(POV Eiden)
La primera vez que la sentí no tenía un rostro.
No era una imagen, ni un nombre, ni siquiera una presencia clara.
Fue un tirón en el núcleo, un estremecimiento extraño, como si algo antiguo hubiera despertado dentro de mí sin pedir permiso.
Me detuve en seco.
La sombra reaccionó antes que yo, expandiéndose de forma instintiva, alerta. Nunca lo hacía sin una amenaza real. Nunca.
—¿Qué eres…? —murmuré, apoyando una mano contra mi pecho.
El núcleo palpitó una sola vez, profundo, distinto. No dolió.
Eso fue lo que me inquietó.
La sombra no sentía calma.
Sentía reconocimiento.
Cerré los ojos y dejé que mi conciencia se deslizara entre los pliegues del mundo, siguiendo la vibración que se alejaba como un eco suave. No era oscuridad pura. Tampoco luz.
Era un límite.
Un punto exacto donde ambas cosas se tocaban sin destruirse.
Ahí fue cuando entendí que no se trataba de una amenaza.
Era un llamado.
—No —susurré—. No ahora.
Los Ancianos habían sido claros: cualquier alteración del equilibrio debía ser reportada. El Eclipse no debía manifestarse sin control. Y sin embargo… algo en mí se negó.
Seguí el rastro en silencio.
A cada paso, la sombra se movía con más libertad, como si se sintiera menos vigilada. El mundo alrededor parecía responder, abriéndose apenas, dejándome pasar.
Entonces la vi.
No directamente.
No aún.
La sentí reír.
Fue un sonido simple, humano, completamente fuera de lugar en un mundo que llevaba siglos respirando miedo. Esa risa atravesó mi núcleo con una fuerza brutal.
Me detuve otra vez.
—Esto es un error —me dije—. Aléjate.
Pero no pude.
Me acerqué lo suficiente para verla desde la distancia: una figura pequeña comparada con todo lo que se movía alrededor de ella, ajena a la grieta invisible que se abría bajo sus pies. Su luz era tenue, sin saber lo que era capaz de provocar.
Y aun así… el Eclipse respondió.
No con violencia.
Con curiosidad.
Mi sombra se estiró hacia ella como si la conociera desde siempre.
—No —repetí, esta vez con rabia—. No la mires.
Demasiado tarde.
En ese instante, ella levantó la cabeza.
No me vio.
Pero el mundo se tensó.
El núcleo ardió, no de dolor, sino de certeza.
Era ella.
No sabía su nombre.
No sabía su destino.
Pero supe algo peor:
Si alguien la encontraba antes de que entendiera quién era… la destruirían.
Los Ancianos no verían a una persona.
Verían un riesgo.
Una anomalía.
Una llave.
Retrocedí a las sombras, ocultándome, mientras mi mente gritaba órdenes que mi cuerpo ya no obedecía. Yo no estaba hecho para elegir. Estaba hecho para vigilar. Para obedecer.
Y sin embargo…
—Voy a protegerte —susurré, sin saber si podría oírme—. Aunque nunca debí prometerlo.
La sombra se cerró a mi alrededor, sellando el juramento.
Desde ese momento, todo cambió.
Porque ya no era solo un guardián del equilibrio.
Me había convertido en algo prohibido.
Alguien que eligió.
Y el Eclipse…
el Eclipse me observó en silencio, como si supiera que ese primer error sería el comienzo de todo.