El Inspector Alberto Vargas y la detective Marisa Alvarado estaban sentados frente al mapa de la ciudad extendido en la mesa de la sala de reuniones de la comisaría. Los marcadores resaltaban cinco posibles lugares donde Carlos podría estar reuniéndose con los secuestradores: almacenes olvidados, fábricas abandonadas y edificios en desuso esparcidos por los suburbios.
—No podemos desplegar todo el equipo a la vez. Si nos equivocamos, perderemos tiempo —dijo Vargas, mientras trazaba un círculo alrededor de uno de los puntos.
—Y si Carlos está en movimiento, podríamos no encontrar nada —respondió Marisa.
Ambos entendían que cualquier retraso podía costarles el rescate de Diana y la captura de los secuestradores. Marisa sugirió que cada patrulla se dirigiera a uno de los lugares, con instrucciones de observar y reportar antes de actuar. Si encontraban algo, pedirían refuerzos inmediatamente.
Vargas asintió con firmeza.
En pocos minutos distribuyeron cinco direcciones para cada uno de los patrulleros.
A los oficiales Torres y Ramírez les tocó ir a la fábrica abandonada “Granswell”.
***
La fábrica abandonada “Granswell” estaba cubierta por sombras que jugaban con la luz de la luna. En el amplio y vacío espacio, el eco de las pisadas resonaba mientras las bandas de Raúl y Carlos se enfrentaban cara a cara. La tensión era palpable, y el aire parecía vibrar con la amenaza de violencia inminente.
Raúl estaba al frente de su grupo con una sonrisa burlona.
Carlos, aunque intentaba mantener la compostura, tenía el sudor perlándole la frente.
—¿Tienes lo que te pedí, Carlos? —preguntó Raúl, con un tono que combinaba burla y amenaza.
Carlos respiró hondo, intentando ganar tiempo.
—Primero, quiero ver a mi sobrina.
Raúl chasqueó la lengua, fingiendo estar molesto, y asintió. Dio una señal a uno de sus hombres, que abrió la puerta del auto y la invitó a Diana salir.
Diana tambaleó un poco, pero se mantuvo firme. Miró a Carlos con una mezcla de odio y desprecio, luego giró hacia Raúl.
—¿Para esto me necesitabas? —le dijo, susurrando pero con una furia que era imposible de ocultar.
Raúl se inclinó hacia ella y le respondió en voz baja:
—Tranquila, niña. Todo está como lo planeamos.
Diana lo miró, confundida y aún aterrorizada, pero mantuvo la boca cerrada.
Raúl volvió su atención a Carlos.
—Bueno, aquí está. Ahora, ¿el dinero?
Carlos dio una señal a Marco, que rápidamente se dirigió a uno de los autos y sacó una bolsa negra. Caminó hacia el frente y la dejó a los pies de Carlos.
Raúl lo observó todo con una sonrisa cínica.
—Podríamos decir que el trato está hecho.
La bolsa en el piso era la señal para Marco y su gente para empezar la acción. Ya que no podían permitir a Raúl revisar la bolsa. Tenía solo papel cortado.
Carlos cerró los ojos para no ver como Marco y su banda van a matar a Raúl y sus guardianes, dejando solo a Diana con vida.
Pero antes del primer disparo escuchó la voz de Raúl.
Justo cuando Marco sacaba su arma, Raúl levantó la mano y gritó:
—¡Ahora!
El sonido de disparos resonó en toda la fábrica. Desde lo alto, dos francotiradores comenzaron a disparar con precisión letal. En cuestión de segundos, todos los hombres de Carlos estaban en el suelo, muertos.
Carlos abrió los ojos despacio. Se quedó inmóvil, paralizado, rodeado de los cadáveres de su gente. Miró a su alrededor con los ojos desorbitados, incapaz de procesar lo que acaba de suceder.
Diana cayó al piso y se quedó sentada con las manos temblando.
—Impresionante, ¿no? —dijo Raúl, con una carcajada cruel sacando su pistola.
Después se acercó a Diana y con un movimiento brusco la levantó del brazo. La sostuvo ayudando a la chica de no caerse.
Arrastrando a Diana, Raúl se detuvo frente a Carlos, apuntándole con el arma. Luego miró a Diana y le estiró la pistola.
—Tu turno, princesa.
***
Adriana e Irwin estaban en medio del bosque, rodeados de sombras de los árboles y un silencio que pintaba una sentencia. La luz de la luna se filtraba entre las ramas, creando un juego de luces y sombras en el rostro de Adriana mientras sostenía la pistola. Frente a ella, Irwin estaba de rodillas, con las manos esposadas detrás de la espalda.
Adriana entrecerró los ojos. Sus labios temblaron antes de dejar escapar palabras que parecían una herida abierta:
—Nunca tenías que hacerme esto, Irwin —dijo, con la voz cargada de amargura—. Te amaba, ¿sabes? Te amaba de verdad, y me apuñalaste por la espalda por esa chica. ¿Qué tiene ella que no tenga yo? —Sus palabras se convirtieron en un grito desgarrador que reverberó entre los árboles.
Irwin levantó la mirada, con el rostro manchado de sangre y sudor. La miró con una mezcla de pena y nostalgia. Intentó encontrar las palabras exactas. Finalmente, su voz se quebró en un susurro ahogado por la culpa:
—Yo también te amaba, Adriana. Pero... me pasó algo con Diana. Algo que no sé explicar. —Irwin hizo una pausa, mirándola a los ojos—. Siempre fuiste fuerte, Adriana. Siempre tuviste la protección de tu padre. El respeto de todos. Contigo, yo no tenía espacio para mostrarte que podía protegerte, que podía ser más que un simple peón. Pero con Diana... —Se tragó un nudo que se le formó en la garganta—. Cuando la encontré, era una chica herida, asustada, tan indefensa. Y no sé, sentí que por primera vez podía ser yo quien protegiera a alguien, no solo cumplir las órdenes de Raúl... ni las tuyas.
Adriana apretó la mandíbula y sujetó la pistola con más fuerza. Ahora sus ojos brillaban con furia.
—No me vengas con cuentos, Irwin —dijo, con la voz quebrada—. Nunca quisiste defenderme, nunca. Siempre fuiste incapaz de entenderme, de ver más allá de lo que tú querías. —Adriana dio un paso hacia él, apuntando en la cabeza—. No sabes lo que fue para mí vivir contigo. Vivir la vida dentro de la mafia en la cual estabas metido más que yo. Todos los días enfrentar el miedo constante de perderte. De que no regresaras una noche porque te llevó la policía. Que tu cadáver aparezca tirado en una zanja. No sabes lo que es ser la hija de un capo de la mafia. Vivir rodeada de lujos, pero con el alma en vilo. No sabes lo que es despertarte cada mañana pensando si ese será el día en que mi padre también termine preso... o muerto.