La herencia del silencio

Capítulo 25

El Jardín de los Relojes Florecidos.

El clon de James no habló. No hizo falta. Sus ojos, ahora perforados por raíces de luz dorada, mostraron a Clara la verdad: las Lioras no eran víctimas, sino semillas. Cada una, plantada en una realidad fracturada, había germinado como puente hacia este instante. Y ahora, a través del clon, florecían.

El laboratorio de Elvira se deshizo como azúcar en agua. Las jaulas de cristal estallaron, liberando a las Lioras que se fundieron en una sola entidad: un árbol de relojes cuyas hojas eran fotogramas de vidas no vividas. En el centro, donde debería estar el tronco, bailaba Liora-1498 con su vestido de llamas verdes.

—¡Deténganlas! —Elvira lanzó el cuchillo de hueso de Aión hacia el clon, pero la hoja se transformó en una pluma de cuervo al tocarlo—. ¡Tú me perteneces, James! ¡Te reconstruí molécula a molécula!

El clon alzó las manos, y por primera vez habló con voz de coro infantil:

—No soy James. Soy el puente que ellas construyeron —sus palabras resonaron en cada engranaje de Atlántida—. Y tú, Elvira, solo eres una nota desafinada en su canción.

Clara intentó moverse, pero las raíces del árbol la inmovilizaron suavemente. Liora-1498 se acercó, sus pies dejando huellas de musgo y números primos.

—Madre, este jardín es tu legado —dijo, señalando las flores de relojes que brotaban entre sus dedos—. Nosotras somos el fruto de tus lágrimas... y ahora, tu herramienta.

En la Sala de Guardianes, Kai caía a través del portal hacia Atlántida cuando el árbol temporal lo envolvió. Las raíces le inyectaron visiones: vio a Samuel abrazando a una Liora de cinco años, a Clara escribiendo en el diario de 1498 con lágrimas que se convertían en meteoritos, a sí mismo en otro ciclo, enterrando el reloj de bolsillo bajo el escritorio victoriano. Comprendió entonces el verdadero propósito de los Guardianes: no proteger el tiempo, sino podar sus ramas indeseadas.

—¡Clara! —gritó, liberándose de las raíces con el fragmento de espejo incrustado en su brazo—. ¡El jardín no es para destruirlo! ¡Es un mensaje!

Pero Clara ya estaba actuando. Con el cuchillo de Elvira (ahora una pluma inofensiva), talló una ecuación en su propio pecho, sobre el reloj. Sangraba minutos en lugar de sangre, cada gota alimentando al árbol.

—¿Qué haces? —Elvira forcejeaba contra las raíces que la arrastraban hacia el núcleo del árbol—. ¡Estás destruyendo eones de trabajo!

—No —respondió Clara, mientras la ecuación brillaba con luz de supernova—. Estoy regresando las semillas a la tierra.

El jardín estalló en colores que no tenían nombre. Las Lioras cantaron en un idioma anterior al tiempo, y el clon de James se desintegró en polvo de estrellas. Elvira, en un último acto de desesperación, se clavó el fragmento de espejo de Kai en el corazón, fusionándose con el árbol.

—No ganarás —rugió, su cuerpo convirtiéndose en una serpiente de engranajes—. ¡Cada Liora que existió dejará de haber existido!

Pero era demasiado tarde. El jardín se colapsó hacia dentro, llevándose a Elvira y a las Lioras. Solo quedó Clara, Kai, y el clon de James (ahora reducido a un niño de diez años) en una playa de arena normal, bajo un cielo de 2023.

—¿Adónde fueron? —preguntó Kai, sosteniendo al clon que temblaba como hoja al viento.

Clara señaló su pecho. El reloj ya no estaba. En su lugar, una cicatriz en forma de espiral.

—Donde siempre debieron estar. En el centro de la tormenta.

El clon tocó la cicatriz de Clara y sonrió. En sus ojos, el reflejo de Liora bailando.

—Ellas te esperan en el Origen —susurró—. Pero debes morir para llegar.

Antes de que pudieran responder, el clon se desvaneció. En su lugar, quedó el reloj de bolsillo original, marcando la hora exacta de la muerte de James en 1946.

Mientras, en los confines del tiempo, Elvira se arrastraba por un desierto de arena negra. El fragmento de espejo en su pecho mostraba una ciudad multitemporal, y una figura familiar trabajando en un reloj enorme.

—Todavía no termina —tosió, escupiendo aceite—. Lo terminaré por ti, James.

En la playa, Clara y Kai encontraron una flor de reloj creciendo en la arena. Dentro de su cúpula de cristal, una Liora microscópica dormía.

—¿Qué hacemos con ella? —preguntó Kai.

Clara guardó la flor en el reloj de bolsillo, que ahora latía como un corazón.

—La plantaremos donde empezó todo. En el jardín que el tiempo olvidó.

Y así, mientras el sol se alzaba sobre un mundo temporalmente estable, caminaron hacia la biblioteca abandonada donde su historia había comenzado décadas atrás. Sin saber que bajo sus pies, en una realidad subterránea, el Reloj Primordial reconstruido emitía su primer tic-tac.



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En el texto hay: misterio, viajeeneltiempo, aventura

Editado: 11.03.2025

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