El viento soplaba entre los árboles altos, haciendo crujir las ramas como si el propio bosque susurrara advertencias. La luna llena brillaba en el cielo, enorme y plateada, iluminando el claro donde la manada de lobos se había reunido.
En el centro del círculo estaba Kaelyra, la alfa de la manada.
Respiraba con dificultad mientras se apoyaba contra la tierra húmeda. Su pelaje gris plateado estaba empapado de sudor y sus ojos brillaban con dolor… y determinación.
—Resiste, Kaelyra —dijo una loba anciana—. Ya casi llega.
Los demás lobos observaban en silencio. Algo en el aire se sentía extraño. Antiguo. Como si la noche misma estuviera esperando algo imposible.
Kaelyra lanzó un último aullido que rompió el silencio del bosque.
Y entonces… nació la criatura.
Pero cuando la anciana se acercó para tomar al recién nacido, sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Esto… esto no puede ser…
Los lobos comenzaron a murmurar.
Porque en lugar de un pequeño cachorro cubierto de pelaje, en los brazos de la anciana había una niña humana.
Pequeña. Frágil. Con la piel cálida y el cabello oscuro pegado a su frente.
El silencio cayó sobre la manada.
—¿Cómo es posible? —susurró un lobo joven.
—Una loba no puede dar a luz a un humano…
Kaelyra levantó la cabeza con esfuerzo.
—Déjenme verla.
La anciana colocó con cuidado a la niña en los brazos de la alfa.
La bebé abrió lentamente los ojos… unos ojos claros que reflejaban la luz de la luna.
En ese momento, un viento fuerte recorrió el claro.
Las hojas comenzaron a moverse violentamente y la luna pareció brillar con más intensidad.
La anciana retrocedió, horrorizada.
—La profecía…
—¿Qué profecía? —preguntó uno de los lobos.
La anciana miró a la niña como si estuviera viendo algo sagrado… o peligroso.
—La del equilibrio.
“Cuando la luna dé a luz carne humana,
la sangre de dos reinos despertará.
La hija del bosque decidirá
el destino de lobos y serpientes.”
Los murmullos crecieron.
—¿Serpientes? —gruñó un lobo—. Eso es imposible.
Pero en ese mismo instante, muy lejos del bosque…
En un palacio oculto bajo la tierra, rodeado de columnas de piedra y serpientes talladas en las paredes…
Un hombre de ojos verdes abrió lentamente los ojos.
Sobre su pecho apareció una marca brillante con forma de serpiente.
El Rey Sahmir sonrió ligeramente.
—Así que… finalmente has nacido.
Mientras tanto, en el bosque, Kaelyra abrazó a la pequeña niña contra su pecho.
—Te llamarás Lyra —susurró.
Pero en lo profundo de su corazón, Kaelyra sabía algo.
La noche en que Lyra nació…
también comenzó una Guerra.