La herencia de los ausentes

Prólogo

Prólogo

Hay días que parecen que no son nada especial.

Días que empiezan y terminan como muchos otros; con una comida en familia, conversaciones repetidas, risas compartidas y pequeños momentos qué, sin saberlo, acabarán convirtiéndose en recuerdos que perdurarán en el tiempo, acompañándonos a lo largo de nuestro camino y marcando cada momento de nuestras vidas.

Nada presagiaba que aquel domingo no fuera uno de ellos. Aquel día parecía otro cualquiera.

Las primeras notas de "El Rey" hicieron estallar los aplausos, era mediodía y el restaurante rebosaba vida.

El patio de entrada estaba lleno de familias esperando su mesa, cada una con su propia historia.

El mariachi avanzaba entre las mesas con una sonrisa mientras la trompeta llenaba el comedor de una alegría contagiosa. El guitarrón marcaba el compás y las voces de los clientes se mezclaban con las del cantante, algunas personas acompañaban la canción con palmas; otras, simplemente sonreían mientras seguían disfrutando de la comida o una buena conversación en compañía.

Las paredes, pintadas en tonos cálidos, estaban decoradas con sombreros mexicanos, coloridas piezas de cerámica, antiguas fotografías de paisajes y guirnaldas de papel picado que se mecían suavemente con el aire acondicionado. El aroma de los burritos recién hechos, el chile, el cilantro y la lima impregnaba el ambiente de la del restaurante, mezclados con el chisporroteo que llegaba desde la cocina abierta.

Los camareros iban y venían con habilidad entre las mesas, transportando bandejas humeantes de tacos, enchiladas y nachos.

Mesas ocupadas por familias, parejas y grupos de amigos que habían elegido aquel lugar para pasar el domingo. En cada rincón se respiraba un ambiente alegre y familiar, de esos lugares donde el tiempo se detiene durante un par de horas.

Ana contempló la escena con una sonrisa. Le gustaba observar todo lo que ocurría a su alrededor e impregnarse se esa energía que irradiaba el ambiente, al igual que también le gustaba observar a su familia antes de que ellos repararan en su presencia.

Aquel día se había puesto una falda tejana con una camiseta color blanco y unas deportivas blancas. Se había peinado su melena castaño cobrizo con una coleta alta y había preferido no utilizar maquillaje. El conjunto resaltaba su naturalidad y su sencillez.

Llevaba toda la semana esperando que llegara aquel momento.

Desde que se había trasladado a vivir sola por trabajo, reunirse con sus padres era un pequeño ritual que intentaba no perderse nunca . Aquellas comidas familiares de los domingos le recordaban que, por muy deprisa que avanzara la vida, siempre había un lugar al que regresar.

Su padre levantó la copa.

–Por nosotros... y porque la semana que viene repitamos.

–Y porque esta vez pagues tú –añadió su madre entre risas.

Todos rieron.

Ana los contempló en silencio.

Siempre le había parecido que la felicidad se parecía mucho a momentos como aquel. Sin grandes acontecimientos y sin lujos.

Solo una mesa compartida, buena comida y las personas que más quería en el mundo.

A pocos metros de allí, junto a una de las ventanas colindantes al patio, otro cliente terminaba tranquilamente su comida.

Gido Romano, vestía una camisa azul claro con las mangas remangadas y una americana descansaba sobre el respaldo de la silla. Su cabello oscuro despeinado y sus ojos verdes le daban un aire travieso y despreocupado. Sobre la mesa había una carpeta de cuero, un teléfono móvil y una taza de café casi vacía.

Mientras los mariachis se acercaban a su mesa, levantó la vista y sonrió con educación. Aplaudió al terminar la canción, dejó unos billetes sobre el plato de la cuenta y miró el reloj.

Por su expresión parecía tener prisa.

Recogió la carpeta, se puso la americana y saludó con un gesto al camarero antes de dirigirse hacia la puerta de salida.

Era un cliente más entre las decenas de personas que llenaban el restaurante aquel domingo.

Guido jamás habría imaginado que la mujer que sonreía a unos metros de distancia estaba a punto de convertirse en la persona más importante de su vida.

Ana ni siquiera se fijó en él.

Su padre hablaba con esa pasión que ponía incluso para contar la historia más sencilla. Su madre lo escuchaba con una mezcla de paciencia, admiración y cariño. Era consciente de que, cuando empezaba un relato, era imposible detenerlo. Llevaban casados una vida entera y aún conservaban esa mirada del que se enamora por primera vez. Frente a ellos, su hermana intentaba convencer a Leo, su hijo de seis años, de que dejara de golpear el vaso siguiendo el ritmo de la música.

El pequeño fue el primero en verla.

-¡Tía Ana!--gritó con gran entusiasmo.

Salió corriendo hacia ella con tanta fuerza, que apenas tuvo tiempo de abrir los brazos antes que el niño se lanzara a abrazarla.

-¡Eh, campeón! -rió Ana mientras lo levantaba del suelo-. ¿Cuánto has crecido desde la semana pasada?




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