(POV Eiden)
Los Ancianos no levantaban la voz.
No lo necesitaban.
El salón del Concilio estaba suspendido en una penumbra eterna, iluminado solo por los anillos de energía que giraban lentamente sobre nosotros. Cada uno contenía siglos de decisiones, castigos y silencios impuestos.
Yo permanecía en el centro.
De pie. Solo.
—La anomalía ha despertado —dijo uno de ellos, sin mirarme—. El núcleo lo confirma.
No respondí.
Sentía el pulso de Nara a través del Eclipse, lejano pero constante. Débil. Vulnerable.
Viva.
—Su existencia altera el equilibrio —continuó otra voz—. No fue prevista. No fue autorizada.
Apreté los dedos lentamente.
—Nada que nazca del Eclipse es accidental —respondí al fin.
El aire se tensó.
Los anillos se detuvieron por una fracción de segundo.
—Cuidado, Eiden —advirtió el Anciano del Norte—. Estás cruzando una línea.
Yo ya la había cruzado hacía tiempo.
—He observado a la portadora —dije, midiendo cada palabra—. No busca poder. No busca dominio. No entiende siquiera lo que es.
—Eso la hace más peligrosa —interrumpieron—. La ignorancia es inestable.
Cerré los ojos un instante.
Recordé sus manos temblando cuando el mundo reaccionaba a su presencia. Su confusión. Su miedo. La forma en que el Eclipse se contenía a su alrededor, como si no quisiera lastimarla.
—Es humana —dije—. Antes que cualquier otra cosa.
El silencio que siguió fue más cruel que un castigo.
—Justamente por eso debe ser contenida —sentenciaron—. Antes de que despierte por completo.
La palabra contenida no significaba encierro.
Significaba ruptura del núcleo.
Significaba borrarla del equilibrio.
Sentí la sombra rugir dentro de mí.
—No —dije, firme.
Los anillos comenzaron a girar de nuevo, más rápido.
—No estás aquí para opinar —respondieron—. Estás aquí para obedecer.
Los había obedecido toda mi existencia.
Había vigilado mundos caer.
Había permitido sacrificios necesarios.
Había silenciado la compasión cuando el equilibrio lo exigía.
Pero Nara…
Nara no era un sacrificio.
Era un origen.
—Si la destruyen —dije lentamente—, el Eclipse no volverá a cerrarse.
Eso los hizo dudar.
Solo un segundo.
Pero fue suficiente.
—¿La has marcado? —preguntó uno de ellos.
No respondí de inmediato.
La marca existía. No visible. No consciente.
Un lazo sellado la noche en que la sombra me obedeció por primera vez.
—No —mentí.
El núcleo ardió.
No como castigo.
Como advertencia.
—Entonces la observaremos —decidieron—. Y cuando despierte… actuaremos.
Supe en ese instante que no había marcha atrás.
Incliné la cabeza en señal de respeto, como siempre.
—Como ordenen.
Pero mientras abandonaba el salón, la sombra se deslizó fuera de control, susurrándome una verdad que ya no podía negar.
No iba a entregarla.
No iba a permitir que la tocaran.
Aunque eso significara romper el equilibrio que juré proteger.
Esa noche, por primera vez, no vigilé el mundo.
La busqué.
Y cuando sentí su miedo atravesar el Eclipse como un grito silencioso, comprendí que el Concilio había cometido su mayor error.
Creyeron que yo era suyo.
Pero el Eclipse no obedece a los Ancianos.
Y yo…
yo ya había elegido a Nara.