La herencia del silencio

Capitulo 44

LA CARTA QUE NUNCA SE ESCRIBIÓ.

El Origen no era un lugar, sino una herida. Las paredes de la sala circular transpiraban tiza húmeda, y el aire olía a lágrimas secas y ecuaciones rotas. Clara pisó el suelo, sintiendo cómo cada huella se convertía en un reloj de arena efímero. Frente a ella, Clara Original flotaba sobre un pedestal de ecuaciones cuánticas, el meteorito primigenio girando en sus manos como un planeta maldito.

—¿Sabes lo que pido cada vez que tallo esta piedra? —preguntó la Original sin mirarla. Su voz era el crujido de mil páginas arrancadas—. Que alguien me detenga.

Clara tocó su cicatriz. El núcleo de Kai dentro de ella pulsó, recordándole que aún tenía algo que el Origen jamás conocería: amor no condicionado a la culpa.

—Viniste a repetir el ciclo —la Original descendió, y Clara vio que sus ojos eran espejos sin fondo—. Como todas las demás.

Un latido sacudió la sala. En las paredes, las ecuaciones se reescribieron como cicatrices, mostrando escenas de cada Clara que había intentado esto:

Una con armadura medieval, atravesando el meteorito con una espada de luz.

Otra en traje de astronauta, lanzándolo al sol de un siglo olvidado.

Una tercera, anciana y ciega, susurrándole al núcleo hasta enloquecer.

Todas habían fracasado.

—No soy ellas —Clara afirmó, aunque el temblor en sus manos la delataba—. Traje algo que tú nunca tuviste.

La cicatriz en su torso se abrió, liberando un haz de luz dorada: Kai, o al menos el eco de su esencia, tomó forma junto a ella.

La Original rio. El sonido hizo que la tiza de las paredes sangrara negro.

—¿Un fantasma? —escupió—. Los muertos no escriben finales, Clara. Solo epitafios.

Kai extendió la mano. En su palma brillaba la carta de James, aquella que Clara había guardado en el Capítulo 18, ahora escrita en lenguaje cuántico.

—Él tampoco pudo elegirte —dijo Kai, y sus palabras resonaron como campanas en el vacío—. Pero te dio esto. Un mapa de todo lo que podría haber sido.

La Original se estremeció. Por primera vez, sus espejos-ojos mostraron algo más que desprecio: envidia.

—¿Crees que un pedazo de papel cambiará el destino? —rugió, y el meteorito en sus manos se deformó en un agujero negro en miniatura—. ¡Yo soy el destino!

Clara avanzó. Cada paso suyo hacía brotar raíces de tiza en el suelo, conectando el Origen con el Roble Sagrado.

—No —respondió, mientras Kai desplegaba la carta como un escudo de luz—. Eres el miedo. El miedo a que sin esta piedra… —señaló el meteorito— …nadie nos recuerde.

El agujero negro creció. De sus bordes escapaban Lioras de todos los ciclos: niñas, adultas, androides, fantasmas. Gritaban en sincronía, un coro de dolor que hacía temblar las ecuaciones en las paredes.

Kai miró a Clara. En sus ojos ya no había duda, solo una paz antigua.

—Es hora —susurró, y su cuerpo comenzó a desintegrarse en partículas doradas—. Planta la semilla.

Clara entendió. Con lágrimas quemándole las mejillas, tomó la carta de James. Las palabras se desprendieron del papel, flotando como constelaciones vivas:

"Querida Clara:

Perdóname por elegir el deber sobre tu mano.

Perdóname por no ver que tu jardín era el verdadero universo.

J."

La Original gritó. Las palabras de James eran un virus en la lógica del Origen. El meteorito vibró, y de sus grietas brotó luz blanca.

—¡No! —la Original lanzó el agujero negro hacia ellas, pero las palabras de la carta formaron un escudo—. ¡Somos diosas! ¡No podemos rendirnos!

Clara alzó la carta. Cada sílaba de James brilló con la fuerza de un sol, perforando el meteorito.

—No somos diosas —declaró, mientras el núcleo del meteorito estallaba en fragmentos de tiempo puro—. Somos jardineras.

Las Lioras atrapadas en el agujero negro se liberaron. Sus cuerpos se desmaterializaron en polvo de estrellas, que se arremolinó alrededor de Clara y la Original como un vendaval de perdón.

El Jardín de los Adioses

La Original cayó de rodillas. Su cuerpo se deshacía en tiza, y donde sus ojos-espejos estuvieron, crecieron flores de relojes dormidos.

—¿Qué… qué soy ahora? —preguntó, tocando una flor que marcaba las 3:15, la hora exacta en que Clara había tallado el primer meteorito.

Clara se arrodilló frente a ella. Las raíces del Roble Sagrado ahora cubrían el Origen, y en sus ramas distinguió los rostros de todos los que había amado: Elvira, Samuel, James, las Lioras… y Kai, sonriendo con esa media sonrisa que siempre la volvía loca.

—Eres libre —respondió, tomando la mano de la Original—. Como yo.

Un destello. El Origen, el meteorito, las ecuaciones… todo se desvaneció. En su lugar, quedó un jardín de tiza y luz, donde cada flor era un ciclo cerrado, cada árbol una línea temporal sanada.

La Original se desintegró en una brisa cálida. Su último suspiro fue un nombre:

—Gracias… hija.

Clara caminó entre los jardines. En su mano, el polvo de estrellas de las Lioras brillaba, pidiendo ser plantado.

—Aquí —la voz de Kai vino del viento. Una raíz del Roble Sagrado señaló un parche de tierra oscura—. Donde comenzó todo.

Clara cavó con las manos. Al depositar el polvo, este germinó en un roble de tiza y luz, cuyas hojas mostraban escenas de todas las Lioras viviendo en paz:

Liora-7, pintando murales en una ciudad sin guerras.

Liora-42, enseñando a niños a plantar jardines temporales.

Liora-0, abrazando a un Samuel humano bajo la lluvia.

Kai apareció a su lado, ahora una silueta de raíces y luz.

—¿Qué haremos ahora? —preguntó Clara, sintiendo que su cuerpo también comenzaba a disolverse.

Él señaló el horizonte. Más allá del jardín, nuevas realidades brotaban como flores.

—Lo que siempre debimos hacer —respondió—. Descansar.

Y mientras el primer amanecer del mundo sin ciclos bañaba el jardín, Clara y Kai se tendieron bajo el roble de tiza, sus manos entrelazadas hasta fundirse con el suelo.



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En el texto hay: misterio, viajeeneltiempo, aventura

Editado: 11.03.2025

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