la hija del eclipse

El Precio del Despertar

El temblor no se detuvo cuando Nara bajó la mano.

El salón de obsidiana parecía resistirse a aceptar su presencia, como si la piedra misma recordara un tiempo en el que nadie había osado desafiar a los Ancianos. Grietas luminosas se extendían por el suelo, siguiendo el pulso de su eclipse, marcando cada latido de su poder recién despierto.

Los Ancianos se reagruparon, sus capas de sombra agitándose como alas rotas.

—Has cruzado un límite prohibido —dijo uno, con una voz que ya no sonaba segura—. Ese poder no te pertenece por completo.

Nara avanzó un paso.
El aire se onduló a su alrededor.

—Nada de lo que soy les pertenece —respondió—. Y tampoco Eiden.

La mención de su nombre provocó un estremecimiento extraño en el salón, como si algo más hubiese escuchado desde muy lejos.

El segundo Anciano alzó una mano, y símbolos antiguos comenzaron a flotar en el aire, formados por una oscuridad densa y cortante.

—El eclipse completo exige un precio —advirtió—. Cada uso acelera la ruptura entre tu esencia y tu humanidad. ¿Estás dispuesta a perderte?

Nara dudó apenas un segundo.
No porque no entendiera la advertencia…
Sino porque ya podía sentirlo.

El poder dentro de ella no era silencioso. Ardía. Presionaba. Exigía espacio.
Cada respiración se sentía distinta, como si el mundo ya no encajara del todo en su cuerpo.

—Si perderme significa salvarlo —dijo finalmente—, entonces no es una pérdida.

El tercer Anciano dio un paso adelante, su sombra creciendo hasta tocar el techo.

—Entonces observa —sentenció—. Observa lo que le ocurre a quien invoca al eclipse sin estar preparada.

El símbolo más grande se activó.

Nara sintió el impacto antes de verlo.
Un tirón brutal en el pecho, como si algo invisible intentara arrancarle el corazón. Su luz y su sombra se desestabilizaron, chocando dentro de ella con una violencia que la obligó a caer de rodillas.

—¡Ah! —gimió, clavando una mano en el suelo.

La armadura de plata se fragmentó en destellos irregulares. Su respiración se volvió errática. El poder seguía allí, pero ahora era indomable, salvaje.

“Resiste.”
La voz volvió a surgir dentro de ella, profunda y antigua.
“El eclipse no obedece al miedo.”

Nara apretó los dientes, luchando por no gritar.

—No… tengo… miedo —susurró, aunque cada fibra de su ser temblaba.

En la cueva, a kilómetros de distancia, Eiden se incorporó de golpe.

Un dolor agudo atravesó su núcleo, pero no era el mismo de antes.
Era un llamado.

—Nara… —murmuró, llevándose una mano al pecho.

La sombra a su alrededor reaccionó violentamente, extendiéndose, formando símbolos que nunca antes había visto. Su herida brilló con un pulso oscuro y estable.

—Está pagando el precio —dijo en voz baja—. Y yo no estoy allí.

El vínculo entre ambos ardió.

De vuelta en el salón, Nara alzó la cabeza, lágrimas plateadas recorriendo sus mejillas sin caer del todo. Cada una se evaporaba antes de tocar el suelo.

—No van a quebrarme —dijo con voz temblorosa, pero firme—. Porque no estoy sola.

Los Ancianos rieron.

—Estás más sola que nunca —respondieron—. El guardián no puede cruzar este umbral.

La sonrisa de Nara fue lenta. Peligrosa.

—No necesita cruzarlo.

Extendió ambas manos.

El vínculo respondió.

Una oleada de sombra conocida —oscura, profunda, protectora— atravesó el salón como un relámpago silencioso. No era Eiden físicamente… pero era su esencia.

Los Ancianos retrocedieron de golpe.

—¿Qué has hecho? —exclamó uno.

—Lo que ustedes jamás entendieron —respondió Nara, poniéndose de pie—. El eclipse no separa. Une.

La sombra de Eiden envolvió su luz, estabilizándola, calmando la tormenta interna. El dolor cedió, no por completo, pero lo suficiente para sostenerse.

Nara respiró hondo.

—Este es el precio —dijo—. Y lo acepto.

El salón crujió, incapaz de contener la energía entrelazada.

Los Ancianos comprendieron, demasiado tarde, que el equilibrio había cambiado.

Y por primera vez en eras…
tuvieron miedo.




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