La hija de Lucifer.

Capitulo 1.

Capítulo 1.

Mientras el profesor hablaba sobre la anatomía de la rana, me encontraba divagando sobre millones de cosas que, para mí, tenían demasiada importancia. Comencé a golpear mi pluma dorada sobre el pupitre, exasperada por mis pensamientos contradictorios que estaban ahí en todo momento, pensaba en mis hermanos, y como siempre, en problemas que rodeaban mi vida diaria.

  • Señorita Bummer, ¿está usted bien? – pregunto el profesor regordete con lentes, con un bisturí en la mano y la rana en otra con una gran cortada en el medio de su gigante estómago.

Sonreí con amabilidad, avergonzada por haber mantenido mi mirada sobre un chico que ni conocía, pero había volteado a verme molesto, seguramente al sentirse acosado por mis ojos.

  • No, profesor. Lo lamento.

Asintió y siguió con su clase. Fue ahí cuando una llamada interrumpió la clase. Toda la clase, con un total de veinte alumnos voltearon a todas las direcciones posibles, ansiosos por saber quién era el culpable de tal molestia.

Obviamente, fui yo. Fruncí en ceño perpleja, recordando que lo había puesto en vibrador. Ignoré ese detalle y salí agazapada de la clase con la mirada de todos sobre mí.

Llamaban desde el teléfono de la casa, cerré los ojos maldiciendo en mi interior. Ni bien contesté, al otro lado los gritos me habían dejado sorda por una milésima de segundo.

  • ¡Amelia! ¿Dónde estás? Los niños están como locos, por Dios, no sé qué hacer – la voz de Halley resonaba por el auricular, una niña de tan solo diez años, mi hermana – Ya sabes, tan solo son unos bebés, pfft.

Puse los ojos en blanco ante ello, como yo tenía diecisiete años, ella consideraba que yo no contaba como la mayor, yo contaba como la madre de la casa, y ella la mayor de las hermanas.

  • Tú también eres tan solo una bebé, Halley.
  • Ya quisieras. Mia está brincando en los sillones y Thomas está cantándole al perro de los vecinos, el cual se vino a colar dentro de la casa.
  • Mamá tiene alergia a esos animales, Halley, sácalo de la casa. – intenté hacerla entrar en razón, mamá nos mataría a todos si llegara a darle una de sus afamadas alergias, en las cuales su nariz se ponía peor que el reno de Santa, aquel que tenía la nariz roja.
  • Pero está bonito. – refunfuñó, seguramente haciendo puchero, ya podía imaginarla, después de haber convivido con alguien tanto tiempo, ya puedes predecir todos sus movimientos. Comencé a caminar por los pasillos, faltaban cinco minutos para que acabara la primera clase, aquella a la que siempre iba, ya que no me daba tiempo de ir a las demás.
  • Halley, por favor, haz lo que te digo, llego en quince minutos a la casa, saca al perro, calienta en el microondas lo que les hice anoche y coman…

Detuve mi andar súbitamente al notar el aire más tenso y pesado. Una sombra estaba cruzando, una de alguien alto, inmediatamente comencé a caminar más lento.

  • ¿Amelia? ¿Estás ahí? – preguntaba mi hermana menor al otro lado del teléfono.
  • Hablamos luego, Halley. – me despedí y colgué inmediatamente.

 

Sostuve mi mochila contra mi pecho, expectante ante cualquier cosa, mis manos comenzaban a sudar y mi corazón estaba martillando con fuerza. Podía sentir que algo no estaba bien.

 

Poco a poco la sombra se fue convirtiendo en un enorme ser, más alto de lo que esperaba, podía distinguir que, entre las sombras tenia garras, y unos enormes cuernos que terminaban en una curva y un pico hasta arriba, mi respiración estaba fuera de control, estaba preparada para dar el grito más poderoso que hubiera podido dar, pero la campana sonó, y fue así como una multitud de estudiantes de todo tipo salieron apresurados a su siguiente clase, por el contrario, corrí hasta la puerta. Una vez fuera, pase mis manos por mi cara llena de pecas, para quitar el susto que me había sacudido hasta los huesos. Supuse que me lo había imaginado, bien he leído que el estrés provoca cosas fuera de lugar.

 

Después de cinco minutos caminando había llegado a la estación de los buses, tome el que me llevaba a casa y asome mi cara por una de las ventanas del enorme autobús. Vivía en un lugar común y corriente, que tiene tanto como su historial bueno y malo, demasiados lagos y bosques, era de lo más común encontrar un conejo o un venado merodeando por ahí, o al menos, en mi caso, si era así. Mi casa pequeña y acogedora se encontraba en el medio de demasiadas casas, cada una con su estilo único, los vecinos no son mi cosa favorita a decir verdad. Mi cuadra se identificaba como la cuadra de los pobres, aquella en la que la renta era lo mínimo y las casas demasiadas deterioradas, de madera y con árboles por todos lados, demasiado alejada de la zona excéntrica y rica. Simplemente puedes diferenciar a alguien por la dirección de su casa.

 

Mi mejor amiga, Berry Kellington, vive en la zona excéntrica, por lo tanto considero esa cuadra como mi segunda casa, a pesar de todas las malas caras que me encontraba ahí. Mi padre, vive con su nueva esposa ahí también, desde hace unos tres años que se divorció con mamá, y decidió casarse con la abogada más importante del lugar, eso es igual a sacarse la lotería aquí.

 

Fue así como mi madre, Louisa Bummer, decidió remendarse y volver a su trabajo como enfermera, aquel que mi padre no le permitía ejecutar nunca, ya que tenía una ideología de machismo bastante alta “Las mujeres no deben trabajar, yo debo traer la comida a la casa y punto” podía escuchar sus palabras duras hacia mi madre cada vez que esta intentaba conseguir trabajo. Irónico, ya que actualmente su gran esposa es una abogada.

 

Desde hace tres años que me he dedicado a cuidar de mis hermanos, se ha convertido en mi trabajo y prioridad, de mí depende que aquellos niños no mueran de hambre, mi madre se ha convertido en la enfermera más fundamental del hospital, pero a pesar de ello, su salario no es lo suficiente alto para llenar las bocas de cuatro chicos, sus hijos.




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