la hija del eclipse

Lo Que Sobrevive al Eclipse

El silencio posterior al colapso fue antinatural.

No era paz.
Era expectativa.

Nara abrió los ojos lentamente, esperando sentir el vacío… pero encontró suelo bajo sus pies. No obsidiana, no abismo, sino piedra viva, tibia, atravesada por vetas suaves de luz y sombra en perfecto equilibrio.

El mundo no había terminado.
Había cambiado.

Eiden estaba frente a ella.

No como una sombra proyectada ni como una esencia prestada, sino completo. Real. Su respiración era firme, y su núcleo —antes herido— latía con una estabilidad profunda, distinta a todo lo que había sido antes.

—Lo logramos —susurró él, como si temiera romper algo con la voz.

Nara llevó una mano a su propio pecho.
El Eclipse seguía allí, pero ya no rugía. No exigía.
Escuchaba.

—No lo controlamos —dijo ella—. Lo entendimos.

A su alrededor, el antiguo salón se reconstruía lentamente. Donde antes había obsidiana muerta, ahora brotaba una arquitectura imposible: columnas de piedra clara entrelazadas con sombras suaves, como raíces y ramas coexistiendo. El plano de los Ancianos estaba mutando… o quizá sanando.

—Los Ancianos —murmuró Eiden—. ¿Los sientes?

Nara negó despacio.
—No como antes. Su presencia… se disipó. No murieron. Pero ya no gobiernan.

Eiden frunció el ceño.
—Entonces, ¿qué queda?

La respuesta llegó sola.

Un pulso leve recorrió el lugar, y figuras comenzaron a emerger desde los bordes del plano: guardianes antiguos, observadores olvidados, criaturas nacidas del equilibrio que nunca habían tenido voz.

No se arrodillaron.
No atacaron.

Esperaron.

Nara dio un paso adelante, comprendiendo con una claridad que le estremeció el alma.

—El mundo necesita testigos —dijo—. No amos.

El Eclipse respondió con una vibración suave, aprobadora.

Eiden la observó en silencio.
Había algo distinto en ella. No distante… sino más amplia, como si llevara el peso del universo sin que la aplastara.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué necesitas ahora?

La pregunta la desarmó más que cualquier batalla.

Nara lo miró. De verdad.
Vio al guardián que fue creado para obedecer.
Al hombre que eligió amar.
Al vínculo que desafió el destino.

—Te necesito aquí —respondió—. No como mi sombra. No como mi protector. Sino como mi igual.

Eiden sonrió, y por primera vez desde que lo conoció, no había oscuridad defensiva en su expresión.

—Entonces me quedo —dijo—. Donde tú estés.

El plano comenzó a desvanecerse.

No con violencia.
Con intención.

La luz y la sombra se plegaron sobre sí mismas, cerrando el espacio ancestral. El Eclipse selló su pacto final y liberó a Nara y Eiden, devolviéndolos al mundo que habían salvado.

El aire cambió.

El cielo ya no estaba dividido entre día y noche.
Ahora había crepúsculos más largos, amaneceres más suaves, sombras que no inspiraban miedo.

Las criaturas antiguas se ocultaron.
Los reinos despertaron.

Nara cayó de rodillas al tocar tierra firme, exhausta. Eiden la sostuvo de inmediato, rodeándola con sus brazos.

—Terminó —susurró él.

Ella cerró los ojos, dejando que el cansancio la alcanzara al fin.

—No —corrigió—. Apenas empieza.

Porque el precio había sido pagado.

No en sangre.
No en destrucción.

Sino en cambio.

El Eclipse ya no pertenecía a una profecía.
Pertenecía al mundo.

Y Nara…
Nara ya no era solo la hija del Eclipse.

Era su guardiana elegida.




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