La Herejía del Polvo: La Eternidad de las Arenas

CAPÍTULO 2: La Espada Violeta

El sonido que hizo el Syronis no fue una palabra. Fue un pulso de estática que resonó directamente en los dientes de Neferet, un chirrido agudo que la obligó a retroceder un paso.

El ser de oro oscuro que la miraba no desenfundó un arma. Simplemente levantó una mano. Sus dedos, largos y elegantes como los de un pianista, se movieron en el aire.

La gravedad alrededor de Neferet se invirtió.

No hubo aviso. La tierra bajo sus pies explotó hacia arriba y ella salió despedida por los aires como una muñeca de trapo. Golpeó el suelo diez metros más atrás con una fuerza que habría roto la columna de un humano normal.

Pero Neferet no se rompió.

El Escarabajo Verde en su pecho brilló con una intensidad furiosa. La energía del impacto fue absorbida por su piel, dispersándose como ondas en un estanque. Neferet se puso en pie, tosiendo polvo, sorprendida de estar viva. Su cuerpo se sentía denso, duro como el granito.

—Resistencia... —jadeó, entendiendo por fin el don de su escarabajo.

El Syronis ladeó la cabeza, sus ojos violetas fijos en ella. Parecía levemente intrigado, como un científico que encuentra una bacteria resistente al jabón.

Hizo un gesto a sus dos compañeros. Los otros dos Syronis avanzaron, flotando a ras de suelo. No caminaban; se deslizaban.

Uno de ellos extendió el brazo hacia la madre y el niño que aún boqueaban por aire en el suelo. Un disco de luz blanca se formó en la palma de su mano. Iba a vaporizarlos. No por crueldad, sino por limpieza.

—¡NO! —gritó Neferet.

El miedo desapareció, reemplazado por una furia fría y dorada. Su sangre, estimulada por la amenaza, bombeó con fuerza.

Neferet cargó. No corrió como una humana; la Daga del Faraón en su mano pareció tirar de ella, acelerando sus músculos más allá de los límites biológicos. Cruzó la distancia en un borrón.

El Syronis que iba a disparar ni siquiera se giró. Simplemente desplegó un escudo de energía personal, una pared translúcida de hexágonos dorados que lo rodeaba. Neferet sabía, por instinto, que esa barrera podía detener artillería pesada.

Pero ella no llevaba acero. Llevaba una herejía.

Neferet blandió la espada de luz violeta con ambas manos. La hoja zumbó, un sonido grave y hambriento.

Cuando la luz violeta tocó el escudo dorado, no rebotó. Lo cortó.

Fue como pasar un cuchillo caliente por cera. La hoja violeta desestabilizó la frecuencia del campo de fuerza, rompiendo los enlaces de energía. El escudo colapsó con un estallido de cristales de luz.

El Syronis, por primera vez, reaccionó. Giró su cabeza de máscara hacia ella, abriendo la boca sellada en un gesto de sorpresa muda.

Neferet no se detuvo. Siguió el arco del tajo.

La hoja de luz alcanzó el brazo extendido del alienígena.

Sshhhhk.

El brazo metálico de oro oscuro cayó a la tierra, cortado limpiamente a la altura del codo.

No hubo sangre roja. Del muñón brotó un líquido luminoso, azul brillante, como mercurio eléctrico. El Syronis emitió un chillido digital que hizo temblar el suelo, retrocediendo y sujetándose la herida.

—Sangran... —susurró Neferet, con el corazón desbocado—. ¡Sangran!

El mito de la invencibilidad se rompió en ese segundo. No eran dioses. Eran carne y tecnología. Y podían morir.

Pero la sorpresa duró poco.

El Syronis herido retrocedió, pero el tercero —el líder que la había atacado primero— avanzó. Ya no había curiosidad en su postura. Había eliminación.

El líder juntó las manos. Entre ellas, una esfera de luz negra comenzó a crecer. No era antimateria pura, sino plasma gravitacional de alta densidad, una singularidad artificial diseñada para aplastar la materia hasta el nivel atómico.

—¡Atrás! —gritó Neferet a los campesinos.

Lanzó la esfera.

Neferet levantó la espada para bloquear, pero sabía que no sería suficiente. La presión iba a ser inmensa.

Entonces, el Escarabajo Verde tomó el control.

No le dio fuerza. Le dio densidad. Neferet sintió que sus pies se hundían en la tierra hasta los tobillos, anclándose al núcleo del planeta. Su piel se volvió gris, pétrea, casi metálica.

La esfera impactó contra ella.

El mundo se volvió blanco. El sonido fue tan fuerte que se convirtió en silencio absoluto.

Neferet fue arrastrada hacia atrás cincuenta metros, dejando un surco profundo en la tierra calcinada. Su ropa se desintegró en gran parte, y su piel humeaba, roja y magullada, pero intacta.

Había sobrevivido. El Escarabajo había dispersado la masa gravitacional antes de que pudiera aplastar sus órganos internos.

Miró al frente. Los tres Syronis flotaban sobre el cráter. El herido estaba siendo atendido por el segundo, que aplicaba una luz verde sobre el muñón para cauterizarlo. El líder la miraba fijamente, calculando.




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