(Visión sellada en el Núcleo)
Eiden no buscó la visión.
Nunca lo hacía.
Las visiones no son dones. Son castigos anticipados. Fragmentos de futuros posibles que se incrustan en la mente y se niegan a desaparecer.
Pero el Núcleo se abrió solo.
Y lo obligó a mirar.
El cielo estaba roto.
No en llamas.
No en oscuridad.
Simplemente… quebrado.
Como si alguien hubiera tomado la bóveda del mundo y la hubiese resquebrajado desde dentro. Las estrellas colgaban inmóviles, suspendidas en grietas imposibles.
El Eclipse ya no latía.
Sangraba.
Eiden avanzó entre ruinas que una vez fueron ciudades. Reconoció templos, torres, reinos enteros reducidos a polvo. No había cuerpos.
No hubo guerra.
Solo ausencia.
Y entonces la vio.
Nara estaba en el centro de todo.
De pie.
Inmóvil.
No encadenada.
No herida.
Vacía.
Sus ojos, normalmente cargados de preguntas, eran ahora dos reflejos apagados. El Eclipse giraba a su alrededor como un animal herido, sin dirección, sin voluntad.
—No debiste dejarme elegir —dijo ella.
Su voz no tenía reproche.
Eso fue lo peor.
Eiden quiso correr hacia ella, pero el suelo se fracturó bajo sus pies. La sombra se agitó, incapaz de protegerlo de lo que ya estaba escrito.
—Yo confié en ti —continuó Nara—. Y tú… me soltaste.
—No —susurró él—. Yo te protegí.
Ella negó con lentitud.
—Me ocultaste la verdad.
El Núcleo vibró.
La escena cambió.
Vio a Nara frente al Concilio, sola. Vio las palabras que nunca le dijeron. Las decisiones que tomaron a sus espaldas. El peso que colocaron sobre su existencia sin permitirle comprenderlo.
Vio su despertar.
Y cómo, al hacerlo, cerró el Eclipse para siempre.
No como sacrificio.
Como renuncia.
—Creí que el equilibrio era la respuesta —dijo ella, mientras su cuerpo comenzaba a deshacerse en partículas de sombra y luz—. Pero el equilibrio sin amor… también es una jaula.
Eiden gritó su nombre.
El sonido no existió.
La visión terminó cuando el Eclipse colapsó sobre sí mismo, implosionando en un silencio absoluto.
Cuando el Núcleo se cerró, Eiden cayó de rodillas.
Temblaba.
No por miedo.
Por certeza.
Ese futuro no estaba fijado.
Era una posibilidad.
Una que dependía de una sola decisión.
Decirle la verdad…
o seguir protegiéndola desde el silencio.
Desde ese día, Eiden nunca volvió a mirar el Núcleo.
Nunca volvió a buscar visiones.
Y cada vez que Nara le preguntaba si estaba todo bien, él respondía que sí, ocultando el recuerdo de un mundo donde ella desaparecía no por culpa del Eclipse…
sino por haber sido dejada sola con su poder.
Por eso eligió traicionar al Concilio.
Por eso eligió romper las reglas.
Por eso eligió el amor antes que el equilibrio.
Porque ya había visto el final.
Y se negó a repetirlo.