la hija del eclipse

Donde Todo Puede Romperse

El pulso del Núcleo Primordial no fue un sonido.
Fue una sensación.

Una presión absoluta que atravesó el mundo como un latido demasiado grande para existir. El cielo, lejos del salón de obsidiana, se cubrió de nubes inmóviles; los mares se aquietaron; las criaturas antiguas alzaron la cabeza al mismo tiempo.

El Eclipse había despertado de verdad.

Nara quedó suspendida sobre el abismo, sostenida únicamente por la unión de su luz y la sombra de Eiden. Bajo ella, el Núcleo ardía como un corazón expuesto, una masa infinita de energía pura que no distinguía entre creación y destrucción.

—Esto es lo que siempre temieron —dijo ella, con la voz resonando más allá de su propio cuerpo—. No el Eclipse… sino a alguien que lo eligiera libremente.

Los Ancianos retrocedían, incapaces de sostener su forma completa. Sus sombras se desgarraban, perdiendo consistencia.

—No puedes decidir por todos los mundos —gritó uno—. No tienes derecho.

Nara lo miró sin odio. Sin rabia.
Solo con una tristeza antigua.

—Ustedes decidieron durante siglos —respondió—. Yo solo estoy corrigiendo el precio.

El Núcleo reaccionó.

Una oleada de energía la atravesó, y por un instante Nara sintió que su cuerpo no era suficiente para contener lo que estaba ocurriendo. Su piel brilló con vetas plateadas, y la sombra se grabó en ella como tinta viva.

Recuerdos comenzaron a fragmentarse.

Su infancia.
Su nombre pronunciado por primera vez.
El calor de una risa.

—No… —susurró, aferrándose a lo último que podía perder.

“Nara.”

La voz de Eiden irrumpió como un ancla.

No venía desde el salón.
Venía desde dentro.

La sombra se expandió, envolviéndola con una fuerza desesperada. A través del vínculo, Nara lo vio: Eiden de pie entre ruinas, su núcleo completamente despierto, su forma rodeada por símbolos antiguos que nunca habían respondido a ningún guardián.

Había roto su límite.

—Te encontré —dijo él—. No voy a soltarte ahora.

El Núcleo reaccionó violentamente.

—¡No! —gritaron los Ancianos—. ¡El guardián no puede unirse al Eclipse en este plano!

Pero ya era tarde.

Eiden cruzó el umbral no con su cuerpo… sino con su esencia. Su sombra se fundió con la luz de Nara, no como opuestos, sino como dos mitades que siempre se habían buscado.

El impacto fue devastador.

El salón comenzó a colapsar por completo. Columnas de obsidiana se desintegraban en el aire, absorbidas por el Núcleo. Los Ancianos gritaban, sus formas disolviéndose, incapaces de existir donde el equilibrio ya no obedecía reglas antiguas.

—Eiden —jadeó Nara—. Si hacemos esto… no habrá marcha atrás.

Él sonrió, incluso en medio del caos.
—Nunca la hubo para mí. No desde que te elegí.

El Eclipse se cerró alrededor de ellos, formando una esfera imposible de luz y sombra. Dentro, el tiempo se fracturó. El mundo contuvo la respiración.

Nara sintió cómo algo esencial se reordenaba dentro de ella.

Ya no era solo la hija del Eclipse.
Era su voz.

—Escúchame —dijo al Núcleo, sin saber cómo sabía que podía hacerlo—. No te usaré. No te encadenaré. Pero tampoco permitiré que sigas siendo un arma.

El Núcleo respondió con una vibración profunda, interrogante.

—El equilibrio no es destrucción —continuó—. Es elección.

La energía comenzó a calmarse.

No desaparecer.
No someterse.
Sino transformarse.

Los Ancianos, reducidos ahora a fragmentos de sombra, comprendieron su derrota.

—Has condenado este mundo… o lo has salvado —susurró uno, antes de desvanecerse.

El silencio cayó.

Nara y Eiden permanecieron suspendidos en el centro de todo, unidos por algo que ya no podía romperse sin destruirlos a ambos.

—¿Qué somos ahora? —preguntó ella en un hilo de voz.

Eiden apoyó su frente contra la de ella.
—Somos lo que viene después del miedo.

El Núcleo se cerró lentamente, sellándose no como una prisión… sino como un pacto.

Y en ese instante, mientras el mundo comenzaba a reconstruirse alrededor de su decisión, Nara entendió la verdad final:

El Eclipse no había despertado para terminarlo todo.
Había despertado para empezar de nuevo.




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