El viaje de regreso a Irem no fue una huida, fue una peregrinación hacia el olvido.
El Consejo les había dado un carro robusto y suministros, pero el verdadero motor del viaje fue el silencio. Se adentraron en el Desierto Occidental, dejando atrás la civilización, guiados únicamente por el zumbido magnético que el metal estelar emitía al acercarse a su hogar.
Durante el día, el sol castigaba la tierra. Isis conducía el carro mientras Neferet cambiaba los vendajes de la pierna de Kaelen. Pero fue en la sexta noche, bajo un cielo tan lleno de estrellas que parecía una bóveda de diamantes, cuando el muro entre los dos guerreros finalmente se rompió.
Acamparon al abrigo de una formación rocosa que cortaba el viento. Isis, agotada, dormía profundamente en el carro.
Kaelen estaba sentado junto al fuego bajo, mirando las llamas bailar sobre la arena. Neferet se sentó a su lado. El calor del día se había ido, dejando un frío que calaba los huesos, pero el calor entre ellos era algo antiguo, postergado por la sangre y el acero durante demasiado tiempo.
—Llevamos huyendo desde que te saqué del río en la aldea del anciano —murmuró Kaelen, sin mirarla. Su voz era grave, cargada de memoria—. Siempre corriendo. Siempre sangrando. Nunca hubo tiempo para... esto.
Neferet no respondió con palabras. Extendió la mano y tocó la cicatriz en su mejilla, bajando hasta el cuello, sintiendo el pulso fuerte del hombre que había sido su escudo. —Ya no corremos, Kaelen.
El guerrero giró la cabeza. En sus ojos azules no había cinismo, solo un hambre desesperada que había guardado bajo llave. —Mañana llegaremos a Irem. Y después... te irás.
—No hables de mañana —susurró ella, inclinándose hacia él.
Kaelen la agarró por la nuca, sus dedos enredándose en su cabello blanco sucio, y la besó. No fue el beso febril y agónico de la capilla en ruinas. Fue un beso de posesión, de reconocimiento. Fue el choque de dos almas que habían sobrevivido al infierno y necesitaban recordar que seguían vivas.
Neferet lo empujó suavemente hacia atrás, sobre las pieles extendidas en la arena. El dolor de sus manos quemadas desapareció, reemplazado por la urgencia de su piel contra la de él. Kaelen, olvidando su pierna rota, la atrajo hacia sí con una fuerza que le robó el aliento.
Hicieron el amor bajo las estrellas del desierto, con una pasión desenfrenada y brutal, como si quisieran fundirse el uno en el otro para no tener que despedirse nunca. Cada caricia era una promesa; cada beso, una disculpa por el tiempo perdido. Fue un acto de rebelión contra la muerte, una afirmación de vida en medio de la nada.
Cuando la tormenta pasó, se quedaron abrazados, envueltos en las capas de lana, escuchando el latido compartido de sus corazones.
—Si pudiera —susurró Kaelen en su oído—, quemaría el mundo entero solo para quedarme aquí contigo.
Neferet cerró los ojos, sintiendo el peso de su destino. —Lo sé. Por eso tenemos que separarnos. Porque juntos... quemaríamos el mundo.
Llegaron a la Ciudad de los Pilares al mediodía siguiente.
Descendieron a la metrópolis subterránea. Estaba tal como la habían dejado, aunque ahora, gracias a los recuerdos desbloqueados de Neferet, ya no parecía un laberinto alienígena, sino un hogar.
Fueron directamente a la Gran Forja.
Era una sala circular suspendida sobre un abismo de magma frío —energía geotérmica pura—. Neferet encendió los hornos no con fuego, sino con su propia resonancia, despertando maquinaria que llevaba dormida desde la Era de los Dioses.
Colocó el cuerpo metálico del Escarabajo y los tres fragmentos de la gema verde sobre el yunque de luz.
—Sethos me habló en sueños anoche —dijo Neferet, su voz resonando en la inmensa sala—. Me mostró por qué Rakotis falló. El metal estelar es demasiado puro, demasiado volátil para este mundo. Necesita un conductor terrenal para estabilizarse.
Señaló los lingotes de oro que el Consejo les había dado como pago. —Oro. La carne de los dioses. Sethos me mostró que si purificamos el oro en este fuego sagrado, podemos crear una aleación que contenga el poder de las gemas sin destruirlas.
—Tres llaves —dijo Isis, mirando el crisol—. Como en tu visión.
Neferet trabajó durante tres días y tres noches. Kaelen e Isis la observaban, pasándole herramientas, viendo cómo la Hija del Silencio golpeaba el metal negro, doblándolo, dividiéndolo y reformándolo, bañándolo en el oro líquido purificado.
El proceso fue alquimia pura. El oro sagrado se adhirió al hierro estelar negro, cubriendo la oscuridad, ocultando la tecnología avanzada bajo una capa de belleza clásica y brillante.
Pero lo más extraordinario ocurrió cuando engarzó los fragmentos de gema.
Al entrar en contacto con el nuevo cuerpo de oro purificado, cada fragmento reaccionó a la esencia de su futuro portador, cambiando su frecuencia de luz.
Cuando Neferet sacó las piezas del fuego, ya no eran idénticas.
Eran tres escarabajos alados de oro macizo.
El primero tenía una gema central de un Verde Puro, profundo como el tiempo y la memoria. El segundo brillaba con una gema Amarilla, intensa como el sol del desierto y la arena que todo lo cubre. El tercero destellaba con una gema Azul, misteriosa y fluyente como las aguas del Nilo y la magia oculta.
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Editado: 16.02.2026