La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 13: La Tumba Abierta

El ascenso desde las entrañas de Tebas no fue hacia la luz, sino hacia el fuego.

A medida que subían por la escalera de mantenimiento, el aire se volvía irrespirable. No era solo calor; era una presión física que aplastaba los pulmones, cargada de polvo de carbón y esquirlas de metal.

Para Neferet, fue peor que la asfixia. Al entrar en la zona térmica, sus cicatrices de Lichtenberg —esas quemaduras eléctricas que le recorrían los brazos y el cuello— se encendieron. Era como si le estuvieran pasando papel de lija por los nervios.

—No pares... —jadeó Kaelen detrás de ella. Su voz era un gorgoteo húmedo. Subía arrastrándose, usando la fuerza de sus brazos porque sus piernas ya no respondían.

Isis empujó una rejilla de ventilación en el suelo y salió primero, tosiendo hollín. Neferet ayudó a Kaelen a salir, tirando de su armadura abollada mientras sus propias manos, llenas de ampollas por el agua hirviendo del río, gritaban de dolor al contacto.

Estaban dentro de la Sala Hipóstila.

Neferet había escuchado historias sobre este lugar. Decían que sus 134 columnas eran un bosque de piedra diseñado para elevar el espíritu humano hacia los dioses. Pero ahora, las columnas estaban manchadas de grasa negra. Entre los pilares, monstruosos hornos de fundición rugían, alimentados por filas interminables de esclavos que arrojaban carbón y chatarra a las fauces del fuego.

—Bienvenidos al infierno de Rakotis —susurró Isis, ajustándose su trapo sobre la nariz—. Aquí no se reza. Aquí se quema.

Kaelen se apoyó contra una columna, respirando con dificultad. La sangre le goteaba de la nariz por la ruptura de tímpanos anterior. —Guardias en las pasarelas superiores —señaló, entrecerrando los ojos—. Y abajo, capataces con látigos. Si nos ven, no puedo pelear, Neferet. Apenas puedo sostener la espada.

—No necesitamos pelear —dijo Neferet. Sus manos temblaban incontrolablemente por el dolor—. Necesitamos llegar al "Corazón". Isis, ¿dónde está la caldera principal?

La niña señaló hacia el centro de la sala. Una estructura cilíndrica de bronce de diez metros de altura dominaba el espacio. Tubos de cobre salían de ella como arterias, distribuyendo vapor a presión.

—Ahí. Si paráis esa caldera, toda la cadena de montaje se detiene.

—Vamos.

Se movieron entre las sombras de las columnas, aprovechando el humo denso. Pasaron junto a un grupo de esclavos. Un anciano tropezó bajo el peso de un tronco. Un capataz levantó su látigo.

Neferet dio un paso adelante, la rabia superando al dolor, pero Kaelen la sujetó del brazo con su mano sana. —No —siseó—. Si lo salvas, nos matas a nosotros. Mantén la misión.

Neferet tragó bilis y siguió caminando.

Llegaron a la base de la caldera principal. El calor aquí era tan intenso que la piel de Neferet se sentía tirante, a punto de romperse. Sus ampollas supuraban.

—Aquí —gritó Isis sobre el ruido ensordecedor—. ¡Neferet, haz tu magia!

Neferet sacó el Escarabajo de Ojos Verdes con dedos torpes y vendados. La gema, ya partida casi por la mitad, brillaba con una luz inestable, peligrosa.

Lo pegó contra el bronce caliente de la caldera. Gritó cuando el metal le quemó las vendas, pero no lo soltó.

Rompe, pensó, inyectando su propia agonía en el artefacto.

Envió un pulso sónico. Una disonancia.

El bronce gimió. Un remache saltó disparado como una bala, golpeando una columna de piedra a centímetros de la cara de Isis. Una fisura apareció en el cilindro, brillando con luz roja, escupiendo vapor.

—¡Fuga! —gritó un ingeniero desde la pasarela—. ¡Intrusos!

Las alarmas empezaron a sonar. Campanas de bronce golpeadas con furia.

—¡Vámonos! —intentó gritar Kaelen, pero una tos violenta lo dobló por la mitad.

Una patrulla de la Guardia de Hierro apareció por el pasillo central, bloqueando la salida.

—¡Ahí! —señaló el oficial—. ¡Fuego!

Los virotes empezaron a volar. Uno golpeó el escudo que Kaelen levantó torpemente, haciéndolo caer de espaldas.

—¡Isis, el pozo! —gritó Neferet, viendo la losa abierta en el suelo cerca de los hornos.

—¡Es una caída de cinco metros! —gritó la niña—. ¡Él no sobrevivirá!

—¡Es eso o las flechas!

Neferet agarró a Kaelen por un lado, Isis por el otro. Arrastraron al guerrero, que apenas estaba consciente, hacia el borde del Pozo de Escoria.

—¡Saltad!

Se lanzaron al vacío.

La caída fue corta, pero el aterrizaje fue brutal. Aterrizaron sobre una montaña de ceniza y metal retorcido.

Kaelen golpeó el suelo con un sonido seco y repugnante. Gritó una vez y luego quedó en silencio, inmóvil.

Neferet cayó rodando, llenándose las heridas de ceniza. Se levantó, tosiendo, y gateó hacia él. —¡Kaelen!

El guerrero estaba vivo, pero su pierna mala estaba doblada en un ángulo imposible. Se había desmayado por el dolor del impacto.




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