La victoria parecía inevitable, pero en la guerra, la esperanza es el veneno más dulce.
Los treinta Guardianes de Piedra avanzaban por la Avenida de las Esfinges como una guadaña de obsidiana, limpiando el caos con precisión quirúrgica. A un lado, las máquinas de Rakotis ardían, desmanteladas por pulsos sónicos. Al otro, los elefantes muertos de Kandake yacían decapitados.
Neferet, Kaelen e Isis observaban desde la entrada de los Archivos, creyendo que el fin había llegado.
Durante la breve calma, Isis había hecho lo que pudo con sus heridas. Kaelen tenía la pierna rota entablillada toscamente con restos de madera de cedro de la puerta destrozada y tiras de lino. Se mantenía erguido únicamente gracias al bastón negro de Sethos, aferrándose a él con los nudillos blancos, usándolo como una tercera pierna para no desplomarse. Neferet también tenía vendas limpias en sus manos quemadas, aunque el dolor seguía siendo un pulso constante bajo la tela fresca.
—Están huyendo —dijo Isis, señalando las líneas rotas—. El Ingeniero y la Reina están acabados.
Pero Kaelen, con el ojo entrenado de un veterano, negó con la cabeza, apoyando más peso sobre el bastón. —No están huyendo. Se están reagrupando. Mira.
En el extremo sur del campo de batalla, donde el humo de las fábricas se mezclaba con la niebla del río, ocurrió lo impensable.
El General Rakotis, sangrando por una herida en la cabeza y con su armadura abollada, detuvo su retirada. Alzó su espada y ordenó a sus tamborileros tocar una señal específica. No era una señal de ataque, ni de retirada. Era la señal de Parlamento.
Al otro lado, entre la montaña de cadáveres, la Reina Kandake detuvo su palanquín.
Los dos enemigos se miraron a través de la carnicería. Ambos vieron a las estatuas invencibles que se acercaban. Ambos entendieron la matemática de la muerte: si peleaban por separado, morirían. Si se unían, tenían una oportunidad.
Kandake alzó su báculo de hueso. Rakotis asintió una vez.
—Por los dioses... —susurró Neferet—. Se están aliando.
Kandake no invocó a más bestias. Hizo algo peor. Extendió sus brazos hacia el campo de batalla reciente. Había diez mil cadáveres frescos allí: soldados de la Guardia de Hierro que acababan de morir, mercenarios, civiles atrapados.
—Levantaos, —siseó la Reina.
La tierra tembló. Los soldados de Rakotis que yacían muertos se levantaron. Pero esta vez no eran torpes zombis. Conservaban sus armaduras de placas, sus ballestas de repetición y sus espadas de acero.
Rakotis, lejos de horrorizarse, dio la orden a sus ingenieros supervivientes. —¡Cubridlos! ¡Usad los lanzallamas! ¡Nosotros ponemos el fuego, ellos ponen la carne!
La fusión fue terrorífica.
Una marea de muertos con armadura de acero cargó contra los Guardianes de Piedra, respaldada por la artillería pesada que Rakotis había reservado.
—¡Neferet! —gritó Kaelen—. ¡Los van a sepultar!
Los Guardianes de Piedra eran poderosos, pero eran solo treinta. La nueva horda combinada eran miles.
Los muertos se lanzaron sobre las estatuas como hormigas sobre escarabajos. Se aferraban a sus extremidades, bloqueando sus movimientos con el peso de cientos de cuerpos, mientras los ingenieros de Rakotis disparaban redes de acero electrificado y bombas de alquitrán para cegar los sensores de los autómatas.
Una de las estatuas, la que tenía cabeza de toro, fue derribada por una montaña de cadáveres. Un ingeniero corrió y detonó una carga de demolición en su pecho. La estatua explotó en fragmentos de obsidiana.
—¡Están cayendo! —gritó Isis, retrocediendo hacia la puerta.
—Van a por ti, Neferet —dijo Kaelen. Intentó dar un paso adelante para protegerla, pero su pierna entablillada falló y tuvo que clavarse al suelo con el bastón para no caer—. Saben que tú los controlas. Si te matan, las estatuas se apagan.
Rakotis y Kandake dirigieron su atención hacia la plaza del templo.
—¡Matad a la Bruja Blanca! —gritó Rakotis—. ¡Disparad todo lo que tengáis!
Lluvia de fuego. Lluvia de flechas. Lluvia de magia negra. Todo convergió en la posición de los Sekheru.
—¡Escudos! —ordenó Neferet.
La Leona de Obsidiana saltó frente a ellos, desplegando un campo de fuerza verde. Pero el escudo parpadeaba bajo el bombardeo combinado de magia y tecnología.
—Integridad del escudo al 40%, —dijo la voz de la Leona en la mente de Neferet—. Enemigos multiplicados. Probabilidad de supervivencia: 0%. Sugerencia: Retirada.
—¡No hay retirada! —gritó Neferet—. ¡Si huimos, quemarán la ciudad hasta los cimientos!
Miró a Kaelen. El guerrero estaba pálido, frustrado, sujetando su espada con una mano inútil mientras usaba el bastón para mantenerse erguido. Su cuerpo era un escudo roto; no podía atacar, solo podía morir de pie. Isis estaba agazapada tras él, temblando.
—Necesitamos más poder —dijo Neferet—. Necesitamos que dejen de defenderse y ataquen.
—Energía insuficiente, —respondió la Leona—. La gema está rota. No hay autorización para Nivel Omega.
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Editado: 11.02.2026