La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 11: La Sangre de la Tierra

El Nilo siempre había sido un dios. Daba la vida, quitaba la sed y marcaba el tiempo con sus crecidas. Pero esa noche, el dios estaba enfermo.

Isis los guio lejos de los muelles industriales, río arriba, hacia una zona de marismas donde las cañas de papiro crecían torcidas y amarillentas. El ruido de las fábricas de Rakotis aquí era un zumbido distante, pero el olor era peor. No olía a humo. Olía a pescado podrido y a flores dulces dejadas demasiado tiempo sobre una tumba.

—No bebáis —advirtió Isis, deteniéndose en un banco de lodo—. Ni siquiera toquéis el agua si tenéis un corte abierto.

Kaelen se apoyó pesadamente en su bastón para bajar al banco de arena. Su respiración era un silbido ronco. La herida en su costado palpitaba al ritmo de su corazón, y su rodilla hinchada apenas soportaba su peso en el terreno irregular. —El nivel está bajo... —murmuró, secándose el sudor frío de la frente—. Demasiado bajo.

—No es sequía —dijo Neferet, acercándose a la orilla con cautela.

La luz de la luna llena se reflejaba en la superficie del río, pero el reflejo estaba distorsionado. El agua tenía una textura aceitosa, espesa. Y bajo la superficie, pulsaba una leve bioluminiscencia de color verde pálido.

Neferet se quitó el guante y extendió la mano sobre el agua, sin llegar a tocarla. Sus cicatrices de plata reaccionaron al instante, enviando un calambre doloroso hasta su cuello.

—Está muerto —susurró, retrocediendo asqueada y sujetándose la muñeca—. El agua... no tiene Ka. Alguien la ha matado.

—Kandake —dijo Kaelen, con una mueca de asco—. Nigromancia. Está envenenando el suministro desde el sur.

—Ya ha llegado —dijo Isis sombríamente. Señaló hacia un grupo de chozas de barro en la orilla—. Mirad.

En la orilla, una mujer estaba lavando ropa. De repente, se llevó las manos a la garganta, tosiendo violentamente un líquido negro. Cayó de rodillas y su cuerpo comenzó a convulsionar, arqueándose de una forma antinatural hasta que se escuchó el crujido de huesos rompiéndose.

Se levantó. Sus movimientos eran espasmódicos. Giró la cabeza hacia ellos. Sus ojos brillaban con ese mismo verde enfermizo del río.

—Por los dioses... —masculló Kaelen, intentando desenvainar su espada, pero el dolor en su costado lo hizo doblarse—. No solo los mata. Los recluta.

—Ghouls de la plaga —siseó Isis, sacando sus cuchillos—. Son rápidos.

La mujer-cosa soltó un chillido. De las chozas cercanas, otras figuras salieron arrastrándose. Una docena de infectados con venas negras y hambre vacía.

—Kaelen, no puedes correr —dijo Neferet, viendo cómo el guerrero apenas podía mantener el equilibrio.

—Lo sé —gruñó él, clavando sus botas en el lodo y levantando el escudo abollado—. ¡Detrás de mí! Isis, cúbreme los flancos. Yo seré el muro, tú sé el cuchillo.

El primer ghoul se lanzó sobre ellos con una velocidad inhumana.

Kaelen no intentó esquivar ni contraatacar. Simplemente plantó el escudo y recibió el impacto. El golpe fue brutal; las garras de la criatura arañaron el metal y la fuerza del choque hizo que Kaelen gritara al comprimirse sus costillas rotas.

—¡Maldita sea! —rugió, empujando con el hombro, incapaz de usar la espada con soltura.

El ghoul rebotó, y antes de que pudiera volver a saltar, Isis surgió de la sombra de Kaelen y le cortó los tendones de la pierna. La criatura cayó y Kaelen la remató con una estocada torpe hacia abajo.

Pero eran demasiados. Tres más se abalanzaron sobre el escudo. Kaelen retrocedió un paso, sus botas resbalando en el barro. —¡No puedo sostenerlos! —gritó, con la cara gris de dolor—. ¡Son demasiados y yo soy demasiado lento!

Neferet miró la escena con horror. Kaelen iba a caer. Y si él caía, Isis y ella morirían en segundos.

El Escarabajo en su pecho ardía, vibrando en rechazo a la magia de muerte del río.

—El agua... —murmuró Neferet. Si el agua conducía la enfermedad, también podía conducir el fuego.

—¡Kaelen, aguanta! —gritó ella.

Corrió hacia la orilla. Sabía que el costo sería alto. Su cuerpo humano ya estaba al límite tras la visión en la cripta.

Se arrodilló en el lodo podrido. Se arrancó el Escarabajo de debajo de la ropa. El metal estaba caliente. —Limpia —ordenó, y sumergió el artefacto y sus propias manos en el agua aceitosa.

Canalizó todo lo que le quedaba. No pidió permiso. Forzó la resonancia del metal estelar contra la frecuencia de la muerte.

La gema verde destelló bajo el agua oscura con la intensidad de un sol en miniatura.

El agua alrededor de sus manos comenzó a hervir al instante. Neferet gritó. No era solo calor térmico; era energía pura quemándole la piel. Sintió cómo la piel de sus manos se ampollaba bajo el agua. Sintió cómo sus cicatrices de Lichtenberg en los brazos se encendían como fusibles, quemando sus nervios hasta el hombro.

Una onda de choque blanca se propagó por el río y saltó hacia la orilla.

Cuando la energía tocó a los ghouls, estos chillaron al unísono. La magia que animaba sus cuerpos se rompió violentamente. Cayeron al suelo como marionetas a las que les cortan las cuerdas.




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