Y cuando lo hagan... te entregaré al Renegado.

Kandake se burló. —Quiero al Renegado, sí. Su piel servirá para un tambor nuevo. Pero también quiero el artefacto.

Rakotis dudó un segundo. Odiaba ceder tecnología, pero sabía que sin esa concesión, la guerra continuaría. —El Renegado es tuyo. El artefacto es tuyo. La ciudad y la chica... son mías. Quiero ver cómo funciona su cerebro. Quiero diseccionarla.

Kandake lo miró largamente. Odiaba al norte. Odiaba el metal. Pero odiaba más la idea de que una niña mestiza tuviera el poder que ella había codiciado durante siglos. —Acepto el cese de hostilidades. Pero solo hasta la luna llena. Si para entonces no me has entregado el corazón verde y al traidor... mis muertos entrarán en Tebas y se comerán a tus herreros uno por uno.

—Trato hecho —dijo Rakotis, sin ofenderse.

Kandake miró la mano extendida del general. No la estrechó. En su lugar, sacó una daga de hueso y trazó una línea en el barro entre ellos. —No tocaré tu hierro sucio. Pero la línea está trazada. Caza a la bruja, Rakotis. Pero ten cuidado... has invitado a la muerte a tu mesa.

La reina se dio la vuelta. La niebla pareció tragársela, junto con sus elefantes y su hedor a tumba.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.