La hermana de mi amigo: El color de tu dolor

Capítulo 1: Café amargo y luz de mañana

Recuerdo el rostro de mi padre, desencajado, con las mejillas empapadas en una rabia que se deshacía en lágrimas. Y luego estaba ella. El contraste de su determinación me golpeó más que cualquier grito. La vi empujarlo, una ruptura física definitiva, antes de tomar las maletas que ya esperaban junto a la puerta como centinelas de mi desgracia.

El pánico me sacó de mi escondite. Corrí hacia ella, no con las piernas, sino con el instinto de alguien que se está ahogando. Me aferré a sus rodillas, enterrando mis dedos en la tela de su vestido, creyendo ingenuamente que mi peso sería suficiente para anclarla a mi mundo.

—No me dejes, mami —le supliqué, y mi voz me sonó extraña, rota por un llanto que no podía controlar—. Seré un niño bueno, lo prometo.

Pensé que el amor era un contrato, que si yo cumplía mi parte, ella se quedaría. Pero ella no me miró como a un hijo, sino como a un obstáculo. Me apartó con una firmeza gélida y cruzó el umbral. Me quedé allí, de pie, viendo cómo el pasillo se tragaba su figura, entendiendo por primera vez que hay promesas que no bastan y que el silencio que sigue a una puerta cerrándose es el ruido más fuerte del mundo.

Me desperté de un salto, con el corazón golpeándome las costillas y el aire atascado en la garganta. Estiré la mano hacia la mesa de noche, buscando la seguridad del reloj digital: las seis de la mañana. Me sobraban dos horas para entrar al trabajo, pero sabía que ya no volvería a dormir. Ese maldito sueño que no era un sueño, sino un fantasma que me perseguía desde hacía dieciocho años me había dejado un sabor amargo en la boca que ningún descanso podría quitar.

Me levanté con la pesadez de quien carga un cuerpo más viejo que el suyo. Mientras el agua goteaba en la cafetera, me apoyé en el balcón para ver cómo el sol empezaba a desgarrar la oscuridad sobre la ciudad. El amanecer siempre me parecía una promesa vacía; otro día más arrastrando el mismo recuerdo de aquella puerta cerrándose.

Unas horas más tarde, ya estaba en mi refugio: la cafetería. Como gerente, paso mucho tiempo entre facturas, pero prefiero el papel de barista. Hay algo extrañamente relajante en el vapor y el aroma a grano tostado; es un ruido blanco que silencia mis pensamientos.

Estaba en medio del ajetreo matutino cuando mi teléfono vibró. Era un mensaje de Diego, mi mejor amigo desde la adolescencia, el único que conocía los pedazos de la historia que aún intentaba apagar.

"¿Puedes hacerme el favor de buscar a mi hermana a la universidad? Me surgió un imprevisto."

Solté un gruñido de fastidio que se mezcló con el siseo de la máquina de espresso. No es que ella me cayera mal, pero su presencia era... agotadora. Ella era demasiado alegre, una explosión de colores y risas que no encajaba en mi mundo de tonos grises. Estar con ella era como tomarse un café con demasiada azúcar: un choque dulce que terminaba por irritarme los sentidos.

" Mándame la dirección de la universidad ."




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