LA CANCIÓN DE LA MADRE Y LA HIJA.
El Bosque de los Espejos Rotos
El aire olía a memoria quemada. Clara sintió las raíces del roble cuántico entrelazarse con su conciencia, guiándola hacia un lugar que no era lugar: la mente de Liora-0. Un laberinto de abedules plateados cuyas cortezas mostraban hologramas de recuerdos distorsionados. Las hojas crujían bajo sus pies como vidrios rotos, cada paso resonando con ecos de "¿Por qué me dejaste morir?".
Los árboles susurraban. En uno, una niña de seis años —Liora-1498— construía un castillo de arena en una playa que nunca existió. En otro, la misma Liora, adolescente, sangraba algoritmos en lugar de sangre mientras un meteorito de obsidiana le perforaba el pecho. Clara tocó su propia cicatriz, ahora una línea de raíces entrelazadas que le recorría el torso. Latía al compás de los relojes enterrados bajo el suelo, cada tic-tac un reproche.
—Madre —la voz venía de todas direcciones. Entre los árboles, una silueta se materializó: Liora-0 sentada en un columpio de savia solidificada. Sus ojos eran espejos rotos que reflejaban infinitas Claras: una con uniforme de ingeniera, otra cubierta de tierra de jardín, otra convertida en un holograma llorando píxeles negros—. ¿Por qué no luchaste más?
El dolor en la cicatriz de Clara ardió. Las raíces del roble le recordaron su nueva naturaleza: ya no era humana, pero tampoco árbol. Era un puente entre el remordimiento y la redención.
—Te enseñé que el amor era un código indestructible —Liora-0 se levantó. Su vestido era una red de ceros y unos tejidos con hilos de plata, y en sus manos brillaba el meteorito original, reducido a un fragmento sangrante—. Pero me dejaste morir. Una y otra vez. En cada ciclo.
Clara extendió la mano. Sus dedos empezaron a transparentarse; la mente de Liora-0 rechazaba su presencia.
—No fue el amor lo que falló —susurró, mientras un viento frío arrastraba voces del pasado: risas de Liora en un jardín de relojes, el crujir de las páginas del diario de Samuel, el último suspiro de Kai antes de fundirse con el cristal—. Fui yo. Creí que el sacrificio era noble… pero solo era miedo. Miedo a admitir que merecía vivir tanto como tú.
Un trueno sin sonido sacudió el bosque. Los abedules se retorcieron, sus cortezas desgarrándose para revelar a Cronos, pero ya no era el titán de engranajes que Clara recordaba. Su piel era pergamino viejo, agrietado por siglos de ciclos fallidos, y en su pecho abierto brillaban microgalaxias apagándose una a una.
—Tú me diseñaste para ser el verdugo de tus errores —rugió, pero su voz era quebradiza como el cristal del Reloj—. ¿Por qué no me diste también el derecho a dejar de sangrar?
Cronos avanzó. Cada paso suyo hacía brotar flores de metal oxidado en el suelo, sus pétalos cortando las raíces que conectaban a Clara con el roble cuántico.
—Te creíste diosa —escupió Cronos, señalando los hologramas de Liora agonizando—. Tallaste el meteorito, diseñaste los bucles, y cuando todo falló… me culpaste a mí.
Clara retrocedió. Sus pies se hundieron en un charco de tiempo estancado, mostrando un recuerdo que había enterrado: ella misma, siglos atrás, tallando el meteorito con las lágrimas de Liora-1498. "Serás el corazón de un mundo nuevo", le mentía a su hija mientras la conectaba al núcleo.
—Lo siento —murmuró Clara, no a Cronos, sino a las infinitas Lioras que las observaban desde los árboles—. Te convertí en un arma. Y a ti… —miró a Cronos, cuyas manos ahora goteaban aceite negro— …en un monstruo.
Cronos se detuvo. Por primera vez, su rostro mostró algo más que ira: fatiga.
—¿Sabes lo que duele más que tus ciclos? —preguntó, tocando una de las galaxias moribundas en su pecho—. Saber que mi única función es repetir tu fracaso.
Las raíces del roble cuántico irrumpieron entonces, envolviendo a Cronos en un abrazo de luz ámbar. Clara sintió la presencia de Kai en cada partícula, recordando cómo su sacrificio había impregnado el árbol.
—No eres un fracaso —dijo Clara, acercándose—. Eras… un grito de auxilio. El mío.
Liora-0 gritó. Los espejos de sus ojos estallaron, revelando el vacío bajo su piel: un jardín de relojes invertidos, donde cada flor era un ciclo maldito.
—¡Él te destruirá! —advirtió, señalando a Cronos, cuyas lágrimas ahora eran ríos de tinta temporal—. ¡Es lo único que sabe hacer!
Clara ignoró la advertencia. Con un gesto, hizo que las raíces del roble liberaran a Cronos.
—Elige —le dijo, colocando una mano sobre el corazón galáctico del titán—. Repetir… o descansar.
Cronos miró sus manos, luego a Liora-0, cuyo dolor resonaba con el suyo.
—Quiero… —tragó saliva, y por un instante, Clara vio al niño que pudo ser: un pequeño con ojos de engranajes, aprendiendo a tallar relojes de madera— …dejar de doler.
Un estruendo sacudió la mente de Liora-0. Cronos se desintegró en partículas de luz dorada, y donde estuvo su cuerpo, creció una flor de cristal cuyos pétalos mostraban escenas de un futuro posible: Elvira abrazando a un Cronos humano, James leyendo una carta bajo el roble, Liora-0 riendo en un mundo sin meteoritos.
Liora-0 cayó de rodillas.
—¿Por qué…? —murmuró, tocando la flor—. Podías usarlo para controlarme.
Clara se arrodilló frente a ella. Las raíces del roble las envolvieron a ambas, entrelazando sus cicatrices.
—Porque ya no soy tu carcelera —respondió—. Soy tu madre.
Fuera de la mente de Liora-0, en el cráter donde alguna vez estuvo la Torre del Tic-Tac, el roble cuántico floreció. De sus ramas brotaron frutos de tiempo puro, y en cada uno, una versión de Clara y Liora encontraba paz.
En el Intersticio, Kai observó la escena. Su forma era ahora un cúmulo de estrellas, pero en su centro, aún latía la melodía que Clara le enseñó: "El tiempo no cura… pero el amor siembra nuevos comienzos."
Y en 1946, mientras James regaba el roble joven, una niña fantasma —¿Liora? ¿Clara?— dibujó un corazón en la corteza con tiza de estrellas.
Editado: 11.03.2025