El amanecer sobre Tebas no fue dorado, fue gris. El sol tuvo que luchar para atravesar la capa de humo que cubría la ciudad, iluminando un paisaje que parecía la superficie de una luna rota.
Neferet estaba sentada en los escalones del Templo de Karnak. Sus manos estaban envueltas en vendajes limpios, pero debajo, la piel estaba roja y sensible. Kaelen estaba a su lado, sentado de forma incómoda con la pierna rota estirada y entablillada, apoyándose en el bastón negro de Sethos.
Frente a ellos, en la gran plaza, miles de supervivientes empezaban a salir de los sótanos y templos donde se habían refugiado.
No había gritos de júbilo. Había un silencio reverencial, casi aterrador. La gente miraba los restos calcinados de los ejércitos invasores y a los Guardianes de Piedra, ahora estatuas inertes que vigilaban el perímetro. Y luego, miraban a Neferet.
—Se están arrodillando —murmuró Kaelen, bebiendo de un odre de agua con avidez—. Te miran como si fueras Ra bajado a la tierra.
Neferet negó con la cabeza, agotada. —No soy Ra. Soy la que rompió sus muros y trajo monstruos de piedra a su casa. Deberían odiarme.
—Te temen —corrigió Isis, apareciendo con una cesta de pan recuperado de los almacenes—. Y en Egipto, el miedo y la adoración son la misma cosa. Quieren un Faraón, Neferet. Y tú acabas de borrar a dos candidatos del mapa.
Un grupo de ancianos, representantes de los gremios de artesanos y escribas, se acercó a los escalones. Se postraron.
—¡Hija del Silencio! —clamó uno de ellos—. ¡Salvadora de Tebas! La corona doble te pertenece por derecho de conquista. Guíanos.
Neferet sintió una náusea repentina. Podría aceptar. Sería fácil. Pero recordó al Faraón fusionado con su trono y a Rakotis sacrificando hombres por eficiencia. El poder absoluto tomado por la fuerza siempre terminaba en monstruosidad.
—Levantaos —dijo Neferet. Su voz, ronca por el humo, resonó en la plaza—. No habrá corona para mí. Mi lugar no es el trono; mi lugar es la frontera, donde acechan los lobos. Pero Egipto necesita un pastor.
—¿A quién seguiremos entonces? —preguntó el escriba—. Sin un rey, el caos volverá.
—Tendréis un Faraón —dijo Neferet con firmeza—. Pero no hoy. Primero, curaremos la ciudad.
Bajó los escalones y señaló a tres personas entre la multitud. —Horemheb, capitán de la guardia. Tú serás la Espada. —Tiye, matriarca de los tejedores. Tú serás el Pan. —Amenhotep, escriba mayor. Tú serás la Memoria.
—Vosotros sois el Consejo de Regencia —anunció—. Gobernaréis hasta que encontremos a alguien digno.
Pasaron siete días.
Siete días en los que Tebas lamió sus heridas. Los muertos fueron quemados en piras funerarias fuera de los muros para evitar plagas. Los canales de agua fueron purificados.
Neferet y Kaelen pasaron ese tiempo en los alojamientos de los sacerdotes en Karnak. Los sanadores del templo, agradecidos y temerosos, trataron la pierna de Kaelen con emplastos de miel y hierbas, y aplicaron ungüentos fríos a las quemaduras de Neferet. Aunque la fractura de Kaelen sanaba, el hueso había quedado marcado; cojearía el resto de su vida.
Al octavo día, el Consejo convocó a los Sekheru.
Se reunieron en la sala del trono vacía del palacio real. Horemheb, Tiye y Amenhotep estaban sentados alrededor de una mesa llena de mapas y listas de nombres. Neferet, Kaelen (apoyado en su bastón) e Isis se unieron a ellos.
—La ciudad está segura —dijo Horemheb—. Pero la gente está inquieta. Necesitan un nombre. Necesitan saber ante quién inclinarse.
La deliberación fue larga y tensa. Duró toda la noche. Se propusieron nombres de generales, pero Neferet los rechazó: "Demasiada sangre en sus manos". Se propusieron nombres de sumos sacerdotes, pero Kaelen se negó: "Demasiado dogma, necesitamos pragmatismo". Isis, sentada sobre la mesa, escuchaba los rumores de la calle que traían sus espías infantiles.
Finalmente, el nombre de un hombre surgió. Ay. Un noble anciano, un administrador que había servido en la corte anterior pero que había sido exiliado por oponerse a la crueldad del Faraón loco. No era un guerrero. No era un hechicero. Era un hombre que conocía la ley y el peso del grano.
—Ay es sabio —dijo Amenhotep, consultando sus rollos—. Y no tiene ambición de dios.
Neferet miró a Kaelen. El guerrero asintió levemente. —Un hombre que no quiere el trono es el único seguro para sentarse en él.
—Entonces está decidido —dijo Neferet, poniendo su mano vendada sobre la mesa—. El Consejo coronará a Ay. Él reconstruirá Egipto. Vosotros tres le aconsejaréis y aseguraréis que nunca olvide que su poder viene del pueblo, no del cielo.
—Y si olvida... —dijo Isis, jugando con su navaja— las piedras se lo recordarán.
Con el gobernante elegido y el futuro político de Tebas asegurado, la reunión se disolvió al amanecer. Pero para los Sekheru, el trabajo no había terminado.
Horas más tarde, en la privacidad de los Archivos de Karnak.
Neferet puso el Escarabajo roto sobre una mesa de trabajo. El metal negro estaba frío y opaco. Las tres piezas de la gema verde yacían separadas.
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Editado: 16.02.2026