08:
LA MARCA INVISIBLE
025 del Mes de Maerythys, Diosa del Agua
Día de Lluvia, Ciclo III
Año del Fénix Dorado 113 del Imperio de Valtheria
La noche se sentía densa y olía fuertemente a azufre. Las calles estaban transitadas por los ciudadanos como cualquier otro día: algunos hablaban en voz alta mientras vendían sus productos; otros compraban o simplemente ignoraban el bullicio a su alrededor.
Vanyssira caminaba junto a su hija mayor, Lunarys, comprando el mercado del mes para la casa, algo que a Lunarys le resultaba inquietante. Su madre, una mujer excéntrica que siempre enviaba a las muchachas en su lugar, decía no tener tiempo para esas banalidades.
Por supuesto, Lunarys le preguntó a qué se debía aquel repentino cambio de opinión, pero no obtuvo más que una mirada severa. El silencio que siguió fue rápidamente devorado por el ruido del mercado.
Vanyssira la dejó junto al panadero para que comprara el pan mientras ella, con un aire extraño que no pasó desapercibido por Lunarys, se alejaba hacia otro lugar. Se internó en una tienda antigua, escondida en un callejón impregnado de olor a cigarro y abandono, donde las personas parecían no haber tocado el agua en meses enteros.
Abrió la puerta con cuidado y se encontró con un interior que parecía arrancado de las entrañas de la tierra. Las ventanas agrietadas dejaban pasar una luz mortecina y tenebrosa; había máquinas de escribir dispuestas en filas meticulosamente ordenadas y, al fondo, aquello que realmente le interesaba: estanterías inmensas, repletas de pócimas mágicas, runas encantadas y grandes candados dorados.
Habló con Sargeth, el encorvado y pestilente hombre encargado del lugar, y sacó la bolsa con el dinero, que tenía un sello familiar: dos espadas entrelazadas con un cáliz de fuego y una serpiente cubierta de joyas de oro, diamantes y zafiros. Vanyssira se la entregó con prevención, al tiempo que él le daba lo que había ido a buscar.
Vanyssira guardó todo en su bolso y salió de la tienda, atenta, con el pulso acelerado, asegurándose de que nadie la estuviera observando.
Al llegar con Lunarys, que tenía obstruido en el pecho un extraño presentimiento, comenzó a hablarle al hombre con una voz demasiado anormal, a preguntarle por el pan y a pagarlo todo antes de que él siquiera pudiera responder. Tomó el brazo de su hija y la jaló lejos, mirando hacia atrás cada dos segundos, como si algo la persiguiera…
Fue entonces cuando Lunarys supo que su madre había hecho algo, aunque su mente no lograba entender qué. No preguntó; sabía que no habría respuestas. Solo se dejó arrastrar por su madre varias calles arriba hasta que —después de una hora caminando— llegaron a casa.
Entraron en completo silencio, uno que solo era roto por el crujir de las bolsas del mercado. Las muchachas se apresuraron a tomarlas y, entonces, Vanyssira se dirigió al fondo del pasillo junto a Bruce. Lunarys quiso ir a averiguar qué era lo que su madre había comprado con tanto misterio, pero antes de que pudiera dar un solo paso, ella reapareció junto a Bruce y ambos subieron las escaleras con rapidez.
En ese instante, Lunarys aprovechó para ir al fondo del pasillo, pero, como siempre, todo seguía exactamente igual. Sin quererlo, su mirada se detuvo en la gran puerta de hierro que siempre se mantenía cerrada —o eso era lo que ella creía—, y su corazón se le comprimió en el pecho. No sabía qué había detrás. Su madre nunca había querido contárselo.
Solo lo sabían ella y Bruce, como un secreto peligroso.
Así, en el castillo D’Allessandre, Elennaia sacudió las manos rápidamente y se levantó, mareándose enseguida. Por suerte no duró mucho y pudo salir de la habitación para dirigirse a la de su hermano.
Tocó la puerta, pero no sucedió nada. Pasaron los minutos y la única idea que cruzó por su mente fue abrirla, sin embargo, cuando entró en la habitación, no había nadie ahí.
La cama estaba bien tendida, como de costumbre, todo estaba en orden, pero el olor de su hermano —aunque presente en cada rincón— no se sentía tan intenso, lo que indicaba que no estaba allí. Elennaia soltó un suspiro de frustración y se dejó caer en el filo de la cama, pasándose las manos por el cabello con una frustración exasperante.
Kethany solía desaparecer sin dar explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, quien le reclamaba constantemente por aquello.
Elennaia se quedó unos segundos mirando la habitación en silencio, como si en cualquier momento Kethany fuera a aparecer por alguna esquina con esa calma irritante que siempre llevaba encima. No obstante, nada ocurrió. Por supuesto que él no aparecería pronto ahí.
Se levantó de la cama y caminó un poco por la habitación, tocando distraídamente algunos objetos, queriendo concentrarse en algo: un guante rojo hecho de escamas de dragón que él usaba cuando montaba con su Destino, un pequeño cuchillo decorativo que no tenía filo y un mapa doblado sobre la mesa de madera, manchado con tinta sombría.
Curiosamente, tomó el mapa y lo abrió por completo. Se encontró con los quince distritos independientes bajo tierra del imperio, y uno de ellos —el más grande, situado debajo de Terrorys, en la Provincia de Aureum— estaba marcado con un círculo rojo. Elennaia frunció el ceño, algo confundida, pues recordaba haber escuchado a su hermano hace algunos meses decir que aquellos distritos estaban inundados de criminales y de gente que, según él, no valía lo mismo que los de arriba.
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Editado: 31.05.2026