La Herejía del Polvo: El Trono del Sol Negro

EPÍLOGO: El Retorno de los Syronis

El desierto no tiene memoria, pero las estrellas sí.

Siete días después de salir de Irem, Neferet se detuvo en medio de la nada. Estaba sola. El viento del norte azotaba su túnica y el Escarabajo Verde, recién forjado y aún tibio contra su piel, pulsaba con un ritmo lento y constante.

Había enviado a Kaelen al sur y a Isis al este. Había dispersado las llaves para proteger el futuro. Pensaba que la guerra había terminado.

Pero se equivocaba.

Neferet miró hacia arriba. Era mediodía, y el sol debería estar en su cenit, cegador y tirano.

Sin embargo, el sol parpadeó.

Fue una fracción de segundo. Una sombra geométrica, vasta como un continente, cruzó el disco solar en la órbita alta. No era una nube. Era metal. El aire se volvió frío de repente, y la arena a sus pies dejó de moverse.

Las cicatrices de plata en los brazos de Neferet se encendieron. Pero esta vez, el dolor fue diferente.

Neferet llevó la mano a su cintura y desenvainó la daga que el Consejo le había entregado antes de partir. Le habían dicho que perteneció a un Faraón Guerrero de la Primera Dinastía, un rey que nunca se cansaba en batalla y cuyas heridas sanaban al amanecer. Durante siglos, se creyó que era solo una joya ceremonial de oro y gemas.

Pero ahora, bajo la sombra de la nave que descendía, la daga despertó.

No era oro. Era un metal que los Syronis habían traído de un universo muerto, un trofeo de conquista que vibraba con la frecuencia de la regeneración y la velocidad. Al empuñarla junto al Escarabajo (el Vacío), el circuito se cerró.

Neferet sintió un calor líquido subir por su brazo. Miró sus manos quemadas por la forja. La piel roja y ampollada comenzó a cerrarse. El dolor desapareció. Y cuando miró sus venas bajo la piel fina de la muñeca, vio que el rojo humano se estaba diluyendo.

Un hilo dorado volvía a brillar en su sangre.

—No habéis vuelto por mí —susurró, sintiendo cómo la fuerza de sus antepasados regresaba, no como un regalo divino, sino como una herencia activada—. Habéis vuelto por vuestras herramientas.

En ese instante, entendió la verdad final. Los dioses egipcios —Ra, Osiris, Seth— no estaban muertos. No eran trajes vacíos. Se habían marchado. Habían cruzado el velo hacia otra dimensión para no ser tiranos como sus creadores, los Syronis, dejándoles a los humanos el regalo más peligroso: el libre albedrío.

Pero los Syronis no creían en el libre albedrío. Creían en la cosecha.

Cilindros de luz sólida descendieron de las nubes, tocando la tierra con el rugido de motores de propulsión de una civilización que devoraba mundos.

Neferet apretó la Daga de la Velocidad en una mano y el Escarabajo de la Mente en la otra. Ya no era una humana rota. La sangre dorada, aunque diluida, cantaba de nuevo en sus venas, una canción que pasaría a sus hijos, y a los hijos de sus hijos, hasta llegar a unos ojos verdes en un futuro lejano.

—Mirad al cielo —dijo al viento, sabiendo que Kaelen e Isis sentirían la perturbación—. Los dueños han vuelto a casa. Y creen que estamos solos.

Neferet sonrió, una sonrisa afilada y peligrosa. —Vamos a demostrarles que sus "dioses" no nos abandonaron. Solo nos dieron espacio para aprender a matar a nuestros amos.

La guerra por el trono de Tebas había terminado. La guerra contra los Syronis acababa de empezar.

FIN DEL LIBRO II: EL TRONO DEL SOL NEGRO




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.