La hermana de mi amigo: El color de tu dolor

Capítulo 3: La debilidad del protector

Lo que sucedió después fue un movimiento que no vi venir, algo para lo que ninguna de mis maniobras en la moto me había preparado. Antes de que pudiera volver a colocarme el casco y ocultarme tras el visor oscuro, Luz se acercó. En un gesto rápido y ligero, me quitó el casco de las manos y dejó un beso en mi mejilla.

Me quedé helado. Fue un contacto breve, apenas un roce de calidez sobre mi piel fría, pero para mí tuvo el impacto de una colisión. En toda mi vida, ninguna chica se había atrevido a cruzar ese límite; la mayoría se mantenía a raya por mi actitud o por ese aura de "no molestar" que llevo como una segunda piel.

A pesar de que mi rostro permaneció serio, una máscara de piedra tallada por años de soledad, por dentro me sentí abrumado. Fue un cortocircuito emocional. Traté de disimular, apretando la mandíbula para que no se notara que, por un segundo, se me había olvidado cómo respirar.

—Hasta luego, Finn —dijo ella con una sonrisa pequeña, casi victoriosa, antes de darse la vuelta y entrar en su casa.

La puerta se cerró tras ella, pero esta vez el sonido no fue el eco seco y doloroso de mi infancia. Me quedé solo en la acera, con el casco colgando de una mano y el motor de la moto enfriándose entre mis piernas.

—Hasta luego —murmuré para nadie.

Me toqué la mejilla donde todavía sentía el rastro de su gesto. Odié sentir ese cosquilleo en el pecho; era una sensación peligrosa, un recordatorio de que todavía estaba vivo y que, por lo tanto, todavía podía ser herido. Me puse el casco de nuevo, pero esta vez el interior se sentía pequeño, y el camino de vuelta a mi apartamento se me hizo extrañamente largo.

Ese era exactamente el motivo por el que evitaba a Luz a toda costa. Desde el primer día en que Diego me la presentó, supe que ella era peligrosa para alguien como yo. Luz tenía ese poder invisible, esa capacidad aterradora de hacer que mi corazón, que yo creía convertido en mármol, temblara como el de un niño asustado.

Al día siguiente, el aroma a café tostado y el siseo de la leche al vapor no fueron suficientes para calmarme. Estaba en mi hora de descanso cuando la silueta de Diego apareció en la entrada.

—Hola, Finn. ¿Qué tal el trabajo? —preguntó con esa ligereza suya que siempre me resultaba envidiable.

—Bien —respondí. Una sola palabra, seca y definitiva. No necesitaba más.

—Ay, tan incomprensible como siempre —suspiró él, apoyándose en la barra—. Bueno, no importa. Venía a pedirte un favor... ¿Podrías buscar a mi hermana durante unos días?.

Me giré hacia él de golpe, dejando la taza que sostenía sobre el mostrador con un golpe demasiado sonoro. Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado del local.

—No lo haré —dije, tratando de que mi voz sonara como un muro de hierro.

Pero era mentira. Por dentro, la sola idea de volver a ver a esa niña, de sentir de nuevo esa mezcla de azúcar y caos, hacía que mi pecho recuperara un calor que yo no había pedido. Era como si el beso de ayer hubiera encendido una mecha que no sabía cómo apagar.

—Serán solo unos días, Finn —insistió Diego, y su tono cambió a uno más serio, más preocupado—. Tengo problemas en la oficina y no podré pasar por ella. Sale muy tarde y me preocupa que le pase algo.

En ese momento, mi resistencia se desmoronó. La sola idea de que a Luz le pasara algo que esa luz suya se apagara en una calle oscura, que alguien le hiciera daño me provocó una punzada de alteración que me subió por la garganta. El mundo es un lugar horrible para las personas brillantes, y yo lo sabía mejor que nadie.

Cerré los ojos un segundo, maldiciendo mi propia debilidad.

—Está bien —gruñí, sin mirarlo—. Pero solo unos días, Diego.

Él sonrió, pero yo no. Sabía que me estaba metiendo de nuevo en el incendio, y esta vez no estaba seguro de si mi moto sería lo suficientemente rápida para escapar de lo que empezaba a sentir.




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