la hija del eclipse

EPÍLOGO — La Historia que el Eclipse No Contó

Mucho tiempo después, los niños escucharían la historia de una chica que caminó hacia la oscuridad sin perder su luz.

Algunos dirían que fue una diosa.
Otros, que fue una traidora.
Los más sabios dirían que fue ambas cosas… y ninguna.

Nara nunca reclamó templos.
Nunca permitió estatuas.

Vivió entre los suyos, caminó los reinos, escuchó a quienes antes no tenían voz. El Eclipse la acompañaba como una sombra fiel, recordándole que el equilibrio no es perfección, sino elección constante.

Eiden permaneció a su lado.

No como un rey.
No como un mito.

Sino como alguien que entendió que amar también es proteger sin encadenar.

Juntos enseñaron al mundo algo que los Ancianos jamás comprendieron:

Que la luz sin sombra es ceguera.
Que la sombra sin luz es vacío.
Y que el verdadero poder nace cuando ambos se permiten existir.

El Eclipse siguió apareciendo en los cielos, de vez en cuando, no como advertencia… sino como recuerdo.

Un recuerdo de que el final del mundo fue evitado no por la fuerza,
sino por dos corazones que se negaron a soltarse.

Y así, mientras el tiempo avanzaba y las historias se transformaban en leyendas, el Eclipse sonreía en silencio.

Porque por primera vez desde el inicio de todo…
no estaba solo.




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