Las coloridas calles empedradas de Aureum permanecían sumidas en un silencio aterrorizante, roto apenas por el canto lejano de los pájaros entre los grandes árboles de hojas oscurecidas. Todas las ventanas estaban cerradas, las puertas selladas con cerrojos viejos, y de cada fachada colgaban banderas doradas con dos cuervos atravesados por una lanza en llamas. No se movían. Era como si incluso el viento que acariciaba cada piedra tuviera miedo de tocarlas.
De ser él, yo también lo sentiría...
Tambores comenzaron a sonar, asustando a unos cuantos. Mi mirada se desvió hacia aquella marcha perfectamente organizada por la iglesia del imperio, encargada de arrastrar por las calles a las que eran como ella. Todos eran hombres vestidos con túnicas blancas y, en el centro de cada una, destacaba el mismo símbolo: cuervos atravesados. Aquella imagen siempre me provocaba tantos escalofríos.
Siempre estaban presentes cuando una Santa—como llamaban a la quema de las brujas de forma satírica— era organizada por el propio emperador, pues las calles debían quedar “purificadas” después del paso de una de ellas. Por eso, el hombre cubierto de pies a cabeza con un traje dorado avanzaba arrojando un líquido blanco por todas partes: agua bendita, que bañaba las estatuas de los dioses en la iglesia.
La hermosa mujer, de cabellos dorados y mirada impenetrable no gritó cuando le ataron las manos con la cuerda de espinas. Aquella antinatural sangre negra que recorría sus venas manchó la piedra de la plaza. Algunas personas se cubrieron la boca al observarla, tan espesa, tan temida por todos en Valtheria, pues era considerada una maldición. Incluso, unos desviaron las miradas, totalmente asustados.
No había miedo en su rostro colmado de heridas. ¿Por qué no mostraba ninguna expresión? No había dolor ni lástima en sus ojos, mucho menos clemencia. No había nada que indicara que no deseaba cruzar al otro lado, como si la muerte no fuera un castigo, sino el mejor de los aliados… o algo menor que lo que ya había vivido en tantos años.
Ella era una bruja.
Una de verdad.
Reconocerlas no era una tarea difícil, ya que sus cabelleras, mayormente onduladas y brillantes, solían rozar el suelo, y esa belleza que poseían era inquietante, un tanto ilusoria. No era la dulzura de una doncella, mucho menos la elegancia de la nobleza, sino algo más profundo que lograba erizar la piel de quienes las miraban fijamente.
Pero, según sabía, esa belleza que las hacía destacar entre tantas otras mujeres en el mundo no era una bendición de los dioses; era una maldición, puesto que esa diferencia que las hacía únicas, también las marcaba para toda la eternidad. Las volvía blanco de miradas sucias, de comentarios repulsivos, de manos que no sabían respetar un “no”.
Y eso las empujaba al extremo: muchas preferían desfigurarse el rostro, llenarse la piel de cicatrices profundas y horribles con tal de dejar de ser deseadas. Porque ser vistas con asco, en la mayoría de las ocasiones, era la única forma de mantenerse respirando en este mundo.
—Es tan hermosa —susurró un hombre bajo, de barba larga, detrás de mí, quizá solo para él, pero aun así pude escucharlo perfectamente.
Cada vez que una mujer bella aparecía, era llevada ante la Corte Suprema. Allí, en los salones fríos del poder, se decidía su destino. Le practicaban la prueba sin nombre, aquella tan temida que separaba a las mujeres del mundo de los mortales y las arrojaba a un destino incierto. Si resultaban ser brujas… todos sabían lo que ocurría con ellas.
—Nunca entenderé porque las brujas parecen talladas por las mismísimas manos de Yvelis… —murmuró alguien más, que también había escuchado al hombre, mirándolo de reojo—. Es algo muy curioso.
Tenía tan solo catorce años cuando me llevaron a ese lugar con olor a hierro fundido y humazón penetrante. Por un instante, creí que iba a morir a manos de esos hombres. No ocurrió. Seguía de pie. Pero la mujer que entró en la sala junto a mí nunca volvió a ver la luz del sol.
—Por decreto del Imperio de Valtheria…
Comenzó el heraldo, un hombre alto de piel oscura, cubierto por una túnica dorada con bordados escarlatas, que parecía tejida con los hilos más finos de todo el imperio. Su voz estaba completamente desprovista de emoción, aunque eso no era extraño. Aquel hombre jamás mostraba nada: ni miedo, ni nervios, ni molestia. Era como si todo lo que lo volvía humano simplemente no existiera dentro de él.
—… esta mujer ha sido declarada culpable de brujería, transmisión de conocimiento prohibido y corrupción del orden natural. Por lo tanto… —Se aclaró la garganta ruidosamente, aferrándose al pergamino—, ha sido sentenciada a morir en la hoguera, para que su alma sea purificada por el fuego. Hoy, día treinta y nueve del Viento Susurrante, Mes de Tzahrak, último mes del año, en la capital del Imperio de Valtheria, Aureum, esta bruja será entregada a las llamas.
Sus ojos negros recorrieron apenas a las personas antes de dirigir una mirada fugaz al emperador, sentado a su derecha sobre el trono de hierro y oro, con algunos miembros del consejo y su familia, por supuesto. Ellos se encontraban en una plataforma de madera que siempre levantaban en menos de una hora, mientras el resto permanecíamos abajo, frente a ellos, “ansiosos” por escucharlo hablar.
A un lado estaba la hoguera y junto a ella se alzaban las enormes estatuas de las brujas, talladas en piedra blanca ya oscurecidas por el tiempo, una ofensa hacia todo lo que representaban. Había quince en total, cada una esculpida con expresiones de agonía tan reales que resultaban perturbadoras, aunque sin perder aquella belleza sobrenatural que parecía perseguirlas incluso después de la muerte.
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Editado: 31.05.2026