La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 14: Los Tambores del Sur

La oscuridad de la tumba no era silenciosa. Estaba llena del sonido de vendas secas arrastrándose sobre la piedra y el crujido de huesos antiguos que se negaban a permanecer quietos.

Neferet retrocedió hasta chocar con un sarcófago de granito. Su respiración era superficial, rápida. El Escarabajo de Ojos Verdes en su pecho estaba caliente, pero no se atrevía a usarlo. En un espacio tan cerrado, una onda sónica podría derrumbar el techo sobre sus cabezas.

—¡Son demasiados! —gritó Isis, lanzando una piedra a la cabeza de una momia que avanzaba desde las sombras. El cráneo se rompió, soltando una nube de polvo negro, pero el cuerpo siguió caminando a ciegas.

Kaelen yacía en el suelo, con la espalda contra la pared. Intentó levantarse, pero su pierna rota le falló y volvió a caer con un grito ahogado. —No puedo... —gruñó, aferrándose a su espada como si fuera un bastón—. Neferet, sácame de aquí y déjame bloquear el pasillo.

—¡No voy a dejarte! —Neferet agarró su brazo izquierdo. Miró a Isis—. ¡Agarra el otro lado!

Isis obedeció, aunque sus brazos pequeños temblaban. Entre las dos, arrastraron al guerrero por el suelo de piedra, sus botas raspando ruidosamente, dejando un rastro de polvo y sangre.

Las momias eran lentas, pero implacables. Eran antiguos sacerdotes de Karnak, despertados no por respeto, sino por la nigromancia invasora de Kandake.

Uno de ellos, vestido con restos de lino dorado, abrió la boca. No tenía lengua, pero un sonido salió de su garganta. Un cántico.

...madre... viene...

De repente, el suelo bajo sus pies vibró.

No fue el temblor de la maquinaria de Rakotis. Fue algo más profundo, rítmico. Un latido que subía desde la corteza terrestre.

Bum... Bum... Bum...

El polvo cayó del techo de la cripta.

Las momias se detuvieron un instante. Todas giraron la cabeza hacia el sur, como perros escuchando un silbato.

—¿Qué es eso? —preguntó Isis, pegándose a la pared.

—Tambores —dijo Neferet. Sintió el ritmo en sus cicatrices, una resonancia que le heló la sangre—. Tambores de piel humana. Kandake ha llegado.

Un estruendo colosal sacudió la ciudad arriba. Una explosión que hizo que varias losas del techo de la tumba se agrietaran.

—¡Artillería! —jadeó Kaelen—. Rakotis está disparando. La guerra ha empezado.

El caos de arriba fue su salvación abajo. Una sección del muro de la cripta, debilitada por las vibraciones de las máquinas y ahora sacudida por el bombardeo, cedió. Se abrió una grieta irregular que daba a un sistema de alcantarillado inferior.

—¡Por ahí! —señaló Kaelen—. ¡Rápido!

Neferet e Isis arrastraron a Kaelen hacia el hueco. Las momias, liberadas de su estupor, chillaron y se lanzaron tras ellos.

—¡Empujad el sarcófago! —ordenó Kaelen.

Estaba apoyado contra la tapa de granito de un ataúd vacío junto a la grieta. Usó su pierna sana y todo el peso de su cuerpo para empujar. Neferet se unió a él.

La piedra pesada chirrió y se deslizó, cayendo frente a la abertura justo cuando las manos engarfiadas de los muertos intentaban agarrarlos. El sarcófago bloqueó el paso, dejando solo el sonido de uñas rascando la piedra al otro lado.

Cayeron al otro lado, en la oscuridad del alcantarillado, tosiendo polvo.

—Tenemos que salir... —dijo Neferet, mirando las manos destrozadas de Isis y la cara gris de Kaelen—. No podemos quedarnos aquí abajo. Si la ciudad se inunda o se incendia...

Se movieron por las alcantarillas, guiados por el ruido de la batalla en la superficie. Kaelen se apoyaba en Neferet, mordiéndose el labio hasta sangrar para no gritar con cada paso.

Salieron a través de una rejilla de desagüe rota cerca de la Muralla Sur.

Lo que vieron les robó el aliento.

Tebas estaba ardiendo. Pero no por fuego. Por miedo.

El cielo nocturno estaba iluminado por los proyectiles incendiarios que las máquinas de Rakotis lanzaban desde las murallas. Cruzaban el aire como cometas rojos y caían en la llanura frente a la ciudad.

Y en la llanura, la pesadilla había cobrado forma.

El ejército de Kandake no era una marea desordenada. Era una formación perfecta de horror.

En vanguardia, miles de esqueletos blanqueados por el sol marchaban con lanzas de hueso. Detrás de ellos, los elefantes muertos, torres de carne gris y podrida, cargaban estructuras de asedio hechas de costillas de ballena y cuero. Y sobre todo ello, flotando en un palanquín de obsidiana llevado por gigantes no-muertos, estaba Ella.

La Madre de Huesos.

Kandake levantó un báculo.

Los tambores cesaron de golpe.

El silencio fue peor que el ruido.

—Pueblo de Tebas —la voz de la Reina, amplificada por magia, resonó sobre las murallas, clara y terrible—. Entregadme a la Bruja Blanca. Entregadme al Ingeniero. Y vuestra muerte será rápida.




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