Una vez que comprobé que todo en la cafetería funcionaba con la precisión de un reloj, me quité el delantal y busqué las llaves. Afuera, mi Honda RC213V-S me esperaba como una bestia de metal negro y plata. Montar en ella es lo único que logra silenciar mis pensamientos; el rugido del motor a 1000 cc es más fuerte que cualquier recuerdo.
Conduje hacia la universidad de Luz dejando que el viento frío de la tarde me golpeara el casco. Al llegar a la entrada, el ambiente cambió. Me detuve frente a las puertas principales, sin bajarme de la moto, sintiendo de inmediato el peso de las miradas.
Era el ecosistema típico de la juventud: grupos de chicos que me lanzaban chispazos de envidia y enojo, y chicas que no disimulaban una curiosidad cargada de intenciones. No me movió ni un pelo. Hace mucho tiempo que decidí que no me interesaba involucrarme con nadie. El amor, para mí, era un juego con las reglas amañadas donde siempre terminaba perdiendo el que se quedaba parado en la puerta.
Saqué el teléfono y le envié un texto seco a Diego: "Ya estoy fuera de la universidad. ¿Dónde está tu hermana?".
No pasaron ni diez segundos cuando el silencio de mi casco se rompió.
—¡Finn! —el grito cortó el aire como un rayo de luz blanca.
En medio de la multitud de estudiantes, divisé una figura pequeña que corría hacia mí. Era ella. Una castaña que parecía tener demasiada energía para su propio cuerpo. Agitaba la mano en el aire con un entusiasmo que me resultó casi violento, saludándome como si yo fuera la mejor noticia de su día.
Ahí venía Luz. Mi café amargo estaba a punto de recibir una ración doble de azúcar.
—Sube —solté sin siquiera mirarla, con la voz tan cortante como el viento que soplaba en la avenida.
Me mantuve con la vista fija en el tablero de la moto, sintiendo su mirada clavada en el perfil de mi rostro. Pasaron unos segundos eternos en los que el peso de su escrutinio me resultó incómodo. Luz no era de las que se quedaban calladas fácilmente, y su silencio de ahora era una protesta silenciosa.
—Un "hola" no estaría de más, ¿sabes, Finn? —dijo finalmente, y pude notar por el tono de su voz que estaba molesta—. ¿Y no hay un casco para mí?.
Giré la cabeza lo justo para que viera la frialdad en mis ojos. No es que quisiera ser cruel, es que no sabía ser de otra manera. La calidez era algo que otros se podían permitir; yo solo tenía mi armadura.
Una armadura que ella fácilmente podía desarmar pero no sé lo daría a demostrar.
—No tengo un casco extra —mentí, o quizás simplemente no quería que se sintiera cómoda—. Así que sube.
Ella dejó escapar un suspiro de resignación, ese sonido que hace la gente cuando se rinde ante mi muro de indiferencia. Se acomodó detrás de mí y sentí cómo sus manos buscaban tímidamente un lugar donde sujetarse, evitando tocarme más de lo necesario.
Arranqué la moto y el ruido del motor se tragó cualquier posibilidad de réplica. El trayecto estuvoplagado de un silencio denso, de esos que pican en la piel. Mientras esquivabael tráfico, pensaba en lo extraño que era llevarla ahí atrás; ella era el recordatorio viviente de todo lo que yo intentaba evitar: la conexión, la familia, la luz.
Cuando finalmente nos detuvimos frente a su casa, ella se bajó con movimientos rápidos, como si el asiento quemara. Yo apagué el motor y me quité el casco, dejando que el aire frío me golpeara la cara. No esperé a que se despidiera. Saqué el teléfono y, con los dedos todavía vibrando por la potencia de la moto, le envié el mensaje a Diego:
"Ya dejé a tu hermana en casa".
Luz se quedó en la acera, mirándome como quien intenta descifrar un idioma muerto.