El amanecer no llegó de golpe.
Se filtró lentamente entre las montañas, como si el mundo dudara en despertar después de lo ocurrido. La luz tocó la tierra con cuidado, sin imponerse, mezclándose con las sombras que aún descansaban entre los árboles y las ruinas.
Nara observaba el horizonte desde lo alto del risco.
Sentía el Eclipse dentro de ella, estable, silencioso, como un océano en calma después de una tormenta eterna. Ya no la arrastraba. Ya no exigía. Existía con ella, no sobre ella.
Eiden se acercó despacio, como si aún temiera romper el equilibrio recién nacido. Se colocó a su lado, siguiendo su mirada.
—El mundo respira distinto —dijo—. Como si hubiera olvidado cómo doler.
Nara asintió.
—Porque por primera vez… no tiene miedo de sí mismo.
El silencio entre ellos no era incómodo. Era necesario. Ambos estaban aprendiendo quiénes eran ahora, después de haber sobrevivido a algo que debería haberlos destruido.
—¿Te duele? —preguntó Eiden de pronto.
Ella lo miró.
—¿El poder?
—La carga.
Nara llevó una mano a su pecho.
—A veces. Pero no como antes. Ya no se siente como una condena.
Eiden sonrió suavemente.
—Entonces valió la pena.
Ella giró hacia él, observándolo con una intensidad tranquila.
—Te quedaste —dijo—. A pesar de todo.
—Nunca fue una elección difícil —respondió—. El mundo puede rehacerse mil veces. Pero tú… solo existes una.
Nara cerró los ojos un instante, apoyando su frente contra la de él.
—Habrá consecuencias —susurró—. Reinos que no aceptarán el cambio. Criaturas que buscarán lo que perdieron. Vacíos que intentarán llenarse con violencia.
—Entonces los enfrentaremos —dijo Eiden—. No como dioses. No como armas. Como guardianes.
Ella sonrió.
—Como humanos.
El viento recorrió el valle, llevando consigo restos de antiguas sombras que se disolvieron sin resistencia. No había victoria absoluta. Solo continuidad.
Nara dio un paso atrás y alzó la vista al cielo, donde un eclipse suave —incompleto— se dibujaba como un recuerdo lejano.
—El Eclipse ya no gobierna —dijo—. Pero tampoco desaparecerá.
—Porque ahora entiende —respondió Eiden—. Igual que nosotros.
Ella tomó su mano.
Y en ese gesto simple, sin luz ni sombra estallando, el mundo terminó de sellar su nueva era.
No con promesas grandiosas.
Sino con dos almas eligiendo quedarse.