El túnel de desagüe no era un camino; era una garganta de piedra resbaladiza que olía a amoniaco y desesperación.
Isis iba en vanguardia, moviéndose con la agilidad de una rata almizclera, saltando entre los bordes de ladrillo para evitar el caudal de aguas negras que fluía por el centro. Neferet y Kaelen la seguían con una lentitud agonizante. Kaelen se apoyaba en el hombro de Neferet, arrastrando su pierna mala. La humedad del túnel se pegaba a la ropa y hacía que sus heridas latieran con un dolor sordo.
—¿Falta mucho? —preguntó Neferet. Sus propias manos, cubiertas de ampollas por el agua hirviendo del capítulo anterior, le ardían al rozar la pared de piedra.
—Estamos debajo del Templo de Khonsu —dijo Isis, su voz resonando con un eco metálico—. La fundición principal está más adelante, pero el canal se ensancha. No podemos seguir a pie. Necesitamos cruzar el "Pozo Ciego".
—¿Pozo Ciego? —preguntó Kaelen, deteniéndose para toser. Cada espasmo le arrancaba una mueca de dolor por las costillas rotas.
—Es donde Rakotis tira los desechos que no se queman —explicó la niña—. Ácido, metal fundido defectuoso, cuerpos de esclavos... todo va al agua. Si te caes ahí, no te ahogas; te disuelves.
Llegaron a una caverna artificial, una inmensa cisterna romana que había sido reconvertida. El "río" de aguas negras desembocaba en un lago subterráneo de aguas aceitosas y quietas. En el centro, una serie de compuertas de hierro bloqueaban el paso hacia los niveles superiores.
En la orilla de piedra, una balsa hecha de barriles vacíos y tablones podridos se mecía suavemente. Un hombre estaba sentado en ella, afilando un gancho de pesca oxidado.
Era enorme, con la piel llena de forúnculos y una barba que parecía nido de pájaros. Le faltaba una oreja.
—¡Tifón! —llamó Isis, bajando la voz.
El hombre levantó la vista. Al ver a la niña, una sonrisa de dientes amarillos partió su cara. Luego miró a Kaelen, evaluando su estado lamentable: la palidez, el sudor, la postura encorvada. —Pequeña Sombra... veo que traes carne muerta.
—Traigo clientes —corrigió Isis, saltando a la balsa con familiaridad—. Necesitamos cruzar, Tifón. Y necesitamos que abras la compuerta de mantenimiento. La número cuatro.
Tifón miró a Neferet y a Kaelen. Sus ojos, pequeños y porcinos, se detuvieron en la espada del guerrero, notando que la mano de Kaelen temblaba al acercarse a la empuñadura. —Traes amigos caros, niña. Cruzar el Pozo cuesta. Abrir una compuerta de Rakotis cuesta el doble.
—Tengo plata —dijo Kaelen. Intentó dar un paso firme hacia la balsa, pero su rodilla falló al pisar la madera inestable. Tropezó y cayó pesadamente sobre los tablones, soltando un gruñido de dolor.
Tifón soltó una risita cruel. —El grandullón no se tiene en pie. Eso cuesta triple. Hay que cargar peso muerto.
Neferet ayudó a Kaelen a sentarse contra un barril. El guerrero estaba respirando con dificultad, mareado por el movimiento de la balsa. Neferet sacó la moneda de plata con sus manos vendadas y doloridas, y se la lanzó al barquero.
—Cruza —ordenó ella.
Tifón atrapó la moneda, la mordió y empujó la balsa con una pértiga larga. Se deslizaron silenciosamente sobre el agua negra. El único sonido era el goteo lejano de las tuberías y la respiración pesada de Kaelen.
—Dicen que hay lío en el norte —dijo Tifón, rompiendo el silencio mientras remaba—. Dicen que una bruja ha envenenado el río. Rakotis ha puesto precio a su cabeza. Mil monedas de oro.
—La bruja está en el sur —dijo Neferet, tensa. El Escarabajo bajo su ropa estaba frío, pero ella sentía una punzada de advertencia en la nuca.
La balsa llegó al centro del lago subterráneo, justo debajo de una rejilla de ventilación por donde se filtraba una luz roja.
De repente, Tifón dejó de remar.
La balsa se detuvo, balanceándose. Kaelen, mareado, intentó incorporarse, pero el movimiento brusco lo hizo caer de nuevo. —¿Por qué paramos? —gruñó, con la mano buscando su espada en el suelo de la balsa.
—Porque la corriente es fuerte aquí —dijo Tifón, sin mirarlos. Levantó la pértiga... y la golpeó tres veces contra el techo de la caverna.
Clac. Clac. Clac.
Isis se puso pálida. —Tifón... ¿qué haces?
—Lo siento, Sombra —dijo el hombre, girándose hacia ellos. Ya no sonreía—. Rakotis no paga mil monedas por un agitador. Paga un reino por la de Pelo Blanco. Y con ese tullido protegiéndote... es dinero fácil.
Antes de que Isis pudiera sacar su cuchillo, las compuertas de hierro alrededor de la cisterna se abrieron de golpe.
No salió agua. Salieron virotes.
Desde las pasarelas superiores, ocultas en la oscuridad, una docena de ballesteros de la Guardia de Hierro abrieron fuego.
—¡Abajo! —rugió Kaelen.
Incapaz de levantarse rápido, Kaelen hizo lo único que podía: se lanzó sobre Neferet e Isis, cubriéndolas con su cuerpo y levantando su escudo abollado sobre sus cabezas mientras estaba tumbado.
Los virotes se clavaron en la madera podrida de la balsa y rebotaron en el escudo de Kaelen con un sonido metálico ensordecedor.
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Editado: 11.02.2026