06:
LA CASA DE LA TIA
020 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día del Viento Susurrante, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
ELENNAIA
La tarde llegó y, con ella, mi llegada a la casa de la tía Vanyssira, una mujer de mirada rígida que vivía justo en el centro de Aureum. Su casa de piedra de cinco pisos estaba adornada con flores de colores en cada pared blanca, pero nada de eso la hacía acogedora ante mis ojos.
Despacio, bajé del auto oscuro, tomando la mano de un guardia, evidentemente fastidiada. Mi tía era la mujer más malvada que había conocido, y sus gatos… esos condenados animales salvajes parecían querer devorarme con la mirada cada vez que ponía un pie en su territorio. Entramos cuando las puertas fueron abiertas desde adentro por absolutamente nadie. Las escaleras eran circulares, de metal, frías y poco cómodas para subir; y cada paso rechinaba fuerte.
Cuando finalmente alcanzamos la planta superior, una sensación de incomodidad me invadió el cuerpo. Los gatos estaban por todas partes. Nueve en total, todos observándome con esa misma mirada inescrutable y poco amigable que me hacía estremecer. Volví a rodar los ojos, acomodando el pequeño bolso dorado sobre mi hombro tenso.
—Madre… —comencé, poniéndome detrás de ella, como si eso pudiera protegerme de la mirada de esos animales sobre mí—. Esos gatos otra vez. Siento que en cualquier momento se lanzarán sobre mí para devorar mi hermoso rostro. No creo que quieras eso para mí.
Mi madre me miró molesta por encima del hombro.
—Son simples gatos, Elennaia, por los dioses —reprendió con un tono duro, tomándome del brazo para ponerme a su lado—. Compórtate como una señorita educada. No estamos aquí para que llames la atención. ¿Lo entiendes? Siempre con tus cosas extrañas.
—Solo hago eso, comportarme cómo una niña buena, madre —respondí con sarcasmo, mirando a todas partes menos a esos gatos.
Mi tía Vanyssira llegó con nosotras y nos indicó que nos sentáramos en ese feo sofá, donde segundos antes habían estado sus gatos. Llevé una mano a mi boca de forma disimulada, tratando de impedir que el vómito saliera y arruinara todo. Respiré hondo y me senté, incómoda.
No entendía como esa mujer no era capaz de cambiarlos por unos nuevos y acordes a la época. Miré los cuadros grandes y poco estéticos en las paredes. Además de ser una mujer malvada, tenía pésimos gustos decorativos. Sí que necesitaba ayuda urgentemente.
—¿Y dónde se encuentra tu hijo, Vanyssira? —Mi madre rompió el silencio, acomodando sus piernas con ese gesto elegante que yo debía imitar de inmediato—. Pensé en traer a Ericthys para que jugara con él. Pero mi chiquillo se enfermó de una manera espantosa desde ayer.
—Está en la escuela primaria —respondió con ese tono que me hacía estremecer, sonriendo—. Es un chico muy juicioso. Me hace sentir muy orgullosa. Y Lunarys está en su habitación, como de costumbre. Es una chica muy extraña. No entiendo por qué no quiere hablar conmigo.
En eso tenía muchísima razón. Mi primo, Emhrys, era la persona más inteligente que había conocido en mis diecinueve años de vida. Una vez redactó un libro completo de más de mil páginas. Lunarys, por otro lado, me caía bien, aunque no teníamos personalidades parecidas. Ella era espontánea, alborozada y sus comentarios, si bien, no eran algo que yo pudiera pronunciar, me divertían de vez en cuando.
—Ya sabes como son los jóvenes de hoy en día —interpretó mi madre, viéndome—. Siempre tan rebeldes. Se encierran en su propio mundo y no hay ser capaz de sacarlos de ahí. Me parece muy terrible.
—Es porque ya no se les pone mano dura como antes, Delyssaney. Crearon personalidades tan frágiles como un cristal. Ya no se les puede decir nada sin que empiecen a llorar. —Vanyssira negó con la cabeza—. Por cierto, querida, ¿qué novedades tienes sobre lo que ya sabes…?
—Mi marido me dice que están haciendo tratados con ellos y que posiblemente las cosas tomen otro rumbo, aunque no estaría muy segura de eso, Beatriz. No después del ataque que hicieron a Nueva sangre. —Le dio un sorbo a la taza de café que una de las empleadas de servicio había traído para nosotras—. Nuestro emperador es muy vengativo. No creo que quede impune aquel ataque tan bestial. Solo espero que los dioses nos amparen con sus mantos de toda tragedia.
—Pero realizar uno hacia ese imperio sería iniciar una guerra —agregó mi tía, dando igualmente un sorbo a su taza—. Aunque tampoco es como que debamos preocuparnos. Nuestro imperio nunca ha perdido ninguna guerra. Valtheria es fuerte en ese aspecto.
Sabía que una ciudad de la provincia de Varethent había sido atacada hace pocas semanas por Alastoria, pero desconocía cuál en específico hasta ahora. Afortunadamente, no muchos resultaron heridos. Sin embargo, no significaba que las personas que vivían ahí estuvieran contentas. La furia que tenían era tanta que, según el periódico, ellos habían enviado muchas cartas al castillo para que respondieran al ataque, pero Valtheria seguía al margen con aquello.
—Las guerras nunca traen nada bueno para las personas —me atreví a decir, mirando la taza de café amargo en mis manos. Sentí la mirada de ambas posarse en mí como cuchillos—. Es mucha sangre derramada sin ningún sentido… Que estemos en el centro del imperio no debería hacernos menos sensibles a quienes no están tan a salvo.
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Editado: 31.05.2026