El fin del mundo no llegó con fuego, como predecían los sacerdotes. Llegó con silencio.
Neferet caminaba por los límites del Delta del Nilo, cerca de la antigua ciudad de Tanis. Habían pasado tres meses desde que salió de Irem. Tres meses en los que su piel había perdido el tono ceniciento de la forja para recuperar el bronceado del desierto. Sin embargo, su fuerza aún era frágil. Su sangre, estimulada por la daga que llevaba al cinto, había comenzado a despertar muy lentamente. No era un río caudaloso aún, sino hilos finos y tímidos de oro que aparecían y desaparecían bajo su piel, una promesa de poder que todavía le costaba convocar y que a menudo la dejaba exhausta.
El mediodía era caluroso. Los campesinos trabajaban en los campos de lino, y los pescadores echaban sus redes en los afluentes del gran río. Era una escena de paz, una pintura de la vida que Neferet y sus hermanos habían luchado tanto por proteger.
Entonces, el cielo parpadeó.
Neferet se detuvo en seco. El Escarabajo Verde que colgaba de su cuello, oculto bajo la túnica, emitió un pulso gélido contra su esternón, tan violento que le cortó la respiración.
—No... —susurró, sintiendo un nudo en el estómago—. Todavía no...
Sobre sus cabezas, el sol desapareció.
No fue un eclipse. Fue una ocupación.
Las nubes se abrieron en un círculo perfecto de diez kilómetros de diámetro. A través del agujero, descendió una estructura que desafiaba la lógica y la arquitectura humana. No era una nave como las que imaginaban los poetas; era un monolito geométrico, un cilindro de metal negro y luz blanca que no reflejaba el sol, sino que lo absorbía.
La "Cosechadora" de los Syronis se detuvo suspendida a mil metros sobre el suelo, proyectando una sombra tan densa que la temperatura bajó veinte grados en un segundo.
Neferet sintió que sus piernas fallaban. Cayó de rodillas en la tierra seca, temblando incontrolablemente. No era el miedo a morir en batalla; era un terror primario, el pánico de un animal ante un depredador que no comprende. Su mente, acostumbrada a la magia y al acero, no podía procesar la escala de aquella monstruosidad que ocultaba el cielo. Se sintió minúscula, insignificante. Un insecto a punto de ser aplastado.
Los pájaros cayeron del cielo, muertos por la súbita presión atmosférica. Los campesinos soltaron sus herramientas y miraron hacia arriba, paralizados por el mismo terror absoluto.
Un anciano cercano cayó al suelo y empezó a rezar a Osiris, llorando. —Cállate... —intentó decir Neferet, pero su voz era un hilo roto por el miedo—. No reces... eso no es un dios... es el fin.
La Cosechadora emitió un sonido grave, una frecuencia inaudible que hizo sangrar la nariz de todos los presentes. Neferet, protegida apenas por la resistencia pasiva del Escarabajo Verde, se tapó los oídos, gritando en silencio.
Luego, la máquina empezó a trabajar.
Del cilindro no salieron rayos de fuego. Salió un haz de luz tractora de color azul pálido, ancho como una montaña. El haz golpeó el río Nilo.
El agua no salpicó. El agua subió.
Millones de litros de agua fueron arrancados de su cauce, desafiando la gravedad, ascendiendo en una columna espiral hacia la panza de la nave alienígena. Peces, cocodrilos y barcazas de pesca fueron arrastrados hacia arriba, girando en el vórtice como juguetes rotos.
—Están bebiendo... —comprendió Neferet, con lágrimas de impotencia en los ojos.
No venían a conquistar. Venían a reabastecerse. Para los Syronis, la Tierra no era un reino; era una estación de servicio. Y los humanos eran simplemente polvo molesto sobre el recurso que querían.
Pero no solo se llevaban el agua.
El aire comenzó a enrarecerse. La Cosechadora estaba filtrando la atmósfera, separando el oxígeno y el nitrógeno, comprimiéndolos.
A su alrededor, la gente empezó a asfixiarse. El anciano que rezaba se llevó las manos a la garganta, boqueando como un pez fuera del agua. Una madre intentaba cubrir la boca de su hijo, pero no había aire que respirar.
Neferet sintió el vacío en sus propios pulmones. Su visión se nubló. La Daga en su cintura vibró, y su sangre dorada intentó reaccionar, generando pequeñas burbujas de oxígeno en sus células, apenas lo suficiente para mantenerla consciente mientras veía a los demás morir.
Tenía que hacer algo. Aunque le aterrara. Aunque sus manos temblaran tanto que apenas podía cerrar los puños.
Desenvainó la daga con un movimiento torpe.
El arma, forjada por los herejes, reconoció la tecnología enemiga. La hoja de oro y gemas vibró y, con un chasquido eléctrico, una hoja de luz violeta de un metro de longitud brotó de la empuñadura. El zumbido del arma le dio un ancla a su valor.
Neferet se puso en pie, tambaleándose. Apuntó la espada de luz hacia el haz tractor azul, sintiéndose ridícula atacando a una montaña flotante con una aguja.
—¡Soltad el río! —gritó, su voz rompiéndose.
Lanzó un tajo al aire. La espada violeta no disparó un rayo, pero cortó la presión atmosférica local. El aire volvió de golpe a su alrededor con un estruendo de trueno, rompiendo el vacío parcial que la nave había creado en esa pequeña zona.