La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

CAPÍTULO 17: Guardianes de Piedra

La puerta de los Archivos de Karnak no se abrió; explotó hacia adentro.

El golem de cadáveres de Kandake, una masa de cinco metros de altura que se había regenerado de forma grotesca, derribó el muro de cedro y piedra con un rugido húmedo. El hedor a matadero llenó la sala al instante, ahogando el olor a incienso viejo.

Isis gritó, retrocediendo hacia las estanterías, buscando un cuchillo que sabía inútil. Kaelen, tirado contra la pared junto al marco destrozado, intentó levantar su espada, pero el dolor de su pierna rota lo dejó clavado en el sitio. Era un guerrero viendo venir su muerte sin poder ponerse en pie para saludarla.

El golem levantó un brazo grueso como un tronco, formado por una docena de torsos humanos cosidos, listo para aplastarlos a todos en una mancha roja sobre el suelo de piedra.

—Se acabó... —susurró Kaelen, cerrando los ojos.

Pero el golpe nunca llegó.

Una sombra negra, rápida y silenciosa como un pensamiento, pasó por encima de Kaelen. El aire vibró con un zumbido eléctrico que erizó el vello de la nuca de Neferet.

No hubo grito de guerra. Solo hubo el sonido de la materia siendo separada a nivel molecular. Zzzzt.

El brazo del golem se separó de su cuerpo. Cayó al suelo con un ruido blando, soltando icor negro que siseó al tocar la piedra.

El monstruo chilló, confuso, retrocediendo con sus múltiples piernas.

Frente a él, de pie entre los escombros de la puerta y protegiendo el cuerpo caído de Kaelen, estaba el Primer Guardián. Era una estatua de obsidiana humanoide, de tres metros de altura, con cabeza de leona. No tenía armas en las manos; sus propios antebrazos se habían transformado, desplegando hojas de energía verde esmeralda que zumbaban con una frecuencia letal.

Eliminar amenaza biológica, —dijo el autómata. No hablaba con voz; proyectaba la intención directamente en la mente de los presentes, una voz fría y metálica.

El golem intentó atacar con su otro brazo. La Leona de Obsidiana no esquivó. Simplemente avanzó. Cruzó la carne podrida como si fuera niebla. Con dos movimientos quirúrgicos, cortó las piernas del gigante. El golem colapsó, deshaciéndose en una pila de cuerpos inertes que ya no se movían.

La estatua giró su cabeza de leona hacia Kaelen, que la miraba desde el suelo con los ojos desorbitados. Sus ojos verdes escanearon sus firmas biológicas.

Ciudadanos detectados. Nivel de amenaza: Cero. Protocolo de Protección activado.

La estatua se dio la vuelta y salió al patio exterior, donde la guerra rugía. Detrás de ella, veintinueve sombras más emergieron del pozo de los archivos. Halcones, toros, chacales de piedra negra. Pasaron junto a Neferet, que yacía semiinconsciente en los brazos de Isis, sin mirarla. Eran máquinas perfectas despertadas para una sola función: limpiar la ciudad.

—Por los dioses... —susurró Isis, temblando—. Son hermosos. Y aterradores.

—Ayúdame a levantarme —gruñó Kaelen, apoyándose en la pared—. Tengo que ver esto.

Isis lo ayudó a arrastrarse hasta la puerta rota. Desde allí, vieron el patio de Karnak.

La batalla había cambiado de tono. Los gritos de furia se habían convertido en gritos de pánico.

Las treinta estatuas se dispersaron con una coordinación de colmena. No corrían; se deslizaban. Saltaban sobre los muros de diez metros con propulsores gravitacionales silenciosos incrustados en sus espaldas.

Rakotis, desde su posición en la muralla sur, vio con su ojo sano cómo sus máquinas de guerra eran desmanteladas.

Un Guardián con cabeza de toro embistió contra uno de los "Martillos de Sobek". No lo golpeó; puso su mano sobre la estructura de madera y hierro y liberó un pulso sónico. La máquina entera se desintegró, los remaches saltando como balas, la madera convirtiéndose en astillas.

—¡Fuego! —gritaba Rakotis, pálido, viendo caer su obra maestra—. ¡Disparad a las estatuas!

Los soldados de la Guardia de Hierro dispararon sus ballestas de repetición. Los virotes de acero rebotaron en la obsidiana sin dejar ni un rasguño. La tecnología de Irem era inmune a la fuerza bruta del norte.

En el otro lado del campo, Kandake observaba cómo sus elefantes muertos eran masacrados.

Un Guardián con cabeza de halcón voló —literalmente levitó— hacia la cabeza de un elefante zombi. Con una hoja de luz verde, decapitó a la bestia de un solo tajo limpio.

—¡Magia! —chilló Kandake, lanzando rayos de energía necrótica contra los autómatas.

La magia negra golpeó el pecho de uno de los guardianes. La obsidiana brilló, absorbiendo el hechizo, y luego lo disipó como calor inofensivo.

—No se pueden matar... —susurró la reina, retrocediendo en su palanquín—. No tienen alma que robar. No tienen huesos que romper.

En el centro de la ciudad, el silencio empezaba a caer donde pasaban las estatuas. No era paz; era exterminio de combatientes.

—Están ganando —dijo Isis, observando cómo las líneas de ambos ejércitos se rompían.

—No —dijo Kaelen, observando el movimiento de las tropas enemigas—. Mira hacia el sur. Rakotis no está huyendo hacia el río. Se está moviendo hacia los pantanos. Y Kandake está replegando a sus esqueletos hacia la misma zona.




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