La Hija Del Duque

CAPÍTULO 03

03:

EL OLOR DE LA MUERTE

01 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua

Día de Lluvia, Ciclo III

Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria

ELENNAIA

Varios minutos habían pasado y no podía conciliar el sueño. Me pasé las manos por la cara con frustración. Me levanté de la cama, fui hasta el cuarto de ropas y saqué uno de mis vestidos de dos piezas celeste. Después de ponérmelo, salí con sigilo, procurando no cruzarme con nadie. Había aprendido a camuflarme bastante bien cuando quería escaparme. Sabía que estaba mal, que no debía salir así, pero solo en esos momentos podía sentir paz. ¿y quién no quería paz?

El Valle de Lila era mi refugio y el único que tenía. Estaba a unos veinte minutos del castillo, lo suficiente para sentirme lejos de todo. Era un lugar hermoso, rodeado de árboles gigantes de flores lilas y mariposas azules que brillaban como luciérnagas al atardecer. Siempre tenía mis clases de magia allí, por las tardes, con Tarisys, mi tutora desde hacía años. Ella me enseñó todo lo que sabía del viento.

Cuando llegué, caminé hasta la colina y me senté frente al gran precipicio que parecía no tener fondo. Las alturas me generaban un miedo absurdo. No obstante, en ese momento no me importaba. Mi cabeza seguía dándole vueltas a lo que había pasado en la mesa. En lo que pensé hacer. En lo que vi en mi habitación. No pretendía ni imaginarlo, pero tal vez ya me estaba volviendo tan chiflada como mis primas, aunque bueno, ellas ya estaban en un nivel mucho más arriba.

Estuve así unos cuantos minutos, atrapada en mis pensamientos, con las manos detrás de la espalda, hasta que algo llamó mi atención. Fruncí apenas el ceño, viendo el aire levantarse y arremolinar hojas por todas partes, y entonces, al levantar el rostro hacia el cielo, los vi…

Dragones.

Batiendo sus alas lentamente, dominando la corriente como si el viento mismo les perteneciera y, sobre ellos, se alzaban figuras humanas unidas por un vínculo sagrado que no siempre había existido.

Un Destino.

Durante varias eras, los humanos que dominaban el arte elemental y los dragones fueron enemigos a muerte. Ambos deseaban el dominio absoluto del mundo, y ese anhelo los llevó a librar guerras interminables, alimentadas por un aborrecimiento que parecía no tener fin. Sin embargo, todo cambió tras la última de ellas, una guerra recordada con un nombre extraño para una época en la que la sangre envolvió hasta el más escondido rincón de la tierra: la Gran Llama de Blancas. Los escritos jamás revelaron quién acuñó aquel raro nombre.

Se decía que los dioses estaban decepcionados de ver cómo el mundo que habían creado con tanto esmero se desmoronaba por culpa de aquellos a quienes habían confiado la magia elemental, y gracias a eso tomaron una decisión drástica que cambiaría el curso de la historia para siempre: como castigo, unieron las almas de humanos y dragones.

El propósito era simple: impedir nuevas guerras, pero, claro, no fue recibido de buena manera. Muchos de esos dragones asesinaron a los humanos con los que debían establecer un vínculo, rompiendo el pacto que, en aquel entonces, se había convertido en uno de los más sagrados.

Con el paso de los años, no les quedó más opción que aceptar aquella carga. Para los dragones, el Destino fue una maldición. En cambio, los humanos lo veían como una victoria. Estaban convencidos de haber doblegado a las criaturas más imponentes del mundo.

Aunque… cada vez nacían menos Elementistas, así que ese destino estaba disminuyendo. Me atrevería a decir que, en todo el imperio, existían menos de diez millones de vínculos, dentro de una población de casi cien millones de habitantes. Aquello convertía al Destino en un privilegio inalcanzable para la mayoría… y en una chispa constante de envidia.

Yo aún no poseía un vínculo con ninguno. Tampoco es que me doliera no tenerlo, como algunos podrían suponer fácilmente cuando les respondo que mi Destino no ha aparecido ante mí todavía. Por supuesto que amaba a los dragones; me parecían criaturas sumamente complejas e interesantes, con una historia bastante aterradora, pero mi existencia no cambiaba en nada por estar con uno o sin uno de ellos.

Había estudiado durante años a los dragones de aire, los Nyssaneth, porque sabía —con una certeza que no necesitaba explicación— que algún día me vincularía con uno. No hoy. Ni mañana. Pero sí algún día.

Eran los más veloces entre todos los dragones; sus movimientos, tan rápidos cómo aterradores y magníficos, les permitían atravesar el cielo sin ser detectados, confundidos con simples ráfagas. Sus enormes alas alargadas y filosas podían volverse transparentes cuando surcaban las alturas, dejando a plena vista sus cuerpos descomunales.

Me emocionaba la idea de vincularme con uno de ellos, pues, de entre todas las especies, siempre me habían parecido los más fascinantes… quizá también porque solo había devorado libros que hablaban exclusivamente de ellos. Los demás, siendo sincera, me daban igual. No quería decir que los dragones de tierra o incluso los de agua o los de fuego no me parecieran criaturas encantadoras; simplemente reconocía que mi Destino sería uno de aire. Así como yo.

—Princesa Elennaia D’Allessandre —habló una voz masculina a mis espaldas, con un tono sarcástico—. Es un placer verte por estos lares, sin la compañía de tus fortachones guardias. ¿A qué se debe el gusto?




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.