Tebas no estaba siendo conquistada; estaba siendo borrada.
El cielo nocturno había desaparecido, reemplazado por un techo de humo negro y nubes de azufre iluminadas desde abajo por el resplandor de mil incendios. El ruido era físico: el bum-bum-bum de la artillería de Rakotis se mezclaba con los chillidos inhumanos de las hordas de Kandake.
El avance de los Sekheru por el "Barrio de los Alfareros" era agónico. No corrían. Se arrastraban.
Kaelen se apoyaba en el hombro de Neferet con todo su peso, su pierna rota arrastrándose inerte por el empedrado. Isis iba delante, despejando escombros, buscando rutas donde el pavimento no estuviera ardiendo.
—¡Cuidado! —gritó Isis, retrocediendo ante una explosión cercana.
Una bola de fuego alquímico, el "Aliento de Dragón" de las fundiciones, impactó en la fachada de una casa. La mezcla viscosa salpicó la calle, ardiendo con una llama verde que no se apagaba, sino que devoraba la piedra.
—Rakotis está quemando su propia ciudad... —dijo Neferet, cubriéndose la cara ante la ola de calor que hizo arder sus manos vendadas.
—Está esterilizando el terreno —gruñó Kaelen entre dientes—. Sabe que no puede vencer a los muertos cuerpo a cuerpo. Su única opción es crear una barrera de fuego.
Llegaron a una plaza abierta que daba vista a la Muralla Sur. La escena era dantesca.
Los "Martillos de Sobek" disparaban sin cesar. Lanzas de hierro volaban hacia la oscuridad. Pero por cada elefante que caía, diez mil esqueletos trepaban por los muros, formando una alfombra de hueso que subía inexorablemente.
En la avenida principal, una sección de la muralla exterior cedió con un estruendo. De la nube de polvo emergió una monstruosidad.
No era un elefante. Era una amalgama. Kandake había tejido los cuerpos de cientos de soldados muertos en una sola masa de carne y extremidades, un golem de cadáveres de cinco metros de altura que caminaba sobre veinte piernas, aplastando todo a su paso.
—Por los dioses... —susurró Kaelen. Intentó dar un paso atrás, pero su pierna sana resbaló en la ceniza y cayó pesadamente sobre una rodilla.
El golem avanzó hacia las líneas de Rakotis, ignorando las flechas. Pero también bloqueaba el único camino hacia el Templo de Karnak.
—¡Nos ha cortado el paso! —gritó Isis—. ¡Tenemos que rodear!
—¡No puedo rodear! —rugió Kaelen, intentando levantarse sin éxito—. ¡No puedo dar ni un paso más, Isis!
De repente, una sombra cayó sobre ellos.
Un pelotón de la Guardia de Hierro, huyendo del golem, se topó con ellos. El oficial, con una máscara de gas primitiva, los vio. Su mirada cayó sobre el pelo blanco sucio de Neferet.
—¡Es ella! —ladró, apuntando su ballesta de repetición—. ¡La orden prioritaria! ¡Olvidad al monstruo! ¡Matad a la bruja!
—¡Al suelo! —gritó Kaelen.
Incapaz de moverse para atacar, Kaelen hizo lo único que le quedaba. Se lanzó sobre Neferet, cubriéndola con su cuerpo y levantando su escudo abollado hacia los ballesteros.
Los virotes golpearon el metal como granizo. Clang. Clang. Clang. Uno de ellos atravesó el borde del escudo y se clavó en el hombro de Kaelen. El guerrero gritó, pero no se movió. Era un muro de carne y hierro.
—¡Kaelen! —gritó Neferet bajo él.
—¡Haz algo! —bramó él, con sangre goteando de su boca sobre la cara de ella—. ¡No voy a aguantar otra ronda!
El golem de carne, atraído por el ruido, giró su masa de cabezas hacia ellos. Ignoró a los soldados y cargó contra la fuente de magia que sentía en Neferet.
Los soldados de hierro huyeron aterrorizados. Kaelen se quedó solo, herido y clavado al suelo, entre Neferet y una montaña de muerte.
—Se acabó... —susurró Isis, paralizada por el terror.
Neferet empujó a Kaelen para liberarse. Vio al golem alzarse sobre ellos. Vio a Kaelen cerrar los ojos, esperando el golpe final.
La desesperación rompió sus límites.
Neferet se arrancó las vendas de las manos quemadas. Agarró el Escarabajo de Ojos Verdes. La gema estaba llena de fisuras.
—¡NO! —gritó.
No pidió ayuda a los dioses. Exprimió el artefacto.
Canalizó la gravedad. La misma fuerza aplastante que había sentido en la cámara del Faraón.
El Escarabajo se puso al rojo vivo en su mano. La piel de su palma chisporroteó. Neferet sintió cómo sus tímpanos estallaban por la presión. Sangre brotó de su nariz y oídos.
—¡ARRODILLATE! —ordenó, proyectando la fuerza hacia el golem.
El aire alrededor del monstruo se solidificó. La gravedad aumentó cien veces en un punto concentrado.
El golem chilló con mil voces mientras sus piernas de carne explotaban bajo su propio peso. Fue aplastado contra el pavimento como un insecto bajo una bota invisible. La piedra de la plaza se hundió, formando un cráter.
CRACK.
Un sonido nítido salió del pecho de Neferet.
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Editado: 11.02.2026