La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 16: La Decisión de Neferet

El silencio en los Archivos de Karnak era denso, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para recuperar el aliento. Fuera, los muros de piedra amortiguaban los gritos del asedio, reduciendo la guerra a un zumbido sordo y lejano.

Pero dentro, el único sonido era la respiración rasposa de Kaelen.

El guerrero yacía contra la puerta de cedro que habían bloqueado, con la pierna rota estirada en un ángulo antinatural. Su cara estaba gris, cubierta de sudor frío. No podía levantarse. Su función de escudo había terminado; ahora era solo un peso muerto que se negaba a morir.

—Isis... —susurró Neferet. Estaba sentada en el suelo, sosteniendo sus manos vendadas contra su pecho. Las ampollas quemaban con cada latido—. Busca luces. Necesitamos ver.

La niña, la única que aún podía moverse sin gritar, corrió por los pasillos oscuros. Encontró una lámpara de aceite en una mesa de escriba y la encendió con manos temblorosas.

La luz dorada reveló la magnitud del saqueo.

Los Archivos no estaban ordenados. Los rollos de papiro y pergamino estaban apilados de forma caótica, clasificados no por sabiduría, sino por utilidad militar.

—¿Cómo sabes dónde buscar? —preguntó Isis, moviéndose entre las estanterías como un fantasma pequeño.

—No lo sé —respondió Neferet, poniéndose en pie con dificultad. Se apoyó en una estantería, dejando una mancha de sangre y pus en la madera—. Lo recuerdo. Pero no recuerdo este lugar... recuerdo lo que hay en él.

Kaelen tosió desde la puerta. —Neferet... no tenemos mucho tiempo. Si ese golem se regenera... derribará la puerta. Y yo no puedo pararlo esta vez.

—Lo sé —dijo ella. La migraña palpitaba en su sien al ritmo de la gema agrietada en su pecho—. Busca planos azules, Isis. Papel que no parece papel.

Isis revolvió una mesa cercana. —¿Como esto?

La niña trajo un plano grande. El material no era papiro egipcio. Era un tejido suave, azul pálido, que no había envejecido. Sobre los trazos elegantes y geométricos de los antiguos, alguien había garabateado notas brutales con carbón.

Neferet intentó tomar el plano, pero sus dedos quemados no respondían bien. Tuvo que usar los antebrazos para sostenerlo.

—Son planos de Irem —dijo, sintiendo un escalofrío—. Diseños de balistas y calderas.

—Rakotis... —murmuró Kaelen desde el suelo—. Él saqueó la ciudad subterránea antes que nosotros.

—Se llevó las instrucciones —dijo Neferet con amargura—. Por eso la biblioteca estaba vacía cuando llegamos. Se llevó todo lo que parecía útil para la guerra y dejó atrás lo que no entendía... como mi espada.

—Pues ahora necesitamos algo más fuerte que planos robados —dijo Isis, mirando la puerta que empezaba a vibrar por los golpes del exterior. El golem estaba despertando.

Neferet se giró hacia el fondo de la sala. Su instinto la guiaba hacia una pared lisa de granito negro, sin inscripciones. —Allí.

Caminó arrastrando los pies. Se detuvo ante la pared.

—Es una pared, Neferet —dijo Isis.

—Es una membrana biométrica. Los Semsu Hor diseñaron esto para que solo uno de su linaje pudiera abrirlo. Requiere una firma de sangre. Sangre dorada.

Neferet miró sus manos envueltas en trapos sucios. Sabía la verdad, pero la desesperación la empujó a intentarlo. —Isis, quítame la venda de la mano derecha.

—Se te va a pegar la piel —advirtió la niña.

—¡Hazlo!

Isis desenrolló la tela con cuidado. La piel de Neferet estaba en carne viva, roja y brillante. Neferet apretó los dientes y sacó su daga con la mano izquierda. Se hizo un corte profundo sobre la quemadura.

La sangre brotó. Era roja. Oscura, espesa y completamente humana.

Neferet presionó su mano ensangrentada y quemada contra la piedra negra, dejando una huella macabra. —Igr w'b —susurró—. Despertar puro.

Esperaron. Un segundo. Diez segundos.

Nada. La piedra permaneció inerte. La sangre roja simplemente se deslizó por el granito sin ser absorbida.

—No funciona —susurró Neferet, bajando la mano. El dolor era cegador—. Me quemé en la pirámide. Mi sangre ya no canta. Para esta pared... soy solo otra humana intentando entrar donde no debe.

—¡La puerta está cediendo! —gritó Kaelen. La madera de cedro se astillaba bajo los golpes del golem.

—No tengo la sangre —dijo Neferet, girándose hacia ellos con una mirada febril—. Y no tengo la espada. Pero tengo lo que hice con ella.

Se arrancó el Escarabajo del cuello. El metal estaba tibio. La gema tenía una grieta profunda que la partía casi en dos.

—¿Vas a forzarla? —preguntó Kaelen.

—Voy a romperla —dijo Neferet—. No tengo la llave correcta, pero tengo una ganzúa hecha con los huesos de la llave original.

—Si la cerradura rechaza el código... —advirtió Kaelen—. La energía te rebotará. Te matará.

—O romperá el artefacto —dijo Neferet—. Lo siento, Valentain. Tendrás que buscar las piezas.




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